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por
ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ
“Cuando
usted ve un film en una sala, no importa lo que haya pagado de entrada,
usted paga en horas de su vida.”
Alexander Sokurov
Condenados
a no poder dar cuenta del mundo audiovisual en su totalidad (ni aún
haciendo un corte mezquino que, apenas, se ocupe del presente
inmediato), arriesgamos que Aleksander Sokurov es uno de sus exponentes
más singulares. No del cine: a Sokurov le compete la conjunción de
imagen y sonido en artefactos de difícil nomenclatura: lo audiovisual
en su acepción más amplia y más sencilla.
En Argentina, su obra
adquirió cierta visibilidad cuando -hace más de una década-, se estrenó
Madre e hijo (1997), en una cartelera comercial que todavía daba
lugar a las sorpresas. Pero la empresa no prosperó y el siberiano siguió
siendo un célebre desconocido para el gran público local que sólo pudo
acceder a otro largometraje suyo por las vías tradicionales. Se trata de
El arca rusa (2002), seguramente, su obra más celebrada cuando no la
menos representativa. Aunque se trate, como suele suceder con cada
nuevo proyecto de Sokurov, de un experimento único.
El film -un
intrincado paseo de cien minutos por el museo Hermitage, recorriendo los
últimos años de la Rusia imperial-, está resuelto con un único plano.
Entiéndase que, acaso por única vez en la historia del cine, el tiempo
empleado para el rodaje del film coincide exactamente con la duración
final del mismo, ya que el director no aplicó montaje alguno sobre él. La
complejidad de la puesta en escena vuelve a la película un verdadero
prodigio de realización, que incluye como colofón, un apoteótico baile
de gala que ya está inscripto como uno de los momentos más bellos del
cine del siglo XX.
Lejos de cualquier
gratuidad diletante o de la mera ostentación técnica, la muelle cadencia
del plano obtenido es el hilo óptimo para un film cuya construcción
espaciotemporal es una especie de sueño de la Historia. Tampoco es en
vano el grandilocuente final: se supone que allí asistimos a la última
fiesta celebrada por Nicolás II. Mientras, en el fuera de campo, se
escuchan los cañonazos de la revolución bolchevique, tácita y
estigmatizada sin decoro alguno.
La incorrección
política de Sokurov se completa con esa especie de “trilogía del poder”
que forman los vanos quehaceres de Adolf Hitler junto a Eva Braun en su
residencia de Baviera (Moloch, 1999); los frágiles días finales
de Lenin (Taurus, 2000) y el emperador Hiroito cuidando el
jardín, en tanto que sucedía la Segunda Guerra Mundial (The Sun,
2005).
Para el 2002, cuando
El arca rusa sorprendió a todos en el Festival de Cannes, Sokurov
ya ostentaba el estatus de celebridad del “cine arte”, avalado por casi
treinta años de trabajo. Pertenecía entonces a ese parnaso de cineastas
que trascienden las cinematografías nacionales y establecen su verdadera
patria en el circuito internacional de festivales. De hecho, fue gracias
al BAFICI que supimos aquí de la existencia de una buena parte de la
producción de Sokurov, cuya extraña “materialidad” hacía casi imposible
su distribución comercial. No se trata de un dato menor: sus obras
suelen hacer caso omiso a la norma tácita del cine industrial, que
estipuló la duración de una película en la cifra impuesta -alguna vez-
para el telefilme: hora y media. A menudo a través de reflexiones que no
exceden las de un cortometraje, claro que sin respetar la economía del
género. En otras ocasiones (como en Spiritual Voices o
Confession), con enormes inversiones de tiempo que transforma las
obras en auténticas experiencias corporales.
La primera de las
cinco partes de Spiritual Voices (1995), por ejemplo, dura
treinta y ocho minutos (la película completa, trescientos veintiocho).
El fragmento muestra un único paisaje: un plano fijo de la estepa
cubierta de nieve. Siempre el mismo lugar, en el que sucede casi nada.
Ése es apenas el prólogo de lo que será una larga estadía del realizador
(al otro lado del antiguo imperio, en la álgida frontera con
Afganistán), junto a una partida de soldados rusos. Los tiempos muertos
pueblan el film hasta cubrirlo por completo, del mismo modo en que la
actividad de esos soldados allí apostados no guarda más sentido que el
de estar ahí, cada minuto que pasa. El desasosiego que supone
vigilar la frontera de un territorio que ya no existe, que se ha
convertido en pura ausencia perdida en el invierno más cruel del
planeta, no puede contarse en menos tiempo: necesita entrar en el
cuerpo, calar como el frío.
Confession
(1998) trabaja de un modo similar, desde la otra punta del continente.
El particular diario de viaje que construye Sokurov cae, esta vez, sobre
la tripulación de un barco que atraviesa el Mar de Barents, muy adentro
del Círculo Polar Ártico, durante una noche presumiblemente eterna.
Nuevamente, lo trascendente que hay para contar se vuelca sobre lo
cotidiano: el hecho material de vivir y sobrevivir en un lugar imposible
para el hombre.
El tono elegíaco de
la obra de Sokurov no es un misterio. De hecho gran parte de sus films
más breves son elegías abiertas acerca de algún asunto (Elegía
oriental, Elegía sobre Rusia, Una elegía simple, La
elegía soviética, La elegía moscovita), piezas de intención
poética, en las que la música y la pintura se apoderan del cine para
dotarlo de una gravedad trascendental.
Toda su filmografía,
elaborada a partir de artefactos extraños y sinuosos senderos entre la
ficción y el documental, se puede entender como un enorme y triste poema
sobre la fragilidad de las cosas del mundo, hechas de tiempo que se
escurre, condenadas al pasado y al olvido pertinaz.©
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