Mayo 2005

por MARÍA IRIBARREN

 

"No sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino, despojate de toda pretensión y cantá, simplemente cantá con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia" (1), escribió Haroldo Conti aproximándose, en esa idea breve de cómo debía ser su literatura, al universo narrativo que imaginó Clint Eastwood para sus películas.

En ambos casos, la música sirvió de paradigma: en Conti, bajo el formato del canto, en Eastwood según la figura del pianista de jazz.

La reunión de Conti-Eastwood no es del todo caprichosa. Es que Conti, además de escribir cuentos, poemas y novelas, amasó guiones cinematográficos (La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, de Nicolás Sarquis, 1973), algunos de sus textos fueron llevados al cine y hasta fue ayudante de dirección de Román Viñoly Barreto, en La bestia debe morir (1952).

Más que eso, Haroldo Conti construyó un sistema narrativo solventado por descripciones minuciosas (visuales, olfativas, cromáticas y emocionales) que convirtieron sus relatos en fragmentos de sencillez cuya expresividad resultó, singularmente, cinematográfica.

Sencillez de doble signo, toda vez que fue su tema medular: las existencias comunes, los ambientes de provincia, el mar, el río, la cuadra, la siesta, los objetos de entidad doméstica, el estupor emotivo, el amor silencioso, la intensidad del silencio.

 

Oficios terrestres

 

Haroldo Conti nació el 25 de mayo de 1925 -en la ciudad de Chacabuco, provincia de Buenos Aires- y fue secuestrado por un comando militar, el 5 de ese mismo mes, pero del año 1976. Se sabe que, antes de ser asesinado, recorrió los campos de concentración de la Brigada Güemes, de la ESMA, Campo de Mayo y Coordinación Federal. También que, durante un almuerzo mantenido con el ex general Rafael Videla en la casa Rosada, del que participaron Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y el cura Leonardo Castellani, Horacio Ratti (entonces presidente de la SADE) pidió por su libertad y la de otros diez escritores "desaparecidos".

Antes que eso, Conti había sido seminarista, maestro rural, empresario de transportes, actor, director teatral y marinero aficionado, profesor de filosofía, piloto civil, viajero de entusiasmo porfiado. A semejante colección de oficios hay que agregar el de periodista y, claro está, el de escritor, a pesar de sus reparos al respecto: "Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras" (2).

En 1975 su novela Mascaró, el cazador americano y La canción de nosotros -de Eduardo Galeano-, compartieron el Premio Casa de las Américas. Sería absurdo conjeturar la razón de su secuestro en el reconocimiento de esa institución, tal como argumentaron sus secuestradores cuando lo acusaron de "agente cubano". Más vale, en la vitalidad del diálogo mantenido con intelectuales de la isla y del resto de América Latina aunque, sobre todo, en la letra de esa "canción" política que Conti entonó de todas maneras, habría que cifrar la amenaza de una palabra que lo condenó a la consagración por vía de la muerte.

Los manuales literarios sintonizan su escritura con la de Hemingway (a quien Conti admiraba y apodó "Pa"), la de John Steinbeck y la de Raymond Carver. En esa línea, se lo emparienta también con Cesare Pavese. Se trata de narradores de naturalezas muertas o -en categorías literarias-, afines al "realismo seco" que, en ellos, encontró artífices de las analogías entre el paisaje de la melancolía y la geografía de los objetos.

En Conti, la estrategia de objetivación de lo real concibe, en un mismo rango de experiencia, las cosas y los sujetos, afectados por una causa común: el paso del tiempo. Moroso a veces, frenético en ocasiones, el devenir impone su lógica al mundo sensible ("Se recordaban cosas, se auguraban cosas y uno se volvía cosa y tiempo también" (3)) y sitúa el sistema de Conti en los mismos suburbios que habitaron Juan Carlos Onetti, Drummond de Andrade, Juan Rulfo y Guimarães Rosa.

 

Novelas para ver

 

Anegados de imágenes ostensibles, los textos de Haroldo Conti resultan propicios al abordaje cinematográfico. Así lo entendió Sergio Renán cuando escribió -junto a Aída Bortnik- el guión de Crecer de golpe (1977), basado en la novela Alrededor de la jaula (1966), ganadora del premio de la Universidad de Veracruz (México).

Ambientada en lo que fue el puerto de Buenos Aires, la historia tiene como protagonistas al viejo Silvestre (Ubaldo Martínez) y el joven Milo (Julio César Ludueña), dos personajes sombríos que intercambian desconsuelo y ternura, en los bordes de la ciudad: "...Hacía un par de días que el cielo estaba cubierto y de vez en cuando lloviznaba. Sobre el río se podían apreciar los distintos tonos de grises, en cambio entre los edificios, sobre la ciudad, el gris del cielo o lo que fuera, podía pasar muy bien por otra pared. Después de mirar un rato hacia el horizonte a uno le brotaba de adentro una especie de congoja, no algo triste exactamente sino un deseo incierto, como si debiera hacer otra cosa o estar en otra parte o echar a andar sin volver la cabeza...". (4)

Sudeste (1962) la primera novela escrita por Haroldo Conti, fue la base argumental del largometraje homónimo de Sergio Bellotti, según guión conjunto del director y Daniel Guebel (2002). Como la obra que la inspiró, la película desplaza el escenario hacia uno de los horizontes clave en Conti: el Delta.

Esta vez, el esquivo se llama Boga (Javier Locatelli) un joven desganado que, tras la muerte del "viejo", emprende una travesía existencial de carácter iniciático: "Él era, en este momento, el centro de ese mundo anegado por las aguas. Un sobreviviente. El silencio y la noche, y las aguas desbordadas y la soledad de aquel río semejante al mar venían a morir alrededor de él. El sentimiento de esto, no la idea, le provocaba una extraña alegría y una especie de rara seguridad. No tenía que marchar hacia nada. Ahora todo convergía hacia él." (5)

De líneas complejas y deliberada belleza, Otra vuelta (2003) de Santiago Palavecino, recrea apenas, el relato "Perfumada noche" pero, sobre todo, la idea contiana de que "la vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas" (6), tal como advirtió Ricardo Bula.

La acción gira en torno a Sebastián Pagani (José Ignacio Marsilletti), un director que vuelve a su pueblo natal (Chacabuco) a saldar cuentas pendientes, antes con su destino que con su pasado. Suerte de aprendizaje al revés, Otra vuelta es, acaso, un repaso visual de las cartografìas que orientaron al realizador (Jean-Luc Godard, Andrej Tarkovsky o Henri James).

Por último, Mascaró, el cazador americano (1992) es una coproducción venezolano-cubana, dirigida por Constante "Rapi" Diego, de acuerdo al guión escrito por Jorge Crelerón. Nunca exhibida en Buenos Aires, Mascaró es el tercer filme de ficción del documentalista cubano y la última novela publicada por Conti antes de su asesinato. El Príncipe, Oreste y Mascaró ("oscuro jinete, dulce cazador de hombres") componen el trío protagónico de una historia que se propuso reinventar la identidad latinoamericana.©

 

(1) Haroldo Conti. "Ars Humana", publicado en revista Crisis, Nº 16, Buenos Aires, 1974.
(2) Declaraciones de Haroldo Conti a la revista Confirmado, Buenos Aires, 1971.
(3) Haroldo Conti. Del cuento Los novios.
(4) Haroldo Conti. De la novela Alrededor de la jaula.
(5) Haroldo Conti. De la novela Sudeste.
(6) Ver crítica completa en: http://acomodadordecine.cinecropolis.com/criticas/Otra_vuelta.htm

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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