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por
ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ
foto: Florencia Blanco
Con
sólo tres largometrajes (y poco más de treinta años de edad), Lisandro Alonso ya se ha
convertido en un saludable problema para todos aquellos que piensan el cine y lo disfrutan
como una forma genuina de expresión artística. El carácter asombrosamente personal de
sus films lo ubica al costado de cualquier nomenclatura posible del cine argentino, tan
acostumbrado a adocenar realizadores en las orillas del realismo más ramplón. Al mismo
tiempo, Alonso no deja de ser un secreto a voces dentro del circuito de festivales y salas
de "arte y ensayo"; sus películas tienen una distribución muy acotada y su
difusión apenas sí excede los ámbitos intelectuales y más herméticamente cinéfilos.
Conviene avisar, entonces, que se trata de uno de los autores más interesantes de las
últimas décadas y que su obra propone unos caminos impensados para la chatura de gran
parte de la producción contemporánea. Y aunque suele ser un recurrente gesto de soberbia
-ciertamente elitista no obstante común en los campos de la cultura- el recordar la
mediocridad de algo para luego ensalzar la aparición de un aparente iluminado secreto y
elevarlo así a la dignidad de artista maldito, no es éste el caso. Lejos de cualquier
vanguardia caduca o formas variadas de masturbación estilística, el cine de Lisandro
Alonso construye su innegable personalidad a partir del férreo plegamiento a un proyecto
claro, tan complejo como cautivante: la búsqueda de realidad por fuera de la
construcción de realismo.
Menos es más
Lo que primero nos sucede ante sus
imágenes es el desconcierto. Nos vemos en la obligación de revisar todos los ajustes
cognitivos que, como espectadores habituales de cine, solemos hacer antes de ingresar al
rito de apreciar un film. Es que las películas de Alonso parecen incursionar en una
suerte de desagregación de códigos, despojando la imagen hasta dejarla en un utópico
estado de naturaleza, como en un lugar fuera del cine. Pero este procedimiento no está
relacionado con un intento de retorno a un modo de representación primitivo o cualquier
otra forma de refutación del cine como lenguaje evolucionado. Al contrario. Caro deudor
de un profundo conocimiento de las leyes de la imagen, lo que el cine de Alonso busca (y
en gran medida consigue) es despojarse de todas las taras visuales que se han ido
acumulando con el siglo, y que hacen que hoy la tarea del espectador cinematográfico sea
una vacua rutina sensorial. La incertidumbre que producen sus filmes radica, justamente,
en ese "falso primitivismo" que consigue en sus registros abiertamente realistas
pero, al mismo tiempo, completamente desvinculados del verosímil del realismo. Esa idea
construida y consensuada sobre lo que el realismo en el cine debe ser. Y en este sentido,
se trata de un cine que espera mucho de nosotros, porque nos pone permanentemente a
prueba.
La elocuencia de la realidad
Ante semejante panorama, tampoco
deberíamos caer en la tentación de enmarcar su obra en al ámbito del documental. Pese a
su insistencia en contar historias sobre pequeños personajes de tierra adentro, de un
valor antropológico casi intrínseco, el acercamiento de Alonso no es el del documental.
Ni siquiera el del llamado documental de autor, esa especie de subjetivación globalizante
que actualmente está experimentando el género, dando lugar muchas veces a una caterva de
"diarios de viaje" e irresponsables miradas sobre el denominado
"otro". El fuerte contacto que el cine de Alonso consigue con las personas y los
lugares que retrata, nos hace pensar inmediatamente en una forma del documental cuando, en
realidad, sólo se trata de ficciones demasiado verídicas.
La relación de las imágenes del cine
de Alonso con su referente real, resulta problemática porque no termina nunca de
enmarcarse dentro de una forma inteligible. Su trabajo está en un linde, pero al mismo
tiempo, está borrando permanentemente esa frontera sobre la que se ha posado para mirar
el mundo. Alonso desmiente los géneros (y el documental es uno de ellos) y reniega de
todo verosímil, decisión que significa una verdadera afrenta para el espectador poco
avisado. En esa beligerancia de base se explica gran parte de la perplejidad que produce
su obra, su condición casi para-cinematográfica. De un modo más vital que intelectual,
el cine de Alonso nos enseña sus propias reglas a medida que sucede. Pero éstas no son
las bases de un código secreto, que hay que descifrar para poder ingresar y "formar
parte". Sólo se trata de una reivindicación del mirar, esa vapuleada actividad. Las
películas de Alonso están interesadas en que ejercitemos nuestro derecho a ver y
volvamos a hacer un uso responsable de la mirada.
Así es como nos encontramos con historias que son contadas desde el poder de las cosas
que se muestran, acaso el arma más elocuente que el cine tiene y muchas veces olvida. En
lugar de una estructura dramática que organice la acción, el relato avanza impulsado por
la potencia visual de los hechos concretos. Ése, tal vez, sea el gran hallazgo narrativo
del cine de Lisandro Alonso: contar desde las cosas mismas. Esta conclusión merece una
aclaración ya que, en el cine, nunca hay cosas sino imágenes. Más claro sería decir,
entonces, que el hallazgo estriba en haber conseguido no opacar, con la imagen, la
verdadera naturaleza de aquello que se muestra. A su modo, el de Alonso es un cine
político.
Cuidado: hombres trabajando
Esa vocación por mostrar no se
resuelve, en sus películas, de un modo aleatorio. Bien podríamos pensar que todo su arte
se resume en hacer pasar por la cámara esos momentos de aparente intrascendencia en la
vida de sus personajes, los que una narración convencional no dudaría en resolver con
una elipsis oportuna. Justamente, el cambio de foco que Alonso propone no es caprichoso
sino revelador, viene a echar luz sobre esos espacios que el cine insiste en no contar
nunca. Cuesta creer, por ejemplo, cómo se ha omitido siempre en la pantalla la cuestión
del trabajo. Es raro ver gente trabajando en el cine, por fuera del género documental,
cuando el interés radica en registrar alguna actividad más o menos exótica. Esto no
quiere decir que sea el tema del trabajo lo que no aparece: el tema abunda. Lo que
difícilmente aparece es la actualización en imágenes de alguna de las tareas concretas
a las que se alude cuando se habla del trabajo. En definitiva: las películas suelen estar
llenas de gente que dice que trabaja. Incluso cuando el tema es el trabajo, el trabajo en
el cine rara vez está presente.
Esta suerte de anatema cinematográfico
se rompe por completo en el cine de Alonso, cuyas historias están completamente
atravesadas por el tema del trabajo que, a su vez (y esto es lo relevante), se actualiza
todo el tiempo en las imágenes. Es ostensible cómo sus personajes, en vez de hablar
sobre lo que hacen, lo hacen y lo hacen de verdad. De hecho, casi se abstienen de hablar.
El cine de Alonso carece de énfasis explicativos, en su lugar está plagado de
actividades concretas. Así es como, por obra de ese corrimiento del foco de interés que
propone el autor, podemos apreciar los diferentes modos en que los personajes se procuran
su alimento, acaso el primero de los trabajos del hombre, lo que hoy eufemísticamente
llamamos "ganarse el pan", o sea, comerse lo que se ha trabajado. En todas las
películas de Alonso no sólo podemos ver gente comiendo, lo que sería un detalle menor:
somos testigos, también, de todo el proceso que implica hacerse de ese alimento, somos
testigos de un trabajo de supervivencia.
En algún momento de La
Libertad, vemos a Misael cazar una mulita y luego asarla, mientras en la radio se
escucha, como difuso fondo, cierta noticia sobre el sacrificio de animales.
Durante su paseo por los talleres del
San Martín, en Fantasma, lo vemos (en una situación análoga) comiendo
unas sobras que encontró sobre una mesa, mientras descorcha una botella de sidra y mira,
sin mayor asombro, imágenes televisivas de la pesca de alta mar en el Cantábrico. En
otro momento de este mismo film, durante un cansino traveling hacia adelante, un
personaje secundario (el acomodador de la Lugones) se sirve un plato de fideos que él
mismo cocinó unos instantes antes, en ese mismo lugar (su lugar de trabajo), una triste
cocina en forma de pasillo.
En Los muertos bien se
podría dibujar el itinerario que completa Argentino Vargas sólo a partir de los cambios
en sus hábitos alimenticios. Todavía en la cárcel, busca un lugar apartado del parque
para servirse el contenido incierto de un tupper que lleva consigo. Lo primero que hace
tras recuperar la libertad es tomarse un helado. Durante su viaje en canoa, consigue miel
de un panal silvestre, se fabrica una lanza con la que no consigue pescar nada para, ya en
el final, carnear meticulosamente un cabrito que sorprendió en la barranca del río. El
poder de esta última escena, resuelta en apenas dos planos y sumamente respetuosa del
tiempo real de la ejecución, tal vez evidencie todo el contenido subversivo que habita en
el cine de Lisandro Alonso: esa intención de mostrar lo que nunca se muestra.
Una de las informaciones más claras
que nos brinda "la escena del cabrito", tiene que ver con la pericia y la
justeza con que Argentino Vargas cumple su tarea. Pericia imposible de comprobar si no se
la muestra de ese modo total y continuo, por medio de un énfasis que no se vuelve a
repetir en todo el film. En ese devaneo que no alcanza nunca a dejar a Los muertos en el
registro documental, se llega a ver, sin embargo, que el papel de Argentino Vargas sólo
podía ser interpretado por Argentino Vargas. Y esta, y no otra, es la explicación de la
ausencia de actores profesionales en los filmes de Lisandro Alonso. Porque la potencia de
sus ficciones se basa en la mostración de cosas reales, cosas que sería inútil actuar.
Fiel a su naturaleza
La consistencia de la obra de Alonso no
sólo se evidencia en su estilo despojado, aunque no carente de un eventual lirismo. Esta
vocación por reflejar la verdadera condición de sus personajes tal vez sea su
característica más valorable. No hay un fondo morboso que justifique la descripción
cabal del sacrificio de un animal frente a la cámara, tampoco es un mero detalle de
estilo detenerse más de la cuenta frente a un hombre que talla un poste de caldén. El
tiempo dedicado a esos pormenores, el respeto de la imagen por el tiempo verdadero de las
acciones descriptas, nos está reponiendo el trabajo que significan, ya que en ese trabajo
se juega el lugar que esos personajes ocupan en el mundo.
Allí está el realismo de Alonso. No
hay nada más cierto en la vida de Misael Saaverdra (persona y personaje a la vez) que el
tiempo y el esfuerzo invertidos en hachar esos postes que son su sustento. No hay nada
más cierto en la vida de Argentino Vargas que esa solvencia con que es capaz de faenar un
animal, ajeno o encontrado. Los postes que Misael fabrica y vende por unos pocos pesos,
sirven para tender los alambrados de las estancias de La Pampa. El animal sacrificado por
Vargas será el súbito manjar que corone un reencuentro familiar, y corte brevemente una
existencia hecha de privaciones. Como condensación antes que como metáfora, la
descripción de esos dos hechos (meros ejemplos al fin de un cine perpetrado de verdades
similares) sobra para actualizar en la imagen el modo cotidiano en que las desigualdades
sociales se viven desde la perspectiva de quienes más las sufren. El relieve de esas
desigualdades no se resolverá en una construcción dramática que espectacularice sus
efectos: se hará presente en la materialidad del trabajo, que es la forma en que éstas
se reproducen a diario.
Las de Alonso son historias de ficción
hechas con retazos de realidad, sólo un poco enfatizados por una cámara que busca
limitarse en su escritura para así dejar ver lo que realmente importa. La inquietante
hibridez que propone el cine de Alonso da por tierra con todas nuestras expectativas como
espectador, ya anquilosadas de ver la misma película, esperar siempre la explicación
antes que los hechos, y no acceder nunca a los modos verdaderos en que la violencia social
se ejerce a diario sobre los millones de argentinos que no fueron y posiblemente nunca
asistan a una sala de cine en su vida.© |



FILMOGRAFÍA
(1995) Dos en la vereda [corto]
(2001) La libertad
(2004)
Los muertos
(2006)
Fantasma
(2008) Liverpool
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