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por
MARÍA IRIBARREN
"La
filmografía de Rafael Filippelli ha circulado siempre por los márgenes. Ese margen, que
es una elección estética, a menudo ha sido reduplicado por la crítica con una falta de
atención que es una condena al aislamiento. Como si, por el hecho de no estrenar en cines
comerciales o no participar del tour de festivales, se les pudiera quitar a esos films
toda entidad", anotan Sergio Wolf y David Oubiña en el catálogo del Rojas, al
anunciar y recomendar la retrospectiva que esa institución organiza este mes en torno a
la obra del cineasta argentino Rafael Filippelli.
Entre largos, cortos y mediometrajes,
durante el mes de junio se exhibirán dieciséis películas de un cineasta que, en efecto,
ha sido poco transitado, en el doble sentido que señalan Wolf y Oubiña. Esta
circunstancia y las formas en que Filippelli aborda cada uno de sus temas,
indefectiblemente, es una provocación al espectador para que abandone la comodidad de la
butaca y se prepare a una experiencia cinematográfica que lo requiere.
La primera característica de estas
películas, quizás la predominante, es que Filippelli (en la mayoría de los casos,
también guionista de sus filmes) se vuelve invisible (que no es igual que esconderse)
tras el retrato, las problemáticas o los acontecimientos que ocupan sus relatos
audiovisuales. Voluntaria o involuntariamente, su punto de vista (sus textos o la
traducción a imágenes de las ideas que los sustentan) queda confinado al lugar de la
indiferencia para abrir el juego a una instancia más abarcadora. Entonces, el aislamiento
de su "obra" (o el empeño de que circule sólo en los márgenes) no es sino la
continuación de una decisión previa que, en todo caso, religa ética con estética.
En este sentido, cada nueva película
de Rafael Filippelli hace máquina con las elucubraciones de Michel Foucault, por lo
pronto, en torno a la figura del autor. "Tomo de Beckett la formulación del tema del
que quisiera partir -escribió Foucault-: "¿Qué importa quien habla, dijo alguien,
qué importa quien habla". En esta indiferencia, creo que hay que reconocer uno de
los principios éticos fundamentales de la escritura contemporánea. Digo
"ético" porque esta indiferencia no es tanto un rasgo que caracteriza la manera
en que se habla o en que se escribe; es más bien una especie de regla inmanente, retomada
sin cesar nunca aplicada completamente, un principio que no marca la escritura como
resultado sino que la domina como práctica." (1)
A eso apuntan (así parecen estar
construidas) las películas de Filippelli: a la manera de borradores o bocetos, en los que
el sujeto de la enunciación y el objeto del enunciado, se funden en un fondo (un
contexto, una época, una práctica otra) que, en vez de definirlos, los indetermina, en
ocasiones, los obliga a deliberar sobre sí mismos o los desvía hacia una reflexión
inesperada.
De alguna manera, se trata de
películas que, despreciando la convención de los géneros tanto como la linealidad
argumental, devienen engendros conjeturales. Conjeturas, a su vez, amarradas al monólogo
interior, al testimonio improvisado o a una trama que sirve sólo como excusa. Lo
relevante en ellas es cómo puede ser desmontado el sentido que arrastran las estructuras
formales propias del lenguaje cinematográfico, al ponerlas en contacto con sujetos y
objetos extraños.
En otras palabras, se trata de una obra
que, lejos de clausurarse en la autointerpretación, abre puntos de fuga que involucran al
espectador (que reavivan en él la propia experiencia) y lo hacen partícipe de ese
acontecimiento.
Algo de eso se explicita en El
ausente (1987), cuando "el intelectual" del grupo escribe, por ejemplo:
"Éramos parte de una historia con vehemencia. Pero esa historia nos dejaba
afuera" anticipándose así, no al desenlace del filme, sino a la gravedad de la
circunstancia política que se avecina en la época "real" en la que la
película concluye. Sin embargo, en ese enunciado emerge, suavemente, la voz del
realizador abriéndose paso en aquella historia (que es o fue la historia
política nacional) para ocupar el lugar que le fue negado al protagonista y, si tal cosa
fuera posible, reparar esa ausencia.
Ideas desparramadas
Otro rasgo característico de la
cinematografía de Rafael Filippelli es la utilización de una vasta colección de
recursos enunciativos o, si se prefiere, la dispersión de huellas textuales de distinto
rango, que esperan ser articuladas. En este aspecto, el espectador deberá tomar en cuenta
desde el título hasta los parlamentos, tanto como las dedicatorias, los carteles, las
pancartas, el título de los libros que se mencionan, se leen o se muestran y, además, el
contenido de esos alegatos.
Hay ahí una constelación de textos y
paratextos, de citas y testimonios que traman (sin que llegue a fraguar) un continuum
reflexivo que se propone indagar el rol del intelectual y los modos de producción,
distribución y circulación de discursos. Esa abundancia y la requisitoria consecuente,
sugiere además, una teoría de la imagen: las formas (y las elecciones formales) lejos de
ser inocentes, responden a un sentido, previamente asignado, que puede o no recursarse.
Lo mismo puede señalarse cuando el
director cede la palabra a los integrantes del grupo editorial de la revista Punto de
vista. Beatriz Sarlo (omnipresente en esa obra), David Oubiña, Raúl Beceyro, Santiago
Palavecino, Carlos Altamirano, Teresa Gramuglio, Federico Monjeau, Hernán Hevia, Jorge
Myers son algunos de los personajes que adquieren distinto tipo de protagonismo en estos
filmes y, cuya aparición, supone un señalamiento accesorio de la apertura conceptual que
se propone el "autor". Al revés de lo que podría prejuzgarse, su presencia no
siempre beneficia el consenso.
En rigor de verdad, tal asistencia
deliberada funciona como estrategia de desplazamiento. Están allí para poner en
evidencia (en voz alta o en off) o contrastar o, llegado el caso, impugnar, una
hipótesis, una especulación, incluso, una contradicción. Así ocurre en Retrato
de Juan José Saer (1996). La criatura que queda "dibujada" a partir de
los testimonios y los textos leídos, se desmorona en boca del propio retratado cuando
pregunta: "¿Dónde y porqué medios el filme puede lograr un sistema expresivo
propio frente a ese peso de lo cotidiano y de lo banal que es, prácticamente, la materia
con la que trabaja?".
El interrogante que se hace Saer no es
caprichoso, dado que introduce otro motivo recurrente en las películas de Rafael
Filippelli: la autorreferencialidad. A medio camino entre el ensayo antojadizo y la
fidelidad del documento (una y otra vez puesto en duda), como quien toma notas en los
márgenes de un cuaderno, el cineasta devela (o echa luz sobre) los procedimientos de la
realización.
En este plan, no son ajenos a su obra
la facultad (o la quimera) de la representación y la eficacia de las herramientas
cinematográficas para cumplir o no con ese propósito. No hace mucho, el propio
Filippelli señaló (en un debate acerca del cine documental): "El cine trató desde
muy temprano y a lo largo de toda su historia de encontrar formas, y a veces fórmulas,
que le permitieran mantener una relación lo más estrecha posible con la realidad que,
por otra parte, quiéralo o no, lo sobredetermina por el carácter analógico de la
mayoría de las imágenes. El documental surge también como una recusación de la
ficción, como un modo hipotéticamente más efectivo de hacerse cargo
"directamente" de la realidad. Pero no me parece que el problema deba ser
planteado en términos de mayor o menor realidad, sino en qué es lo subjetivo y qué lo
objetivo en las condiciones del relato cinematográfico. Obviamente, en esta cuestión el
"lugar" de la cámara es decisivo." (2)
Un puñado de evocaciones políticas,
la escritura literaria, los escritores, los músicos y los artistas plásticos, la
transcripción audivisual de algunos debates capitales para el arte y la cultura del siglo
XX, lo común de la gente que no es común, el cine, la ficción, la verdad de la moral y
la moral como verdad única son algunos de los intereses que alientan los filmes de
Filippelli.
El sujeto en cuestión
Rafael Filippelli nació en Buenos
Aires, el 24 de noviembre de 1938. Trabajó en varios filmes de Leopoldo Torre Nilsson y
también se dedicó al cine publicitario. El corto Porque hoy es sábado
(1961) y el mediometraje Opinaron (1970), son sus primeras películas
antes de exiliarse (entre 1976 y 1982) primero en México, y luego en Los Angeles.
De regreso al país, puso en escena El
calabozo (The Brig), pieza de Kenneth Brown, y realizó para televisión
El fin del viaje, basado en el cuento homónimo de Ricardo Piglia. Esos
fueron sus trabajos previos al rodaje de Hay unos tipos abajo (1985),
primer largometraje que co-dirigió con Emilio Alfaro. La experiencia encierra una
curiosidad. El argumento de la película pertenece a Antonio Dal Malsetto, quien colaboró
con los directores en la escritura del guión definitivo. Sin embargo, tiempo después,
Dal Malsetto plasmó la trama en una novela que lleva el mismo nombre del filme.
La obra posterior de Filippelli
incluye: El ausente (1987), Imágenes más sonidos
(1990), Buenos Aires I (1991), Buenos Aires II (1992), José
Aricó (1992), Buenos Aires III (1993), El río
(1993), Retrato de Juan José Saer (1996), Lavelli
(1996), Una actriz (1997), Notas de tango (2000), Una
noche (2002), y Esas cuatro notas (2004).©
(1) Michel
Foucault, en ¿Qué es un autor?, Universidad Autónoma de Tlaxcala,
1985.
(2) Fragmento de la nota Cine documental. El realismo en cuestión, en
revista Punto de Vista, N° 81, Buenos Aires, Abril 2005. |





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