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por
ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ
¿Qué
nos dice el BAFICI sobre el cine argentino?
El nuestro es un país
acostumbrado a las interrupciones, a los olvidos, a las desapariciones
irreparables. Un país hecho de cosas truncas, hecho a las patadas. El
nuestro es un cine acostumbrado a los inicios, a las óperas primas, a
los “AÑO 1, N°1”, a las primeras ediciones, a las torpezas, lo
contingente, la inconsistencia. Acostumbrados a ese contexto, de pronto
somos testigos de algo que no murió en el intento. El BAFICI alcanzó las
diez ediciones, el número redondo, los mentados dos dígitos. El festejo
se cuadra como obligatorio. Para colmo, fueron diez años arduos. Varias
administraciones pasaron (locales y nacionales, dentro y fuera el cine),
incluyendo una crisis institucional de dimensiones históricas.
Pese a todo, como “de
espalda a las agitadas horas del mundo”, las películas siguieron
llegando con los días de abril, incluso cuando casi todo lo demás había
dejado de llegar. La generación de espectadores a la que pertenecemos
vivió esa gestación y esa persistencia como cotidiana, acatando el vicio
del abrumador catálogo que engordaba más cada año, como la continuidad
lógica de una vieja cultura cinéfila.
Es sabido que todo lo
que prospera, tarde o temprano, pretende instaurarse como tradición. Así
es cómo “la década del BAFICI” se nos presenta como propicia para el
balance, amparada como está, por un acontecimiento que, al menos, tiene
el valor de haber durado, en un país en el que casi nada dura.
En el inicio, casi
como mito fundacional, se recuerda la posibilidad de un hallazgo. La
primera edición del festival fue la que presentó, celebró y, llegado el
momento, embistió con su galardón oficial, a la que fuera piedra angular
del nuevo “nuevo cine argentino”, esa etiqueta que se recicla cada vez
que algo se mueve en la escena local. En efecto, Mundo grúa no se
hizo con la compulsa internacional en 1999, pero Trapero sí fue elegido
mejor director y su protagonista, Luis Margani, mejor actor. El film se
convirtió en el “acontecimiento” de aquel festival. Nueve años más
tarde, mientras transcurría ya esta décima edición, hace pocos días, fue
presentada para la prensa Leonera, en un multicine del barrio de
Palermo, en una clásica función privada por la mañana (de ésas en las
que se sirven medialunas) y sin que ni siquiera esté anunciada su fecha
de estreno comercial. Unos días más tarde, se supo que el cuarto
largometraje de Trapero, junto con la esperada tercera película de
Lucrecia Martel, iban a formar parte de la selección oficial del próximo
Festival de Cannes. El mito había cumplido su ciclo heroico. Gran parte
de la relación entre el cine argentino y el BAFICI se puede ejemplificar
con ese puntual distanciamiento, correspondiéndole al festival el lugar
de mero trampolín subsidiario, un lugar del cual irse.
Por su parte, la
realidad del tiempo transcurrido, “la década BAFICI”, nos habla de un
evento que se consolidó (como pudo) en la agenda cultural de la ciudad,
al mismo tiempo que su programación adquiría un perfil cada vez más
anómalo. Como una especie de parque nacional, el festival ofrecía amparo
a una producción que el mercado local nunca dejó de ningunear. Si bien
tampoco dejaron de ocurrir, los estrenos comerciales “salidos” del
BAFICI siempre fueron escasos y tardíos. Esto incluye, desde luego, a
una nómina de películas argentinas recientes que, muchas veces, tienen
por toda exhibición pública su manojo de pases en la grilla del
festival.
A la luz de esta
décima edición, festejada con documental institucional y todo, cabe
preguntarse por esta realidad, no ya como patología, sino como inminente
tradición. La autonomía relativa del BAFICI, esa que institucionalmente
le cuesta tanto conseguir, en lo estético parece adoptar la forma de una
producción diferenciada. Acaso el momento más alto de la muestra de este
año sea, también, el ejemplo más acabado de este síntoma: Historias
extraordinarias.
Siguiendo una línea
completamente marginal (poco transitada, entiéndase bien), desde sus
modos de producción hasta sus referentes culturales, Mariano Llinás
construyó una especie de film-monumento sobre el BAFICI, sin siquiera
mencionarlo. Una aventura hecha de detalles exquisitos, narrada
(literalmente) como una novela, filmada en digital, sin caras conocidas
ni temas “importantes”, con una duración de más de cuatro horas... una
especie de institucional no oficial del festival, un catálogo de sus
rarezas y sus bellezas. En su desmesura, su heterodoxia abismal, su
extremismo, su porfiada autoconciencia, Historias extraordinarias
condensa todo lo bueno y lo malo que el BAFICI le legó al cine nacional:
una burbuja en la que es posible hacer cosas que hasta pueden resultar
magistrales.
No sabemos para qué
sirvieron estos diez años (increíblemente ininterrumpidos) de BAFICI, si
para que ahora aplaudan a Trapero en Cannes; para que las películas de
Ana Poliak se puedan ver en algún lado; para que Llinás pueda hacer una
sinfonía sobre las lecturas que disfruta; o para que un chico con morral
y anteojos de carey se pasee por el Abasto durante doce días. O para
todo eso y mucho más. O para nada.
En diez años pueden
pasar muchas cosas, los tiempos de la cultura ponderan ciclos mucho más
cortos. En estos diez años sucedió un festival y una generación de
realizadores se terminó de consolidar, aunque estas dos cosas no estén
necesariamente relacionadas. En realidad, el BAFICI bien podría ser la
pared invisible entre esas dos cosas. Puertas adentro presentan sus
películas Carri y Alonso. A la vuelta (en la sala de al lado, en
realidad) se hace cola para ver “la de Burman”. Y todos contentos.©
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