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por
MURIEL DEBOUVRY
“Tenemos que desmontar nuestra
inteligencia, como gente del arte o como críticos y demás, de donde
estaba hasta ahora, y volver a montarla a relaciones concretas de base,
es decir, según necesidades concretas de la gente. Eso diferencia las
formas de trabajo parasitarias de las productivas”.
Alexander Kluge, (Reformzirkus, 1970)
Un “desmontaje” crítico de la
historiografía, de la ciencia, o de las formas de organizar el material
cinematográfico o literario, implica un cambio radical respecto del
pensamiento racional occidental. Pues desvía y cuestiona la tradición
inmemorial política-económica a partir de la cual los “poderosos” se han
repartido no sólo el dinero y las propiedades hasta Júpiter sino los
sentidos de las palabras, la valoración de las obras de arte, las
interpretaciones científicas y psicológicas; las formas de expresión
autorizadas por la “cultura”: la autoridad expresiva para formular sus
propios deseos. Y si se habla del otro, el pueblo, el pobre, los
niños, los refugiados, se hace en nombre de un muerto o un mudo y se
tapan con grandes argumentos culturales, literarios, cinematográficos,
aquellas “puntas y escarpaduras” por donde el “aparecido” podría volver
y desestabilizar la identidad “racional” que sólo ha sido posible sobre
los restos del silencio impuesto. Al cineasta alemán Alexander Kluge le
interesa otra cosa: obligar a detenerse a quien quiere pasar por
sobre las escarpaduras(1).
El montaje artesanal
de las primeras películas del cine: ilustraciones infantiles,
históricas, pictóricas, comics; irrupción de citas, músicas que
no se esperan, datos irrelevantes del mercado o biográficos,
conformarían en este sentido, un “mirador” de lentitud, un movimiento
subversivo contra las autoridades: “Gretel tira a la bruja al horno de
un empujón”(2). Tanto los largos como los cortos que ha
filmado Kluge desde 1960, motivan una escéptica de la percepción
tradicional: ponen en entredicho las percepciones de la continuidad
de las categorías políticas-económicas a partir de otros medios de
expresión cinematográficos que, organizados desorientadamente,
discontinuadamente, “crean modelos de posibilidades de conciencia” y
“tratan de motivar a la masas para que expresen” sus propios deseos,
necesidades y sentimientos. Así lo aclaró el cineasta en un debate
televisado de 1970 (El circo de la reforma): la “autoproducción
de la película”, una “forma en miniatura” como la vida de la “contable
Lotte Losemeyer” o el “hombre con monóculo” en Artistas bajo la carpa
del circo: perplejos (1968), el cantante de ópera con esperanza
de El poder de los sentimientos (1983); un director de cine ciego
que quiere atrapar con la cámara la luz de los objetos en las imágenes
de su cerebro (El ataque del presente al resto de los tiempos,
1985) o Rositha Bronski en lucha contra los medios de comunicación, la
policía, la medicina, las empresas… , que deciden por ella sus
prioridades como ciudadana (Trabajo ocasional de una esclava,
1973). Es que en las películas de Kluge los personajes son abusos del
indefinido: no hay vidas épicas sino pedazos de “experiencia diaria”. Y
es en estos pedazos toscos donde aún podemos hablar de la verdad y la
ética seria. Parafraseando a Borges, si llega un momento en la vida
donde uno sabe para siempre quién es, en las historias que relata Kluge,
este instante se define por una decisión ética.
Corrección
Si introducimos la
desorientación, el escape al tiempo que nos mide y los ruidos de los
conceptos abstractos al desfondarse, el pensamiento cartesiano
que rige el mundo y lo conduce inevitablemente a la destrucción,
contabilizará caídos en sus filas. “Porque si el enemigo triunfa, hasta
los muertos no estarán seguros. Y este enemigo no ha cesado de
triunfar”(3) en la “historia” contada en los libros
didácticos que la profesora Teichert (Hannelore Hoger) desecha porque le
parece que no “son dignos de ser divulgados” (La patriota, 1979).
La rodilla del cabo Wieland no se sentía segura, Anita G. (Alexandra
Kluge), una alemana refugiada de la R.D.A que “quiere mejorar” en la
ciudad del “milagro económico”, tampoco (y tiene frío en verano, en
Adiós al ayer, 1966).
Sólo expulsando el
excedente, la “población superflua”(4) —pobres,
refugiados, desocupados, no calificados profesionalmente, como Anita
G.—, o lo “irracional” —los deseos, los miembros, las piernas de los
muertos—, o las historias subversivas que atacan a las formas
historiográficas burguesas —la historia de un charco, de las piedras, de
gente anónima en desmedro de los personajes épicos—, sólo así, repito,
el esquema racionalista de la historia salda sus cuentas de
manera satisfactoria. Si la “tierra gira sobre su eje”, entonces “somos
muchos en el mundo”, “el arte no es para los pobres”, “no se puede tener
frío en verano”, “el obrero no sabe expresar lo que necesita”. Ante
tamaña autoridad los elefantes del circo de Leni Peickert (Hannelore
Hoger, Artistas…) juran y meditan: “No olvidaremos nada. La
verdad es que está el día cercano en que no exista ya el estado
hitleriano. ¡Qué feliz será el que en ese momento esté todavía intacto y
con aliento!”
“Quiero aprender.
Pero es imposible aprender a no aprender”, dice Anita G. Su aprendizaje
en la R.F.A se asemeja a la tortura pedagógico-cultural que padeció el
“refugiado” Caspar Hauser en Nüremberg en 1928. Inyectarle el
“verdadero” sentido moral y social de las palabras:
— Al que roban, lo
expropian, dice Anita.
— Sabe que no es
cierto, le dicen.
— ¿Qué es bueno?
— Lo que hace bien.
— No es del todo
correcto, le dicen. Corregir el acento sajón. Corregir su sintaxis.
Corregir sus necesidades. Pero como no lo logra, es empujada a la
cárcel, porque el “hombre en la cárcel —dicen Horkheimer y Adorno— es la
imagen virtual del tipo burgués en que debe tratar de convertirse en la
realidad. Los que no lo consiguen afuera, lo padecen dentro a través de
un tratamiento de espantosa pureza”(5).
Los
muertos del Tercer Reich
Kluge deambula como
un arqueólogo por “las escombreras de nuestra existencia colectiva”,
dijo de él W. G. Sebald. Reinstaura la memoria en piedra del Tercer
Reich en la conciencia de los alemanes (Brutalidad en piedra, co-dirección,
1961), como si proyectara en retroceso el movimiento de las
imágenes de la destrucción y construcción de las obras
nacionalsocialistas, para recomponer un agujero en el fondo negro de la
memoria colectiva. Kluge, al igual que Sebald, ha indagado en sus
películas y en sus libros los devastadores efectos que las bombas
incendiarias de la armada británica causaron en la población civil
alemana de las ciudades ardidas, y cómo, a la vez, esta experiencia
histórica posteriormente quedó inexpresada, autocensurada en el mutismo
emocional de los alemanes, como una bomba sin tuerca por donde empezar a
descomprimir la sensación de dolor, culpa, humillación y el profundo
trastorno de haber sido expulsados de la “historia”, como “masa
superflua” ellos también, sin las actividades de sus vidas del ayer.
Asimismo los cortos
Noticias de los Staufern (1977) y Los hombres que prepararon
el año de los Staufer (1977) recorren la historia legendaria de
Alemania en busca de los mitos de la fortaleza guerrera y la codicia
expansionista con los que la política nacionalsocialista del Tercer
Reich sustentó espiritualmente a sus “súbditos” anacrónicos.
La historiografía
alemana no escucha a las “rodillas” que, impedidos de colarse en las
instituciones, arriban a los laboratorios
históricos-científicos-artesanales de las profesoras de historia
revoltosas, o dirigen una película con todas las historias pequeñas
que escuchan, miran, registran en su “profundo conocimiento”: un charco
de tres días, un hombre en la lejanía fuma, un niño testarudo, una
ruina, un recuerdo, un cuento infantil. Imágenes discontinuas pero no
inconexas atentan contra la historia objetiva, porque no se puede
explicar la “guerra” sin la reacción subjetiva del cuerpo del
cabo Wieland, que sólo puede ser documentada por el testimonio
preciso de la ruina ósea del muerto, la rodilla que anda por el
mundo y lucha por su derecho, hablar; y no por el “libro en la
biblioteca” (¿al que la profesora Teichert serrucha, agujerea con un
taladro, hasta que lo come y lo bebe cual un ritual antropófago, para,
por lo menos, devorarse la fuerza del enemigo?).
Con este método nuevo
de conocer, este “nuevo material didáctico” que quiere la profesora
Teichert, el sentido contrabandea mensajes en botella desde otra costa:
es el historiador (o el cineasta, el escritor, el crítico) que tiene una
“conciencia agudizada”, dice Walter Benjamín, “de la crisis en que ha
caído en cada caso, el sujeto de la historia. [Pero] este sujeto no es,
¡de ninguna manera! un sujeto trascendental, sino la clase oprimida que
lucha en su situación más expuesta. Sólo para ella y únicamente para
ella hay conocimiento histórico en el instante histórico. Con esta
determinación se confirma la liquidación del momento épico en la
exposición de la historia. Al recuerdo involuntario no se le presenta
jamás –y esto lo diferencia de lo arbitrario- un decurso. (De ahí el
'desorden' como el espacio de imágenes de la involuntaria
remembranza.)”(6).©
(1)
Walter Benjamín, Apuntes sobre el concepto de historia, en: W.
Benjamin, La dialéctica del suspenso, fragmentos sobre la historia,
trad., Pablo Oyarzun Robles, Arcis, Santiago de Chile. p. 92.
(2) Alexander Kluge,
La escéptica, en: Los artistas bajo la carpa del circo,
perplejos. Madrid, Alianza, 1972. p. 98.
(3) W. Benjamín,
Sobre el concepto de historia, ob. cit. p. 51.
(4) Hans Magnus
Enzensberger.
(5) Max Horkheimer,
Theodor Adorno, De una teoría del delincuente, en: Dialéctica
del iluminismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1987. p. 267.
(6) W. Benjamin,
Apuntes…, ob. cit. , p. 93.
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