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por
RICARDO BULA
Livorno
fue reconstruida en gran parte después de la II Guerra Mundial. En esa ciudad de Toscana,
el 4 de marzo de 1964, nació Paolo Virzì.
Primero estudió Letras en Pisa. Pero
la inclinación por los mecanismos de la estructura narrativa lo llevó a instruirse en
Guión. Lo hizo en el mítico Centro Experimental de Cinematografía de Roma donde tuvo
como profesor a Furio Scarpelli. Desde entonces, lo consideró su maestro. Allí obtiene,
en 1987, el diploma de guionista. En tanto, conoce y se casa con la actriz Paola Tiziana
Cruciani (de la que más tarde va a separarse).
Para Gabriele Salvatores interviene, en
1989, en el scrip de Nosotros tres (Turnè). Un año
después colabora con Giuliano Montaldo en una adaptación de Ennio Flaiano, el notable
escritor fallecido luego de contribuir a un buen tramo de la historia del cine italiano.
El guión de Conciencia de matar (Tempo di uccidere, 1990) le
permitió también trabajar al lado de su maestro Scarpelli, quien viene escribiendo para
cine, desde hace más de medio siglo (a menudo con Age, conformando un binomio fundamental
de la commedia all' italiana).
En la sceneggiatura de Condominio
(1991) lo acompaña, por primera vez, Francesco Bruni. Prolífico guionista, Bruni se
convierte en amigo personal y co-libretista inseparable.
A partir de La bella vida
(La Bella vita, 1994), el calvo y expansivo Virzì suma la tarea de director. Su
opera prima fue una tragicomedia ambientaba en un pueblo de su natal Toscana. Narraba las
vicisitudes de un matrimonio que comienza a desintegrarse cuando el hombre pierde el
trabajo en la acería local y la esposa queda cautivada por un ídolo televisivo.
Aplaudido por público y crítica, este relato en el que confluyen amor, amistad y
política, fue presentado en el Festival de Venecia (obtuvo el Premio Golden Ciak) y
conquistó el David di Donatello al Mejor Director Debutante. La intensa interpretación
de la bella Sabrina Ferilli mereció el Nastro d'Argento a Mejor Actriz.
Con Vacaciones de agosto
(Ferie d'agosto, 1996), Virzì se consagra definitivamente como observador de
costumbres italianas -sutil, tierno y profundo-, ubicando a dos familias diversas
(intelectuales de izquierda unos, comerciantes los otros) como turistas vecinos en una
pequeña isla del Tirreno. Virzì retira otro David di Donatello, esta vez como Mejor
Película del año, y se alza con los lauros de crítica y público en el Festival de
Montpellier.
"Pienso que el cine es, por su
misma naturaleza, un trabajo colectivo", declaraba en ocasión del estreno.
"Escribir era mi primera pasión, pero estar solo me entristece mucho, he preferido
meterme a trabajar con otros, porque eso me hace sentir vivo. Hacer cine significa
colaboración, sinergia, conocerse y sacar afuera lo mejor de todos, especialmente de los
actores. Intentar el diálogo más brillante, imaginárselo en voz alta con un amigo,
sobretodo si ese amigo es un amigo como Francesco ... No creo que sea posible escribir un
film solo, al menos yo; no es lo que más deseo" (1).
Durante Ovosodo (1997)
Virzì se da un placer adicional: trabajar nuevamente el guión junto a su viejo maestro
Scarpelli. Ovosodo (huevo duro) es el apodo de Piero, niño que habita un barrio fabril de
Livorno. El film lo sigue hasta su adolescencia, registrando deseos y quimeras enfrentados
a duras realidades, mudando la difícil familia (padre preso, madrastra histérica,
hermano discapacitado) por otra que se inventa (la profesora, su amigo Tomasso, el amor de
Lisa). Presentada en el Festival de Venecia, obtiene el Gran Premio Especial del Jurado y
resultó ser una de las películas italianas de más éxito de la temporada.
Si hasta el momento Virzì se había
ganado respeto y simpatía por vitales y sensibles sátiras colectivas y personajes llenos
de humanidad brillantemente interpretados (la dirección de actores es una de sus
cualidades más destacadas), Besos y abrazos (Baci e abbracci,
1999), lo confirma como el mejor epígono -y quizás único- de la desaparecida commedia
all'italiana. En la antípoda de muchos de sus predecesores y coetáneos, no ignora
ni desprecia los pretextos y matices con que se adornaban esos comentarios sociales y,
confeso admirador de Monicelli, enriquece esos valores con una puesta al día. En
Besos y abrazos -una historia llena de confusiones deliberadas que potencian el
enredo de políticos, inspectores y trabajadores desocupados en torno a un restaurante en
declive- se perfecciona e, incluso, se eleva a situaciones casi fantásticas.
Una curiosa historia de iniciación es
la que plantea en My name is Tantino (2002). Virzì envía a Tantino -un
joven estudiante de cine- de Sicilia a Nueva York, persiguiendo a una turista de la que ha
quedado enamorado. Si las alternativas del joven en el extranjero se despliegan
excéntricas, no fueron más normales las que director y equipo debieron enfrentar lejos
de su país, al quedar sin financiación para terminar el rodaje. La película también
significó el impensado debut de un actor hoy en ascenso, Corrado Fortuna. Natural de
Palermo, Fortuna se encontraba en Florencia, trabajando como mozo y lavacopas mientras
estudiaba Ciencias Políticas, cuando su amigo Carlo Virzì -ya guitarrista y primera voz
de la banda Snàporaz- lo tienta a protagonizar la película que estaba preparando su
hermano Paolo. Fortuna ganó el Premio Revelación otorgado por la crítica italiana.
Burgués de fina ironía -nunca
cínico- Virzì puebla sus films de rostros y situaciones reconocibles, ritmo alegre y
sentimientos simples pero hondos. Sin pretensión de diagnósticos y tratamientos
transformadores, juega a menudo con difundidas dicotomías (pueblo/ciudad, gente del
llano/clases acomodadas, candidez/sofisticación, sueños/realidades). Si estos elementos
han estado presentes siempre, quizás se hagan más evidentes en su última película, Caterina
en Roma (Caterina va in cittá, 2003), única que mereció estreno
argentino. Las frustraciones de un profesor de pueblo para consagrarse como escritor lo
llevan a instalarse en la capital italiana. Junto a la familia intenta escalar posiciones.
En esa articulación oportunista, su hija Caterina será el engranaje fundamental. Con las
anécdotas de su trayectoria se despliegan las burlonas observaciones de Virzì sobre la
sociedad que habita y, de paso, homenajea a un pasado del que se siente deudor y heredero.
¿Qué sucede en la cinematografía de
Italia? Escasean noticias. No existe distribución organizada. Los esfuerzos de promoción
lucen escasos. No ayuda un Instituto de Cultura Italiana indiferente y a distancia sideral
de la actividad que despliegan entidades similares de otros países.
En este punto también es posible que
el luminoso cine de Virzì ayude a proyectar algo de luz.©
(1) www.alleo.it, Francesco Bruni e
Paolo Virzi. Abril de 1996, edición de Marcello Cella y Elena Pinori. |



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