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por
ROBERTO VALLE
Basta
con repasar la historia del cine (resumida en la infografía que acompaña esta nota),
para darse cuenta de que, desde el Manifiesto de las Siete Artes -en el que el italiano
Ricciotto Canudo lo declara "el arte de la síntesis total"-, fueron varios los
"movimientos" con vocación de resistencia que, a lo largo del siglo XX,
enfrentaron la esterilización a que la industria pretendió someterlo.
Desde la vanguardia histórica de los
años veinte, hasta los "nuevos cines" de los sesenta, pasando por la
singularidad del Neorrealismo italiano, el "séptimo arte" fue rescatado, una y
otra vez, de la voracidad de una industria mercantilista dispuesta a reducir el prodigioso
invento de los hermanos Lumière a mero entretenimiento pasatista.
La última gran provocación
Fue en 1995 -fecha en que la primera
función pública del Cinematógrafo cumplió cien años- cuando el danés Lars von Trier
"lanzó al aire" el más reciente intento colectivo por devolver al cine su
estatuto artístico.
Invitado por el Ministerio de Cultura
de Francia, el director de Contra viento y marea (Breaking the Waves,
1996) participó de un simposio internacional cuyo objetivo era pensar cómo sería el
cine del futuro. Tentado por la oportunidad, el enfant terrible decidió
aprovechar el convite para presentar en sociedad una serie de nuevas ideas discutidas con
su compañero de escuela, Thomas Vinterberg, tras la estimulante experiencia con la
miniserie The Kingdom (Riget, 1994), producida para la
televisión danesa.
Así fue que, el 20 de marzo de aquel
año, Von Trier se paró en el escenario del ampuloso teatro Odéon y frente a un
auditorio expectante leyó, en calidad de "miembro del grupo Dogma95", un
Manifiesto (1) que, entre otras cosas, presentaba la nueva
"religión" del cine como una "acción de rescate", un intento de
"resurrección" de un arte que, "ya en 1960, estaba muerto". Acto
seguido, arrojó sobre la audiencia unos panfletos color rojo, con el texto del manifiesto
impreso, y se retiró del lugar.
A diez años de ese acto fundacional
del Dogma, y luego de que medio centenar de cineastas en todo el mundo, recogieran el
guante de Von Trier y compañía, dando a luz sus propias obras "dogmáticas" (2), cabe preguntarse en qué medida ha renovado el arte cinematográfico
esta controversial provocación, y cuáles son los pilares teóricos sobre los que, aún
hoy, se sostiene.
El texto y su contexto
"Actualmente, una tormenta
tecnológica está causando furor, el resultado será la democratización del
cine...", dice el Manifiesto, en uno de sus pasajes más significativos. Ese
"actualmente", corresponde a la primera mitad de los noventa. Época en la que
la "revolución digital" comenzó a ocupar un espacio relevante en el mundo
audiovisual y la "tormenta tecnológica" -promotora de nuevos formatos de
producción y exhibición de películas- permitió, entre otras cosas, bajar sensiblemente
los costos de realización.
Es en ese contexto en el que los
postulados del Dogma adquieren su razón de ser. Para el movimiento, la técnica digital
facilitaba una desmedida "cosmetización" del cine (el summun de esta
conjetura podría ser el Episodio III de George Lucas, rodado
íntegramente en video digital de alta definición) aunque, paradójicamente, podía ser
vehículo del antídoto que convirtiera la tecnología en un medio, en vez de en un fin en
sí mismo.
Para eso, los artistas debían ser
"disciplinados" en el uso de las nuevas herramientas a su alcance. Porque,
según afirma el Manifiesto, "...cuanto más accesibles se hacen los medios, más
importante es la vanguardia". Para Lars von Trier y el resto de los dogmáticos, las
"connotaciones tecnológicas" de la nueva vanguardia no son
"accidentales". Por el contrario, son el elemento que la hace posible.
¿Qué es lo que han dejado los
primeros cien años de cine?, se pregunta el Manifiesto. ¿Ilusiones para mostrar estados
emocionales?
Ilusiones cada vez más sofisticadas,
cada vez más "elaboradas" a fuerza de aplicaciones tecnológicas. Contra ese
"amor de ilusión" se planta el Dogma95. La tecnología no debe servir para
"lavar los últimos restos de verdad en un abrazo mortal a las sensaciones". En
cambio, debe acercar al cineasta a "lo real", y para eso el Manifiesto prescribe
la "castidad".
Reglas para liberarse
Si pensamos que el Dogma no es otra
cosa que un "juego" (y así lo han considerado muchos críticos, aunque en un
sentido peyorativo) entonces, es comprensible que detrás de la propuesta haya algunas
"reglas" que cumplir. En definitiva, tal como sostiene Johan Huizinga (3), el juego es una actividad esencialmente libre que está sujeta a
reglas, aunque -aclara- las reglas "no prefiguran el curso de la acción, sino que
permiten su desenvolvimiento libre e incierto dentro de límites definidos".
Eso y no otra cosa son los diez
"mandamientos" que conforman el célebre "Voto de Castidad" (4). ¿Qué objetivos persiguen estas "restriciones"?
Por un lado, están las que buscan
acotar el "vedetismo" de la cosmética, obligando al cineasta a concentrarse en
el fondo de la obra (es decir, en lo que quiere "transmitir") antes que en las
formas (entendiendo aquí por "forma", los elementos más superficiales del
filme: escenografía, iluminación, maquillaje, vestuario, banda sonora, etcétera).
Así, por ejemplo, el Voto de Castidad
prohíbe el uso de accesorios y decorados artificiales (se debe rodar en escenarios
naturales o interiores genuinos, en vez de montar reconstrucciones en estudio, con objetos
de "utilería"), el sonido debe ser tomado "en directo" (tampoco está
permitida la inclusión de música extra diegética), la cámara debe ser llevada siempre
en mano (ya sea que esté quieta o en movimiento), no se permite el uso de luz artificial
ni el empleo del blanco y negro en la impresión final del filme. Los trucos de cámara,
los efectos especiales o de postprodución y el uso de filtros están absolutamente
prohibidos.
Por otra parte, están las reglas
aplicables a la "dramaturgia", que tienen como objetivo fundamental devolver al
cine la profundidad perdida. Es decir, se trata de abandonar los artilugios narrativos y
los golpes de efecto, como así también cualquier fórmula genérica, a fin de recuperar
el peso dramático que posee la propia interioridad de los personajes y sus conflictos
personales. Por eso, entre los mandamientos se incluye la proscripción de toda clase de
acción "superficial" (por ejemplo, muertes simuladas o duelos con armas), los
saltos espacio-temporales (nada de flashbacks o flashfowards), y las
películas de género.
Por último, hay una regla -quizás la
más absurda de todas y al mismo tiempo la más política- que nos obliga a meditar cuál
es el verdadero sentido de este singular juego de "obstrucciones". Es el
mandamiento número diez: "El director no debe aparecer en los créditos".
Regla absurda porque, evidentemente, es
imposible "ocultar" la autoría de los filmes dogmáticos, toda vez que se ha
hecho público que Thomas Vinterberg es el "autor" de La Celebración
(Dogme #1: Festen, 1998 ), Lars von Trier de Los Idiotas (Dogme
#2: Idioterne, 1998), y así sucesivamente.
Pero al mismo tiempo es política
porque, en verdad, no tiene por objeto "ocultar" al realizador del filme, sino
poner en discusión la idea de autoría en el cine. Idea que nace, precisamente, a fines
de los años cincuenta con la defensa de "la política del autor" sostenida a
fuerza de práctica y teoría por los principales exponentes de la Nouvelle Vague.
En un famoso artículo fechado en 1954,
François Truffaut sostuvo que "la característica más peculiar del realismo
psicológico es su voluntad antiburguesa. Pero, ¿qué son Aurenche y Bost, Sigurd,
Jeanson, Autant-Lara, Allégret si no burgueses? ¿Y qué son los cincuenta mil nuevos
lectores que atrae cada película extraída de una novela si no burgueses? ¿Cuál es
pues, el valor de un cine antiburgués hecho por burgueses y para los burgueses?" (5)
Claro que el cine antiburgués que
proponía la "nueva ola" se volvió, según los dogmáticos, igualmente
burgués. Básicamente porque, como dice el Manifiesto, "había sido fundado sobre
teorías que tenían una percepción burguesa del arte. El concepto del autor, nacido del
romanticismo burgués...". Por esa razón el Dogma95 entendió que, antes que hacer
desaparecer al "autor" del filme, había que abolir el individualismo
fundamentalista (muchas veces convertido en puro narcisismo) que, desde la Nouvelle Vague
hasta hoy, ha imperado en el cine con aspiraciones artísticas.
¿La revolución total?
Para algunos críticos, el Dogma95 no
fue (el uso del pasado se justifica en el agotamiento que esas mismas voces quieren ver en
el movimiento) otra cosa que una hábil maniobra de marketing que permitió, de algún
modo, que muchos cineastas daneses -y otros, de países con mayor presencia
cinematográfica en las pantallas del mundo- adquieran cierta notoriedad internacional.
Para hacer frente a esta clase de
especulaciones, los "hermanos" del Dogma decidieron cerrar la secretaría a
cargo de la certificación de obras dogmáticas, entendiendo que el Manifiesto nunca tuvo
como fin crear un nuevo "género" de películas, sino "ensanchar" los
caminos creativos del arte cinematográfico. El "Voto de Castidad" quiso ser un
estímulo y una forma de inspiración para los cineastas, y no un "plan" para
convertir el Dogma en una marca comercial.
En ese sentido, la provocación lanzada
por Lars von Trier y Thomas Vintenberg hace diez años, tampoco puede medirse por sus
pretensiones "revolucionarias" sino, en todo caso, por la voluntad de llamar la
atención sobre el estado actual del cine y demostrar que el arte -de hacer películas- no
debe estar atado a restricciones presupuestarias o imposiciones de mercado, sino a la
subjetividad del artista y a la relación que éste establece con su entorno y con quienes
lo acompañan en su aventura fílmica.
Seguramente, el Dogma (como tantos
otros movimientos de renovación) no ha de ser por sí solo garantía de "buenas
películas" o "calidad artística". Pero sin lugar a dudas, le ha devuelto
al espectador la ocasión de experimentar emociones genuinas y la posibilidad sensorial de
ser bastante más que una entidad pasiva observando una pantalla destellante.©
(1) Texto
original en inglés en: http://www.dogme95.dk
(2) A pesar de que en junio de
2002 la "secretaría" encargada de emitir los certificados a las películas
filmadas según las reglas que impone el Dogma cerró sus puertas, la lista de cineastas
que adhieren voluntariamente a los postulados del Manifiesto y eligen hacer sus filmes
según las reglas que impone el "Voto de Castidad", no deja de sumar nuevos
nombres en todas partes del mundo.
(3) Homo Ludens,
Johan Huizinga. Editorial Alianza, Madrid. 1998.
(4) El "Voto de
Castidad" consiste en un decálogo de reglas que toda película
"dogmática" debe cumplir para poder recibir el certificado que la acredite como
tal. Se puede ver en: http://www.dogme95.dk
(5) Una cierta tendencia
del cine francés, François Truffaut. Cahiers du cinéma, n° 31. Enero de 1954. |


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