Noviembre 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

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por FERNANDO M. PEÑA*

 

La pregunta “¿Cómo se programa un ciclo de cine?” tiene toda clase de respuestas posibles según el caso. A veces no hay mucho que hacer porque el material viene predeterminado por otra institución y uno se limita a distribuirlo en la grilla de horarios de una manera más o menos adecuada.

Personalmente considero más divertido trabajar a partir de una determinada consigna, siempre y cuando ésta se mantenga lo más abierta posible y uno pueda jugar.

En la programación de noviembre del Malba, por ejemplo, hay un ciclo dedicado a las divas cuya idea fue propuesta por Adolfo Agopián y Lucía Tebaldi, responsables de la muestra “Muselina negra” que organizó el Gobierno de la Ciudad. La muestra tomó por eje una serie de fotos de Annemarie Heinrich con Ana María Lynch (en La Quintrala, 1955) y Laura Hidalgo (en La Orquídea, 1951), referentes que al concepto “diva” agregaban el arquetipo de la “mala mujer”.

Agopián sugirió un ciclo que ilustrara eso y yo propuse sacarlo del cine latinoamericano para darle más aire. Le pedí que me diera nombres de divas que le interesaran y fuimos cotejando lo deseable con lo posible en función de la disponibilidad de copias en fílmico, lo que en nuestro país siempre es un problema. A partir de su lista de nombres y de su consigna (debían ser divas encarnando personajes de mala conducta) llegué a la versión definitiva del ciclo.

Para mí, lo más divertido es ese proceso raro en el que uno “interroga” a los films para ver si se ajustan a la consigna o no. Y a veces creo que es lícito hacer trampas. Por ejemplo, no hay dudas de que Alida Valli en Agonía de amor (The Paradine Case, 1947), Barbara Stanwyck en Viento salvaje (Blowing Wild, 1953) o Bette Davis en Perfidia de mujer (Beyond the Forest, 1949) se ajustan perfectamente a la consigna del ciclo. Pero en El expreso de Shanghai (Von Ryan’s Express, 1965) Marlene Dietrich no es realmente mala, aunque todos creen que sí, y lo más importante es que a ella no parece importarle, lo que en sí mismo es un gesto típico de mujer fatal.

Otro ejemplo. No hay duda de que Joan Crawford fue una diva, pero en La bella tirana (They All Kissed The Bride, 1942) aparece paradójicamente despojada de todo glamour, es decir, de todo “divismo”. El hecho de que encarne a una mujer sin escrúpulos justificaba incluir la película, sin embargo, a medida que avanza el film su aparente maldad se va diluyendo mientras se enamora. Entonces ¿por qué incluirla? Porque las divas también hicieron comedias que se caracterizaron precisamente por domesticar esa cosa riesgosa, casi subversiva, que tuvo la mujer fatal frente a las ingenuas en el contexto del cine de estudios, y creo que este film representa bien eso.

La trampa inexcusable del ciclo es El hijo de la furia (Son of Fury, 1942), que incluí no por Gene Tierney (que hace de noble salvaje de los mares del sur) sino por Frances Farmer, la actriz cuya trágica biografía interpretó Jessica Lange en 1982. En El hijo de la furia Farmer tuvo uno de los mejores personajes de su breve carrera: no sólo recibe el tratamiento glamoroso de una diva, sino que se comporta como una verdadera víbora. Es lícito señalar que Frances Farmer no llegó a ser una verdadera diva, pero su trabajo en El hijo de la furia demuestra que hubiera podido serlo.©

 

*Investigador, Historiador de cine. Es programador de cine en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba).

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