Julio 2005

por RICARDO BULA

 

El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. El “socialismo real” se derrumbaba ante el triunfo del capitalismo. Para los alemanes significó la reunificación: en 1990, cuarenta y un años después de su fundación, la República Democrática de Alemania (RDA) se diluyó en la República Federal (RFA).

La primera -en el Este, sobre territorio ocupado por los soviéticos-, había ensayado las potencialidades del comunismo, a fuerza de burocracia y opresión. La otra, probó el éxito de la democracia representativa y la sociedad de consumo con apoyo occidental. De hecho, la RFA ya estaba construyendo la Unión Europea, cuando muchos germano-orientales la envidiaban por televisión.

No obstante esos empeños, hoy en día, el concepto de nación tiende a licuarse en una entidad mayor. El capitalismo globalizado, glorificando los índices de eficiencia, devalúa al “estado benefactor”. Aquella fusión idealizada resultó de compleja realización.

Las demandas de trabajo potenciaron el éxodo a países de mayor desarrollo. El desempleo y la resistencia cultural acrecentaron la tensión. De algún modo, varios muros persisten en el imaginario social alemán.

Hijo de un director teatral, Andreas Dresen nació en 1963, en Sajonia (ex RDA). Desde 1986 a 1991 estudió en el Este, en la Universidad de Cine y TV Konrad Wolf, mientras filmaba cortos y era testigo de la unificación. Activo en el teatro hasta la actualidad, en los ’90 fue intenso su trabajo como docente y director/guionista de televisión.

Exceptuando su documental Denk ich an Deutschland - Herr Wichmann von der CDU (2003, descripto como el acercamiento a un joven candidato conservador, y donde deja ver la falta de respuestas de la política actual a los problemas reales), su obra se compone de dramas sensibles en los que, el costado político-social, se filtra como fondo. Dresen se reconoce cercano al social realism de Ken Loach y Mike Leigh y certifica que su formación inspiró estas propuestas: “Mi cine propone debatir sobre la realidad social y adopta una clara posición frente a ella”(1).

Esa perspectiva ya era evidente en su opera prima, País Silencioso (Stilles Land, 1992): en el otoño de 1989, cuando gran parte de los alemanes del Este se ilusiona con el devenir histórico que desembocará en la caída del Muro, un director teatral, al frente de un grupo de intérpretes poco entusiastas, ambiciona poner en escena Esperando a Godot -de Samuel Beckett- en una sala de provincia.

El choque entre lo individual y lo colectivo se reitera en su segundo largo, Nachtgestalten (1999). La acción se sitúa en una Berlín atestada por la visita del Papa Juan Pablo II. Una homeless encuentra un billete y desea gastarlo junto a su amigo en un hotel. La búsqueda de un cuarto libre habilita un recorrido por las aspiraciones populares, donde lo dramático está surcado por rasgos de humor que, irónicamente, lo potencian.

La ciudad de Rostock, emblema de la ex RDA, es el primer destino de una agente de seguridad recién egresada. Es el punto de partida de La mujer policía (Die Polizistin, 2000), una película destinada a la TV. La joven busca completarse en una pareja, a la vez que afronta un cuadro cotidiano de pequeñas miserias. Filme de diálogos y cámara en mano, sorprendió por el austero verismo obtenido con un presupuesto bajo.

Su última obra, Willenbrock (2005) acaba de estrenarse en Alemania. Antes, Andreas Dresen recibió el Oso de Plata en Berlín por A media escalera (Halbe Treppe, 2002), la módica historia de dos matrimonios de edad intermedia viviendo en un pueblo a orillas del Oder (que podría ser cualquier lugar). En medio de sus esperanzas, rutinas y modestas alegrías estalla una infidelidad cruzada. “A veces puede ser más excitante viajar a nuestra sala de estar que a un lugar exótico”, propone Dresen (2).

Semejante pero distinto es Fatih Akin: “Intento ser un artista comercial. Quiero que el mayor número de personas vea mis filmes. Creo que es posible ser comercial y, al mismo tiempo, fiel a las ideas y a las convicciones. Esto funciona perfectamente” (3), afirmó al recibir el Oso de Oro en Berlín, por su película Contra la pared (Gegen die Wand, 2004, recientemente estrenada en Buenos Aires), una historia de amor atravesada por la crueldad de los contrastes culturales y generacionales.

En eso se ha especializado. Hijo de una de las tantas familias turcas que emigraron a la RFA en busca de trabajo, Akin nació en Hamburgo, en 1973. A los veinte años comenzó a actuar en pequeños roles para cine y TV. Poco después realizaba su primer corto, vinculándose con la Wüste Filmproduktion, que financió todos sus filmes. Inscripto en la Universidad de las Artes de Hamburgo, estrenó su opera prima, Rápido y sin dolor (Kurz und schmerzlos, 1998).

En Altona (barrio natal de Akin y lugar donde reside), Gabriel, el hijo mayor de una familia turca, regresa de la cárcel con intenciones de reencauzar su vida. El medio es hostil, no abunda el trabajo y sus dos amigos inseparables viven al margen de la ley. Uno desciende de serbios y ambiciona trabajar con la mafia albana. El otro, de origen griego, lo hace para beneficio propio. En una historia marcada también por amores trágicos, Akin retrata con vigor un escenario que conoce desde siempre: el de los inmigrantes y las generaciones posteriores, nacidas en Alemania. Gente común con la fantasía recurrente de regresar al país de origen -que ya no es el que imaginan- y con dificultades para insertarse en un medio para el que siguen siendo extranjeros.

La difícil cohesión entre grupos cada vez más numerosos que, con su carga de tradiciones y creencias, intentan afianzarse en una sociedad desarrollada –aunque con altos índices de exclusión social-, reaparece en Denk ich an Deutschland - Wir haben vergessen zurückzukehren (2001). En este caso, Akin apela al documental y al testimonio de su propia familia.

En su última película -Crossing the Bridge: The Sound of Istanbul (2005)-, el director insiste en ese registro para captar las distintas tonalidades sonoras de la ciudad de sus padres. Como prueba de la proyección que ha logrado fuera de las, cada vez más difusas, fronteras alemanas está Visions of Europe/Europäische Visionen (2004), filme colectivo que procura dar una visión de los veinticinco estados que integran la UE.

El resto de la obra de este joven de aspecto simpático se compone de ficciones. En Solino (2002), el centro está puesto en una familia italiana (en sus amores y desencuentros), que habita en la zona del Ruhr. En cambio, En julio (Im Juli., 2000) Akin aprovecha las posibilidades de una road movie de aspecto romántico y ligero, para revisar las culturas meridionales europeas.

Alejados de las búsquedas y los conflictos que marcaron a los cineastas que los precedieron, algunos de los nuevos directores alemanes podrían rubricar la afirmación de Dresen: “Creo que tenemos una buena oportunidad. Nuestra ventaja frente a Hollywood es que podemos contar mejor las historias que suceden en la puerta de nuestras casas”(4).©

 

(1) Andreas Dresen. Entrevista de Teresa Cendrós, en El País, España, 2005.
(2) Andreas Dresen. Op. cit.
(3) Fatih Akin, o cineasta que conquistou o Urso de Ouro, por Marion Andrea Strüssman, en Deutsche Welle-World, Brasil, 2004.
(4) Andreas Dresen. Entrevista de Teresa Cendrós, en El País, España, 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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