Mayo 2008

por ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ

 

¿Qué nos dice el BAFICI sobre el cine argentino?

El nuestro es un país acostumbrado a las interrupciones, a los olvidos, a las desapariciones irreparables. Un país hecho de cosas truncas, hecho a las patadas. El nuestro es un cine acostumbrado a los inicios, a las óperas primas, a los “AÑO 1, N°1”, a las primeras ediciones, a las torpezas, lo contingente, la inconsistencia. Acostumbrados a ese contexto, de pronto somos testigos de algo que no murió en el intento. El BAFICI alcanzó las diez ediciones, el número redondo, los mentados dos dígitos. El festejo se cuadra como obligatorio. Para colmo, fueron diez años arduos. Varias administraciones pasaron (locales y nacionales, dentro y fuera el cine), incluyendo una crisis institucional de dimensiones históricas.

Pese a todo, como “de espalda a las agitadas horas del mundo”, las películas siguieron llegando con los días de abril, incluso cuando casi todo lo demás había dejado de llegar. La generación de espectadores a la que pertenecemos vivió esa gestación y esa persistencia como cotidiana, acatando el vicio del abrumador catálogo que engordaba más cada año, como la continuidad lógica de una vieja cultura cinéfila.

Es sabido que todo lo que prospera, tarde o temprano, pretende instaurarse como tradición. Así es cómo “la década del BAFICI” se nos presenta como propicia para el balance, amparada como está, por un acontecimiento que, al menos, tiene el valor de haber durado, en un país en el que casi nada dura.

En el inicio, casi como mito fundacional, se recuerda la posibilidad de un hallazgo. La primera edición del festival fue la que presentó, celebró y, llegado el momento, embistió con su galardón oficial, a la que fuera piedra angular del nuevo “nuevo cine argentino”, esa etiqueta que se recicla cada vez que algo se mueve en la escena local. En efecto, Mundo grúa no se hizo con la compulsa internacional en 1999, pero Trapero sí fue elegido mejor director y su protagonista, Luis Margani, mejor actor. El film se convirtió en el “acontecimiento” de aquel festival. Nueve años más tarde, mientras transcurría ya esta décima edición, hace pocos días, fue presentada para la prensa Leonera, en un multicine del barrio de Palermo, en una clásica función privada por la mañana (de ésas en las que se sirven medialunas) y sin que ni siquiera esté anunciada su fecha de estreno comercial. Unos días más tarde, se supo que el cuarto largometraje de Trapero, junto con la esperada tercera película de Lucrecia Martel, iban a formar parte de la selección oficial del próximo Festival de Cannes. El mito había cumplido su ciclo heroico. Gran parte de la relación entre el cine argentino y el BAFICI se puede ejemplificar con ese puntual distanciamiento, correspondiéndole al festival el lugar de mero trampolín subsidiario, un lugar del cual irse.

Por su parte, la realidad del tiempo transcurrido, “la década BAFICI”, nos habla de un evento que se consolidó (como pudo) en la agenda cultural de la ciudad, al mismo tiempo que su programación adquiría un perfil cada vez más anómalo. Como una especie de parque nacional, el festival ofrecía amparo a una producción que el mercado local nunca dejó de ningunear. Si bien tampoco dejaron de ocurrir, los estrenos comerciales “salidos” del BAFICI siempre fueron escasos y tardíos. Esto incluye, desde luego, a una nómina de películas argentinas recientes que, muchas veces, tienen por toda exhibición pública su manojo de pases en la grilla del festival.

A la luz de esta décima edición, festejada con documental institucional y todo, cabe preguntarse por esta realidad, no ya como patología, sino como inminente tradición. La autonomía relativa del BAFICI, esa que institucionalmente le cuesta tanto conseguir, en lo estético parece adoptar la forma de una producción diferenciada. Acaso el momento más alto de la muestra de este año sea, también, el ejemplo más acabado de este síntoma: Historias extraordinarias.

Siguiendo una línea completamente marginal (poco transitada, entiéndase bien), desde sus modos de producción hasta sus referentes culturales, Mariano Llinás construyó una especie de film-monumento sobre el BAFICI, sin siquiera mencionarlo. Una aventura hecha de detalles exquisitos, narrada (literalmente) como una novela, filmada en digital, sin caras conocidas ni temas “importantes”, con una duración de más de cuatro horas... una especie de institucional no oficial del festival, un catálogo de sus rarezas y sus bellezas. En su desmesura, su heterodoxia abismal, su extremismo, su porfiada autoconciencia, Historias extraordinarias condensa todo lo bueno y lo malo que el BAFICI le legó al cine nacional: una burbuja en la que es posible hacer cosas que hasta pueden resultar magistrales.

No sabemos para qué sirvieron estos diez años (increíblemente ininterrumpidos) de BAFICI, si para que ahora aplaudan a Trapero en Cannes; para que las películas de Ana Poliak se puedan ver en algún lado; para que Llinás pueda hacer una sinfonía sobre las lecturas que disfruta; o para que un chico con morral y anteojos de carey se pasee por el Abasto durante doce días. O para todo eso y mucho más. O para nada.

En diez años pueden pasar muchas cosas, los tiempos de la cultura ponderan ciclos mucho más cortos. En estos diez años sucedió un festival y una generación de realizadores se terminó de consolidar, aunque estas dos cosas no estén necesariamente relacionadas. En realidad, el BAFICI bien podría ser la pared invisible entre esas dos cosas. Puertas adentro presentan sus películas Carri y Alonso. A la vuelta (en la sala de al lado, en realidad) se hace cola para ver “la de Burman”. Y todos contentos.©

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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