por
RICARDO BULA
Mítico
entre muchos mitos de un Hollywood auténtico, Una Eva y dos Adanes (Some
like It Hot) es un filme plagado de perdurables historias convertidas en fábulas
legendarias. Marilyn negándose a perder peso, llegando tarde al rodaje, olvidando y
confundiendo sus líneas. Marilyn perdiéndose camino al estudio o dependiendo de la
aprobación de su entrenadora de diálogos. Marilyn besada por Tony Curtis, una
experiencia que -según dicen que dijo el actor- fue como "besar a Hitler".
El contrato estipulaba que sería en
color. Pero en las tomas de prueba el maquillaje de los intérpretes travestidos daba
espantoso. Billy Wilder decidió hacerlo en blanco y negro (no era extraño en él, un
cineasta que se movía con criterios propios). Hubo que convencer a Marilyn. No fue faena
simple.
Tampoco la filmación. Horas de espera
hasta que ella llegara. Horas de impaciencia hasta que despertase de alguna larga siesta.
Rara vez recordaba las réplicas. Nunca se supo si fue una meditada estrategia para
reclamar atención o si era tan tonta como parecía. Muchos sospecharon de los
psicofármacos.
Planos reiterados, extenuantes. El
director pegando un cartel ayuda-memoria para, finalmente, poder exclamar "se
imprime". Los celos, la envidia. Los que ella sentía, los que le provocaba un
vestuarista insidioso. En varias ocasiones, Arthur Miller observando. Desde lejos. En
silencio.
Marilyn aplaudida por el equipo. La
escena había resultado perfecta. Pero Marilyn quiso repetirla. La irritación de todos.
La ira contenida de Wilder. Su frase final: "Soy el único director que ha
sobrevivido a dos películas con Marilyn".
Tenía razón. Creador de imágenes
perdurables, a él pertenece aquel icono inagotable de Marilyn con sus faldas al viento en
La comezón del séptimo año (The Seven Year Itch). Luego vino
la furia del deportista Joe Di Maggio, el divorcio.
Nada es lo que parece en Una
Eva y dos Adanes. En tiempos de "ley seca" Joe (Curtis) y Jerry (Jack
Lemmon), testigos involuntarios de una matanza, se disfrazan de mujer para ocultarse
dentro de una banda de señoritas que tiene a Sugar (Marilyn) como cantante. La dulce,
ingenua y sensual Sugar, cuyo único objetivo bajo el sol de La Florida es enamorar a un
millonario y cas(z)arlo.
Ligera y envolvente como un vals
vienés, esta comedia indestructible está considerada una obra maestra y el film más
popular de Wilder. Bajo ese barniz de levedad se esconde, sin embargo, una aguda
observación sobre el poder, el dinero y el sexo. Homosexualidad latente incluida.
Abrazada por la cámara, Marilyn canta I
wanna be loved by you. Acariciada por la luz, su cuerpo se siente desnudo. Nacida
para el cine, sus ojos aparentan soñar y el resto ofrecerse a la lujuria.
Antes de morir Wilder alcanzó a decir:
"He hecho films que a mí me hubiera gustado ver".
No son tantas las frases finales que
quedaron para la historia del cine.
Y pocas veces se retrató mejor a
Marilyn, con ese aspecto carnal y etéreo que conserva el imaginario colectivo.© |