|
por
MARÍA IRIBARREN
Werner
Herzog (Munich, 1942) pertenece a la misma generación de cineastas que Rainer W.
Fassbinder, Volker Schlöndorff, Win Wenders y Margarethe von Trotta. Aunque cada uno se
abocó a ensayos estéticos diferentes, sus películas exhiben un denominador común:
miran el presente y el pasado, sin perder de vista que, para comprender los procesos
históricos es necesario interpelar los cimientos de la cultura que, acaso, los
prefiguraron.
El de Herzog es un proyecto que sugiere
una doble voluntad. Primero, la de derrumbar la idea clásica del héroe, comprometiendo
su racionalidad y entereza moral, en gestas descomunales que bordean el absurdo. "Mis
personajes -explicó más de una vez-, son rebeldes desesperados, solitarios. Saben que su
lucha está abocada al fracaso. Sin embargo, siguen tensos, heridos, cada vez más solos,
hasta la locura".
El otro aspecto crucial, es la puesta
bajo sospecha de la aptitud del dispositivo cinematográfico para representar el mundo
real. "Me inclino hacia un cine que pueda fabricar el mundo de otra manera, que pueda
devolvernos intactos nuestros sueños, nuestros deseos", asegura el director.
El malentendido romántico
"Sólo los soñadores mueven
montañas", exclama Fitzcarraldo -o sea, Herzog a través del personaje interpretado
por Klaus Kinski- devorado por el afán de montar un teatro de ópera en el amazonas
peruano, faena que hace espejo con la de filmar semejante peripecia en el lugar donde, en
efecto, ocurrieron los hechos.
Que Kinski le pusiera cuerpo a los
sueños de Herzog, llevó a considerar sus películas como portentos románticos, en
virtud del tamaño de los héroes y la insensatez de sus hazañas (incluidas las del
director). Sin embargo, en la tradición literaria alemana, la "deformidad" y el
"exceso" no son tópicos propios del Romanticismo sino parte de la herencia
recibida del Sturn und drang (movimiento de reacción contra el racionalismo
iluminista, cuyos poetas y narradores confeccionaron una estética de lo horrible
convencidos de que, el origen de la crueldad, el secreto de su belleza, anida en la
sensualidad y la intuición).
Es cierto que títulos como Fitzcarraldo
(1982), Cobra Verde (1987), Nosferatu (Nosferatu:
Phantom der Nacht, 1979), Aguirre, la ira de dios (Aguirre, der
Zorn Gottes, 1972), y la menos frecuentada También los enanos nacen
pequeños (Auch Zwerge haben klein angefangen, 1970) informan de la
afinidad de Herzog con lo monstruoso pero, sobre todo, dan cuenta de su formidable
percepción del mundo real.
La ficción documental
En la versión radiofónica de la
fábula de Caspar, que escribió Walter Benjamin, el narrador anuncia: "Lo primero:
todo lo que en ella se cuenta es verdad" (1).
La advertencia sirve para leer en la
película de Herzog (El enigma de Kaspar Hauser / Jeder für sich und
Gott gegen alle, 1974) algunos aspectos que ya insinúan una teoría de la imagen. En
ésta, como en la mayoría de sus películas, el director anuda la verdad del hecho
narrado al tratamiento fílmico de la historia. Desde el punto de vista formal, esta
decisión tiene como consecuencia la inestabilidad del registro audiovisual que oscila
entre el documento y la fantasía, ampliando la competencia enunciativa de ambos, mediante
la contaminación mutua y sistemática.
Kaspar, cuya socialización se inicia a
los dieciocho años (antes que eso, vivió aislado en un sótano), en poco tiempo y con la
precariedad lingüística que su odisea le impone, sacude la razón equívoca de
filósofos y teólogos. Del mismo modo, que Fitzcarraldo desafíó las leyes de la física
o Aguirre la lógica de la moral imperial.
La realidad imaginada
Además de sus filmes más y menos
conocidos, de otros en los que actúa o aporta su testimonio, la Lugones estrena dos
documentales de Herzog, inéditos en Argentina: El diamante blanco (The
white diamond, 2004) y Alas de esperanza (Julianes Sturz in den
Dschungel, 2000).
Poco antes del estreno europeo de El
diamante blanco, Werner Herzog declaró: "Estoy fascinado con la idea de
llevar las películas de naturaleza y de animales a otra dimensión. Uno tiene la
sensación de un réquiem para un planeta que se ha vuelto inhabitable. El resultado se
parece más a una película de ciencia ficción, que a un documental tradicional".
A bordo de un zepellin -diseñado por
el ingeniero británico Graham Dorrington-, la cámara sobrevuela la catarata Kaieteur
(Guyana). En el transcurso del rodaje, se quemaron dos motores y buena parte del
instrumental. Herzog decidió reparar los daños y continuar la filmación. Ya en la sala
de montaje, compaginó sus cintas con fragmentos de registros que exponen el accidente
sufrido por Dorrington en Kenia y que le costó la vida al camarógrafo Dieter Plage. El
resultado es una bellísima película que, entre otras cosas, prueba que ver cine no sólo
no es lo mismo que mirar televisión: es todo lo contrario.
La precuela de Alas de
esperanza tuvo lugar, en 1971, durante la filmación de Aguirre
.
Era la víspera de la Navidad y Herzog debía trasladarse de Lima a Cuzco. Quiso el azar
que no consiguiera boleto y luego, que el avión se incrustara en el Impenetrable, dejando
un saldo de noventa muertos y una sobreviviente: Julianes Sturz. Obsesionado por esa
fatalidad caprichosa, en 1999, Herzog le propuso a Julianes ¿reconstruir? juntos, la
crónica de la tragedia.
"No sólo cambio el argumento en
mis películas históricas, también lo hago en mis documentales", confesó Herzog
durante su última visita a Buenos Aires. "En lugar de la verdad
"verdadera", busco otra, tan cierta como aquella, pero intensificada,
potenciada. Desde ahí tenemos un punto de partida seguro, que nos permite desviar la
imaginación y dejarla en libertad para ver a través de las cosas."
Desviar la imaginación, dejarla en
libertad, ver a través de las cosas. Una preciosa invitación para iniciarse en (o volver
a experimentar) la magnífica obra de Werner Herzog.©
(1) Benjamin,
Walter. "Caspar Hauser" en El Berlín Demónico. Relatos radiofónicos.
Editorial Icaria, Barcelona, 1987. |



|