Diciembre 2005

por ROBERTO VALLE

 

Basta con repasar la historia del cine (resumida en la infografía que acompaña esta nota), para darse cuenta de que, desde el Manifiesto de las Siete Artes -en el que el italiano Ricciotto Canudo lo declara "el arte de la síntesis total"-, fueron varios los "movimientos" con vocación de resistencia que, a lo largo del siglo XX, enfrentaron la esterilización a que la industria pretendió someterlo.

Desde la vanguardia histórica de los años veinte, hasta los "nuevos cines" de los sesenta, pasando por la singularidad del Neorrealismo italiano, el "séptimo arte" fue rescatado, una y otra vez, de la voracidad de una industria mercantilista dispuesta a reducir el prodigioso invento de los hermanos Lumière a mero entretenimiento pasatista.

 

La última gran provocación

 

Fue en 1995 -fecha en que la primera función pública del Cinematógrafo cumplió cien años- cuando el danés Lars von Trier "lanzó al aire" el más reciente intento colectivo por devolver al cine su estatuto artístico.

Invitado por el Ministerio de Cultura de Francia, el director de Contra viento y marea (Breaking the Waves, 1996) participó de un simposio internacional cuyo objetivo era pensar cómo sería el cine del futuro. Tentado por la oportunidad, el enfant terrible decidió aprovechar el convite para presentar en sociedad una serie de nuevas ideas discutidas con su compañero de escuela, Thomas Vinterberg, tras la estimulante experiencia con la miniserie The Kingdom (Riget, 1994), producida para la televisión danesa.

Así fue que, el 20 de marzo de aquel año, Von Trier se paró en el escenario del ampuloso teatro Odéon y frente a un auditorio expectante leyó, en calidad de "miembro del grupo Dogma95", un Manifiesto (1) que, entre otras cosas, presentaba la nueva "religión" del cine como una "acción de rescate", un intento de "resurrección" de un arte que, "ya en 1960, estaba muerto". Acto seguido, arrojó sobre la audiencia unos panfletos color rojo, con el texto del manifiesto impreso, y se retiró del lugar.

A diez años de ese acto fundacional del Dogma, y luego de que medio centenar de cineastas en todo el mundo, recogieran el guante de Von Trier y compañía, dando a luz sus propias obras "dogmáticas" (2), cabe preguntarse en qué medida ha renovado el arte cinematográfico esta controversial provocación, y cuáles son los pilares teóricos sobre los que, aún hoy, se sostiene.

 

El texto y su contexto

 

"Actualmente, una tormenta tecnológica está causando furor, el resultado será la democratización del cine...", dice el Manifiesto, en uno de sus pasajes más significativos. Ese "actualmente", corresponde a la primera mitad de los noventa. Época en la que la "revolución digital" comenzó a ocupar un espacio relevante en el mundo audiovisual y la "tormenta tecnológica" -promotora de nuevos formatos de producción y exhibición de películas- permitió, entre otras cosas, bajar sensiblemente los costos de realización.

Es en ese contexto en el que los postulados del Dogma adquieren su razón de ser. Para el movimiento, la técnica digital facilitaba una desmedida "cosmetización" del cine (el summun de esta conjetura podría ser el Episodio III de George Lucas, rodado íntegramente en video digital de alta definición) aunque, paradójicamente, podía ser vehículo del antídoto que convirtiera la tecnología en un medio, en vez de en un fin en sí mismo.

Para eso, los artistas debían ser "disciplinados" en el uso de las nuevas herramientas a su alcance. Porque, según afirma el Manifiesto, "...cuanto más accesibles se hacen los medios, más importante es la vanguardia". Para Lars von Trier y el resto de los dogmáticos, las "connotaciones tecnológicas" de la nueva vanguardia no son "accidentales". Por el contrario, son el elemento que la hace posible.

¿Qué es lo que han dejado los primeros cien años de cine?, se pregunta el Manifiesto. ¿Ilusiones para mostrar estados emocionales?

Ilusiones cada vez más sofisticadas, cada vez más "elaboradas" a fuerza de aplicaciones tecnológicas. Contra ese "amor de ilusión" se planta el Dogma95. La tecnología no debe servir para "lavar los últimos restos de verdad en un abrazo mortal a las sensaciones". En cambio, debe acercar al cineasta a "lo real", y para eso el Manifiesto prescribe la "castidad".

 

Reglas para liberarse

 

Si pensamos que el Dogma no es otra cosa que un "juego" (y así lo han considerado muchos críticos, aunque en un sentido peyorativo) entonces, es comprensible que detrás de la propuesta haya algunas "reglas" que cumplir. En definitiva, tal como sostiene Johan Huizinga (3), el juego es una actividad esencialmente libre que está sujeta a reglas, aunque -aclara- las reglas "no prefiguran el curso de la acción, sino que permiten su desenvolvimiento libre e incierto dentro de límites definidos".

Eso y no otra cosa son los diez "mandamientos" que conforman el célebre "Voto de Castidad" (4). ¿Qué objetivos persiguen estas "restriciones"?

Por un lado, están las que buscan acotar el "vedetismo" de la cosmética, obligando al cineasta a concentrarse en el fondo de la obra (es decir, en lo que quiere "transmitir") antes que en las formas (entendiendo aquí por "forma", los elementos más superficiales del filme: escenografía, iluminación, maquillaje, vestuario, banda sonora, etcétera).

Así, por ejemplo, el Voto de Castidad prohíbe el uso de accesorios y decorados artificiales (se debe rodar en escenarios naturales o interiores genuinos, en vez de montar reconstrucciones en estudio, con objetos de "utilería"), el sonido debe ser tomado "en directo" (tampoco está permitida la inclusión de música extra diegética), la cámara debe ser llevada siempre en mano (ya sea que esté quieta o en movimiento), no se permite el uso de luz artificial ni el empleo del blanco y negro en la impresión final del filme. Los trucos de cámara, los efectos especiales o de postprodución y el uso de filtros están absolutamente prohibidos.

Por otra parte, están las reglas aplicables a la "dramaturgia", que tienen como objetivo fundamental devolver al cine la profundidad perdida. Es decir, se trata de abandonar los artilugios narrativos y los golpes de efecto, como así también cualquier fórmula genérica, a fin de recuperar el peso dramático que posee la propia interioridad de los personajes y sus conflictos personales. Por eso, entre los mandamientos se incluye la proscripción de toda clase de acción "superficial" (por ejemplo, muertes simuladas o duelos con armas), los saltos espacio-temporales (nada de flashbacks o flashfowards), y las películas de género.

Por último, hay una regla -quizás la más absurda de todas y al mismo tiempo la más política- que nos obliga a meditar cuál es el verdadero sentido de este singular juego de "obstrucciones". Es el mandamiento número diez: "El director no debe aparecer en los créditos".

Regla absurda porque, evidentemente, es imposible "ocultar" la autoría de los filmes dogmáticos, toda vez que se ha hecho público que Thomas Vinterberg es el "autor" de La Celebración (Dogme #1: Festen, 1998 ), Lars von Trier de Los Idiotas (Dogme #2: Idioterne, 1998), y así sucesivamente.

Pero al mismo tiempo es política porque, en verdad, no tiene por objeto "ocultar" al realizador del filme, sino poner en discusión la idea de autoría en el cine. Idea que nace, precisamente, a fines de los años cincuenta con la defensa de "la política del autor" sostenida a fuerza de práctica y teoría por los principales exponentes de la Nouvelle Vague.

En un famoso artículo fechado en 1954, François Truffaut sostuvo que "la característica más peculiar del realismo psicológico es su voluntad antiburguesa. Pero, ¿qué son Aurenche y Bost, Sigurd, Jeanson, Autant-Lara, Allégret si no burgueses? ¿Y qué son los cincuenta mil nuevos lectores que atrae cada película extraída de una novela si no burgueses? ¿Cuál es pues, el valor de un cine antiburgués hecho por burgueses y para los burgueses?" (5)

Claro que el cine antiburgués que proponía la "nueva ola" se volvió, según los dogmáticos, igualmente burgués. Básicamente porque, como dice el Manifiesto, "había sido fundado sobre teorías que tenían una percepción burguesa del arte. El concepto del autor, nacido del romanticismo burgués...". Por esa razón el Dogma95 entendió que, antes que hacer desaparecer al "autor" del filme, había que abolir el individualismo fundamentalista (muchas veces convertido en puro narcisismo) que, desde la Nouvelle Vague hasta hoy, ha imperado en el cine con aspiraciones artísticas.

 

¿La revolución total?

 

Para algunos críticos, el Dogma95 no fue (el uso del pasado se justifica en el agotamiento que esas mismas voces quieren ver en el movimiento) otra cosa que una hábil maniobra de marketing que permitió, de algún modo, que muchos cineastas daneses -y otros, de países con mayor presencia cinematográfica en las pantallas del mundo- adquieran cierta notoriedad internacional.

Para hacer frente a esta clase de especulaciones, los "hermanos" del Dogma decidieron cerrar la secretaría a cargo de la certificación de obras dogmáticas, entendiendo que el Manifiesto nunca tuvo como fin crear un nuevo "género" de películas, sino "ensanchar" los caminos creativos del arte cinematográfico. El "Voto de Castidad" quiso ser un estímulo y una forma de inspiración para los cineastas, y no un "plan" para convertir el Dogma en una marca comercial.

En ese sentido, la provocación lanzada por Lars von Trier y Thomas Vintenberg hace diez años, tampoco puede medirse por sus pretensiones "revolucionarias" sino, en todo caso, por la voluntad de llamar la atención sobre el estado actual del cine y demostrar que el arte -de hacer películas- no debe estar atado a restricciones presupuestarias o imposiciones de mercado, sino a la subjetividad del artista y a la relación que éste establece con su entorno y con quienes lo acompañan en su aventura fílmica.

Seguramente, el Dogma (como tantos otros movimientos de renovación) no ha de ser por sí solo garantía de "buenas películas" o "calidad artística". Pero sin lugar a dudas, le ha devuelto al espectador la ocasión de experimentar emociones genuinas y la posibilidad sensorial de ser bastante más que una entidad pasiva observando una pantalla destellante.©

 

(1) Texto original en inglés en: http://www.dogme95.dk

(2) A pesar de que en junio de 2002 la "secretaría" encargada de emitir los certificados a las películas filmadas según las reglas que impone el Dogma cerró sus puertas, la lista de cineastas que adhieren voluntariamente a los postulados del Manifiesto y eligen hacer sus filmes según las reglas que impone el "Voto de Castidad", no deja de sumar nuevos nombres en todas partes del mundo.

(3) Homo Ludens, Johan Huizinga. Editorial Alianza, Madrid. 1998.

(4) El "Voto de Castidad" consiste en un decálogo de reglas que toda película "dogmática" debe cumplir para poder recibir el certificado que la acredite como tal. Se puede ver en: http://www.dogme95.dk

(5) Una cierta tendencia del cine francés, François Truffaut. Cahiers du cinéma, n° 31. Enero de 1954.

 

 

 

 

 

 

 

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