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por
MARÍA IRIBARREN
"No
sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si
cantaras en medio de un camino, despojate de toda pretensión y cantá, simplemente cantá
con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla
historia" (1), escribió Haroldo Conti aproximándose, en esa
idea breve de cómo debía ser su literatura, al universo narrativo que imaginó Clint
Eastwood para sus películas.
En ambos casos, la música sirvió de
paradigma: en Conti, bajo el formato del canto, en Eastwood según la figura del pianista
de jazz.
La reunión de Conti-Eastwood no es del
todo caprichosa. Es que Conti, además de escribir cuentos, poemas y novelas, amasó
guiones cinematográficos (La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro,
de Nicolás Sarquis, 1973), algunos de sus textos fueron llevados al cine y hasta fue
ayudante de dirección de Román Viñoly Barreto, en La bestia debe morir
(1952).
Más que eso, Haroldo Conti construyó
un sistema narrativo solventado por descripciones minuciosas (visuales, olfativas,
cromáticas y emocionales) que convirtieron sus relatos en fragmentos de sencillez cuya
expresividad resultó, singularmente, cinematográfica.
Sencillez de doble signo, toda vez que
fue su tema medular: las existencias comunes, los ambientes de provincia, el mar, el río,
la cuadra, la siesta, los objetos de entidad doméstica, el estupor emotivo, el amor
silencioso, la intensidad del silencio.
Oficios terrestres
Haroldo Conti nació el 25 de mayo de
1925 -en la ciudad de Chacabuco, provincia de Buenos Aires- y fue secuestrado por un
comando militar, el 5 de ese mismo mes, pero del año 1976. Se sabe que, antes de ser
asesinado, recorrió los campos de concentración de la Brigada Güemes, de la ESMA, Campo
de Mayo y Coordinación Federal. También que, durante un almuerzo mantenido con el ex
general Rafael Videla en la casa Rosada, del que participaron Jorge Luis Borges, Ernesto
Sábato y el cura Leonardo Castellani, Horacio Ratti (entonces presidente de la SADE)
pidió por su libertad y la de otros diez escritores "desaparecidos".
Antes que eso, Conti había sido
seminarista, maestro rural, empresario de transportes, actor, director teatral y marinero
aficionado, profesor de filosofía, piloto civil, viajero de entusiasmo porfiado. A
semejante colección de oficios hay que agregar el de periodista y, claro está, el de
escritor, a pesar de sus reparos al respecto: "Yo soy escritor nada más que cuando
escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de
vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y
la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la
elegiría de todas maneras" (2).
En 1975 su novela Mascaró, el
cazador americano y La canción de nosotros -de Eduardo
Galeano-, compartieron el Premio Casa de las Américas. Sería absurdo conjeturar la
razón de su secuestro en el reconocimiento de esa institución, tal como argumentaron sus
secuestradores cuando lo acusaron de "agente cubano". Más vale, en la vitalidad
del diálogo mantenido con intelectuales de la isla y del resto de América Latina aunque,
sobre todo, en la letra de esa "canción" política que Conti entonó de todas
maneras, habría que cifrar la amenaza de una palabra que lo condenó a la consagración
por vía de la muerte.
Los manuales literarios sintonizan su
escritura con la de Hemingway (a quien Conti admiraba y apodó "Pa"), la de John
Steinbeck y la de Raymond Carver. En esa línea, se lo emparienta también con Cesare
Pavese. Se trata de narradores de naturalezas muertas o -en categorías literarias-,
afines al "realismo seco" que, en ellos, encontró artífices de las analogías
entre el paisaje de la melancolía y la geografía de los objetos.
En Conti, la estrategia de
objetivación de lo real concibe, en un mismo rango de experiencia, las cosas y los
sujetos, afectados por una causa común: el paso del tiempo. Moroso a veces, frenético en
ocasiones, el devenir impone su lógica al mundo sensible ("Se recordaban cosas, se
auguraban cosas y uno se volvía cosa y tiempo también" (3)) y
sitúa el sistema de Conti en los mismos suburbios que habitaron Juan Carlos Onetti,
Drummond de Andrade, Juan Rulfo y Guimarães Rosa.
Novelas para ver
Anegados de imágenes ostensibles, los
textos de Haroldo Conti resultan propicios al abordaje cinematográfico. Así lo entendió
Sergio Renán cuando escribió -junto a Aída Bortnik- el guión de Crecer de
golpe (1977), basado en la novela Alrededor de la jaula (1966),
ganadora del premio de la Universidad de Veracruz (México).
Ambientada en lo que fue el puerto de
Buenos Aires, la historia tiene como protagonistas al viejo Silvestre (Ubaldo Martínez) y
el joven Milo (Julio César Ludueña), dos personajes sombríos que intercambian
desconsuelo y ternura, en los bordes de la ciudad: "...Hacía un par de días que el
cielo estaba cubierto y de vez en cuando lloviznaba. Sobre el río se podían apreciar los
distintos tonos de grises, en cambio entre los edificios, sobre la ciudad, el gris del
cielo o lo que fuera, podía pasar muy bien por otra pared. Después de mirar un rato
hacia el horizonte a uno le brotaba de adentro una especie de congoja, no algo triste
exactamente sino un deseo incierto, como si debiera hacer otra cosa o estar en otra parte
o echar a andar sin volver la cabeza...". (4)
Sudeste (1962) la
primera novela escrita por Haroldo Conti, fue la base argumental del largometraje
homónimo de Sergio Bellotti, según guión conjunto del director y Daniel Guebel (2002).
Como la obra que la inspiró, la película desplaza el escenario hacia uno de los
horizontes clave en Conti: el Delta.
Esta vez, el esquivo se llama Boga
(Javier Locatelli) un joven desganado que, tras la muerte del "viejo", emprende
una travesía existencial de carácter iniciático: "Él era, en este momento, el
centro de ese mundo anegado por las aguas. Un sobreviviente. El silencio y la noche, y las
aguas desbordadas y la soledad de aquel río semejante al mar venían a morir alrededor de
él. El sentimiento de esto, no la idea, le provocaba una extraña alegría y una especie
de rara seguridad. No tenía que marchar hacia nada. Ahora todo convergía hacia
él." (5)
De líneas complejas y deliberada
belleza, Otra vuelta (2003) de Santiago Palavecino, recrea apenas, el
relato "Perfumada noche" pero, sobre todo, la idea contiana de que
"la vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en
unas cuantas líneas" (6), tal como advirtió Ricardo Bula.
La acción gira en torno a Sebastián
Pagani (José Ignacio Marsilletti), un director que vuelve a su pueblo natal (Chacabuco) a
saldar cuentas pendientes, antes con su destino que con su pasado. Suerte de aprendizaje
al revés, Otra vuelta es, acaso, un repaso visual de las cartografìas
que orientaron al realizador (Jean-Luc Godard, Andrej Tarkovsky o Henri James).
Por último, Mascaró, el
cazador americano (1992) es una coproducción venezolano-cubana, dirigida por
Constante "Rapi" Diego, de acuerdo al guión escrito por Jorge Crelerón. Nunca
exhibida en Buenos Aires, Mascaró es el tercer filme de ficción del
documentalista cubano y la última novela publicada por Conti antes de su asesinato. El
Príncipe, Oreste y Mascaró ("oscuro jinete, dulce cazador de hombres")
componen el trío protagónico de una historia que se propuso reinventar la identidad
latinoamericana.©
(1) Haroldo
Conti. "Ars Humana", publicado en revista Crisis, Nº 16, Buenos Aires,
1974.
(2) Declaraciones de Haroldo Conti a la revista Confirmado, Buenos Aires, 1971.
(3) Haroldo Conti. Del cuento Los novios.
(4) Haroldo Conti. De la novela Alrededor de la jaula.
(5) Haroldo Conti. De la novela Sudeste.
(6) Ver crítica completa en: http://acomodadordecine.cinecropolis.com/criticas/Otra_vuelta.htm |



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