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por
MARÍA
IRIBARREN
La
ocurrencia de una mujer que se enamora de una quesera me causó gracia y
asombro. Sumado a la belleza del blanco y negro de alto contraste, el
módico y radical argumento de la primera película de Albertina Carri que
vi (el cortometraje Aurora, de 2001) me dispuso a esperar la
próxima. Un año más tarde de esa experiencia, cuando se estrenó Los
rubios (que con Willy Méndez premiamos, en octubre de 2003, durante
la primera edición del Festival de Cine y Video Latinoamericano de
Buenos Aires, a pesar de la oposición del director), grabé de la tele
No quiero volver a casa. Desde entonces pasaron varias películas de
Carri: Géminis, Fama, Urgente, Tracción a sangre
y La rabia.
Al ver y escuchar
La rabia en el Malba -tratando de ahuyentar de mí el malestar
evidente de los prójimos en la sala-, se me agolparon en la conciencia
las imágenes de otros filmes de Albertina, que tanto placer y
desasosiego me habían proporcionado.
El texto a
continuación, no respeta la cronología esperable en un relato crítico.
En cambio, responde al capricho con el que fueron surgiendo las ideas,
los interrogantes, a partir de las imágenes situacionales de La rabia.
En parte recorrido analítico, en parte asociación libre, estas líneas
esperan servir de estímulo a la puesta en práctica del cine de Albertina
Carri: un cine cuyo coraje estético reclama la misma honestidad por
parte del espectador.
Tres preliminares
1. “No tenés
que hacer esa porquería de dibujos que hacés. Tenés que hacer cosas
lindas… Haceme un sol…”, le dice Ale (Analía Couceyro) a su hija Nati
(Nazarena Duarte). La niña no habla. En realidad, no articula palabras.
Pero hablar, habla: hace dibujos y, en ocasiones, pega alaridos.
Me pregunto si es
legítimo pensar el cine como un lenguaje en el que, la función de la
palabra la cumplen imágenes y sonidos que, puestos en movimiento,
simulan el transcurrir. En ese caso, Nati, la niña de La rabia,
¿funciona como la alter ego de Albertina Carri, la directora que,
como tal, tampoco articula palabras, pero manipula imágenes y sonidos?
2. “A los
chicos que se portan bien todos los quieren”, le dice otra vez Ale a
Nati. Y no es que Nati se porte mal. Es que Nati grita y cuando lo hace,
Ale disimula la extravangacia del acto, con un argumento inconsistente:
“está jugando”.
En cambio, Poldo
(Víctor Hugo Carrizo) que es el padre de Nati, opina que se porta mal y
sospecha que ese comportamiento es consecuencia de que, muy a menudo, la
niña frecuenta la casa de Pichón (Javier Lorenzo) y su hijo Ladeado
(Gonzalo Pérez). De alguna extraña y primitiva manera, sabe —aunque
desconoce que lo sabe— que entre Ale y Pichón hay “algo” que se le
subleva con ímpetu carnal, impugnando de plano su triple poder (marido,
padre y capataz).
Por encima y antes de
la historia que cuenta La rabia (¿cuenta una historia?, ¿la de
quién?), que el punto de vista sea el de una niña que dibuja y grita es
un dato insoslayable, cuyo sentido el espectador tendrá que decidir, a
riesgo de quedar fuera del sistema de la película.
Una vez en territorio
argumental, cuando el padre sugiere que la módica pero incómoda
expresión de su hija (el aullido) es la revelación de un descarrío, una
anormalidad o una manía, ¿está sugiriendo, en nota al pie con tinta
invisible, que es ése el lugar o la posibilidad, que Carri le asigna al
cine, en general, o al suyo, en particular?
3. “Ojalá lo
agarre uno de esos monstruos que dibujás vos”, le dice Ale a Nati,
después de que Poldo le pega un trompazo a su mujer, el día que carnean
el chancho. En la película, el episodio es anterior a los ya
mencionados. Sin embargo, recién lo pude valorar a la luz de los otros
dos.
Mientras sucedía
La rabia, tuve la impresión de estar experimentando un relato que
había empezado en otro filme. De inmediato pensé que, cuando la crítica
académica recorta y define el “cine de autor”, antes que otra cosa,
elogia ese tipo de películas que, además de ser piezas en sí mismas,
pueden funcionar como eslabones de una obra mayor, dispersa,
vocacionalmente incompleta, resbaladiza a las categorías de género, al
soporte y al formato. Se trata de películas que, en la mayoría de los
casos, componen y exponen lo que Gilles Deleuze denominó una
idea-cine antes que el relato convencional de una historia.
Manchas y aullidos
Supongamos que, por
lo menos desde el punto de vista plástico, el relato de La rabia
empezó en la negación o el empaste cromático de No quiero volver a
casa. Continuó en los tonos vacilantes y el grano grueso de Los
rubios. Luego, rebotó en la parodia esmaltada y simétrica de
Géminis.
En “Urgente” (el
episodio de 200 años que Albertina grabó y codirigió con Cristina
Banegas, para Canal 7), se empezaron a entintar el paisaje, la luna
contra la noche, la emoción golpeada que, más tarde, va a describir
La rabia (aunque algo de esas ilusiones ópticas ya estaba
prefigurado en Los rubios, incluyendo la analogía fonética entre
un título y otro).
De Tracción a
sangre (el teledocumental que integró la serie “Fronteras
argentinas”, coproducidas por la Secretaría de Cultura de la Nación y el
canal Encuentro), La rabia tomó, acaso, el relato secuencial que
el (precioso) texto en off difunde y realza como un solfeo de la
imagen.
Desde el primer largo
hasta La rabia, Albertina Carri fue eligiendo la colección de
herramientas retóricas (cine, televisión, animación por stop motion
y en 2D, blanco y negro, color, fuera de foco, colores saturados,
betacam, 35 y 16 mm, Super 8 y Doble 8 mm, digital), y de funciones
sintácticas (plano secuencia, fuera de campo, primer plano, relato en
off) que mejor pudieran acompañar a su cámara.
Desde el primer largo
hasta La rabia, Albertina Carri exploró la misma idea-cine:
filmar la ausencia y la anormalidad (también de esa ausencia) en el
marco del relato de costumbres familiares y, siempre, desafiando la
geometría del encuadre. De la anormalidad me ocuparé después. En cuanto
a lo primero (la ausencia), no me refiero a la falta autobiográfica que
la propia Carri informó en Los rubios. Apunto a una concepción
familiar que, a partir de la historia nacional, sólo puede ser filmada
(dicha, leída) desde la expresión de esa falta o como una zona de la
experiencia, personal y colectiva, en interrogación (1).
En el libro de rodaje de Los rubios, Albertina escribió:
Si la propuesta
principal es un documental sobre la imposibilidad de hacer un documental
en torno a aquello que —puesto que no hay imagen que de cuenta de una
ausencia— no se puede referir, la opción obligada es ubicarse en las
antípodas del dolor. Pensar el presente, duplicarlo hacia el futuro.
Importa poco si Carri
se planta en ese lugar para imaginar sus películas (¿no es tiempo de
asumir el compromiso intelectual de leer en esas piezas lo específico
cinematográfico en vez de constatar una biografía que, de todos modos,
participa del artificio?). En cambio, es ahí donde tendría que plantarse
el espectador que desea ingresar a su obra.
Porque así concebida,
la idea de familia que Carri formula se convierte en respuesta
cinematográfica (discursiva, conceptual) a un enunciado abominable
(“desaparecido”) que aún opera incrustado en la piel de la sociedad. En
este sentido, La rabia es la más filosóficamente argentina de las
películas de Albertina: sus criaturas deambulan en un tiempo
transhistórico, despojadas de otra lengua que no sea el cuerpo.
Claro que,
restringida su legitimidad a las funciones instituidas (el orden de la
cultura), el cuerpo se enardece en tanto organismo receptor y
retrasmisor de la violencia (el orden del deseo), transcribiéndola en el
mandato a la descencencia: “Ojalá lo agarre uno de esos monstruos que
dibujás vos”.
En este contexto, las
manchas de tinta que borronea Nati cobran estatuto de certeza y encubren
la incomodidad (soberana) que desencadenan sus gritos. Entretanto, la
niña, aprende el impacto divergente que ese secreto poder le otorga
frente a la madre y al padre.
Anormales
Si en el plano
pictórico la anormalidad es asumida mediante imágenes y registros
inestables, en el plano argumental, resulta la síntesis narrativa
(neurálgica) de una perspectiva que abomina de la institución familiar.
Es en el seno de la familia —mediante su dinámica restrictiva— cuando la
subjetividad se enrarece, se distorsiona pero, también se niega y se
oculta.
En este aspecto, las
criaturas de Carri muestran algún parentesco con las de La ciénaga
(2001, Lucrecia Martel), La fe del volcán (2001, Ana Poliak), y
Los muertos (2004, Lisandro Alonso). Esperpentos, monstruos o
sobrevivientes, todos esos ejemplares exhiben en el cuerpo la ruina de
un orden (la familia, la clase, el género) que, en cualquiera de esas
películas, destella como rasgo instituido en el pasado (la tradición, la
cultura).
Así, lo monstruoso
familiar es la explanada que atraviesan y por la que se deslizan los
personajes de Martel, de Poliak y de Alonso junto con los de Carri. En
La rabia, la deformidad queda protegida bajo el cono de silencio:
a su alrededor se levanta una zona de exclusión que restringe la palabra
(por eso el dibujo y el grito).
En esa topografía
escabrosa en la que se desempeña la vida familiar, el tabú impuesto a la
naturaleza otra (el incesto, la homosexualidad, el lesbianismo) se
vuelve sinónimo de lo inmemorial en el sentido reversible de lo
inolvidable y lo imposible de recordar. El silencio entonces,
pasa a nombrar lo monstruoso familiar que, de este modo, cobra carácter
ontológico: ser es haber sido inscripto en el linaje de
anormalidades legítimas y legales.
En la obra de
Albertina Carri, estas ideas son impugnadas a través de la decisión de
hacer convivir lo imaginario (la ficción) con lo real (el documental
que, en La rabia, es el registro utilizado para captar la faena y
el asado del chancho). No es que Carri anule la distancia entre la
imaginación y la verdad. Todo lo contrario: al revelar los
procedimientos de realización, Carri revela que el abismo que las separa
es parte, sustancial, del artificio. Es el artificio. Por eso,
cuanto más se aleja de la verdad, mejor puede contarla.©
(1)
Los rubios. Cartografía de una película. Albertina Carri,
Ediciones Gráficas Especiales S.A., Buenos Aires, 2007.
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FILMOGRAFÍA
(2000) No quiero volver a casa
(2001) Aurora [corto]
(2001) Historias de Argentina en vivo
[episodio "Los Alternativos"]
(2001) Barbie también puede eStar triste
[corto]
(2003) Fama [corto]
(2003)
Los rubios
(2004) De vuelta [corto]
(2005) 0800-No llames [telefilm]
(2005)
Géminis
(2007)
Urgente [telefilm]
(2007)
Tracción a sangre [telefilm]
(2008)
La rabia

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