Noviembre 2005

por SILVIA DELFINO*

 

Sabemos que la historia de la relación entre cine y sexualidad es, también, una historia de las luchas por la visibilidad y la intervención políticas. Desde las primeras experimentaciones del modernismo cinematográfico, el vínculo entre liberación, erotismo y deseos de movilización social planteó el desafío a la moralidad burguesa como material tanto de la estética como de las formas de organización colectiva. Pero, como ironiza el cineasta canadiense Bruce Labruce en The reluctant pornographer, la absorción del carácter conflictivo de las diferencias produjo no sólo la aceptación y tolerancia del escándalo antiburgués que proponían las vanguardias sino una lucha en el interior de la industria cultural por su capacidad de exhibir y a la vez desactivar la energía de toda forma de disidencia.

En la experiencia del cine esto indica un principio económico y político: por un lado, es necesario producir cine para convertir la producción cultural en una alternativa política y, por otro, la exhibición de situaciones contrarias a la heterosexualidad obligatoria puede ser integrada rápidamente como parte de lo nuevo que el mercado está siempre ansioso de ofrecer. Esto involucra la vitalidad que los films LGTTBI aportaron al llamado "cine independiente" en los últimos quince años a partir de un doble movimiento. Primero, la experimentación con testimonios que contradicen las prescripciones de cualquier modo de normalidad. Segundo, la vinculación con el activismo lésbico, gay, transexual, travesti, bisexual e intersex en todas las áreas de la vida social y política.

Productores como Christine Vachon, Todd Haynes, Paul Verhoeven, Christopher Munch -por nombrar algunos de los más conocidos- transformaron el panorama de la industria y hoy luchan contra las restricciones del medio especialmente. No se trata sólo de exponer el sexismo, la homofobia y su trama con todas las formas de exclusión sino de explorar los límites entre la experiencia vital y las condiciones de existencia a través de la politización de la acción de filmar.

En los términos de la cineasta Thrinh T. Minh-ha, esta relación entre distinción identitaria de géneros, etnias, edades y desigualdad permite, por un lado, la pregunta "por qué insistir con esta diferencia que me fuera otorgada como derogatoria", y por otro -en el nivel de la narración cinematográfica-, la exploración formal y material buscando intensificar el carácter no asimilable del conflicto entre desigualdad y opresión.

Éste es, precisamente, uno de los sentidos más políticos de la palabra "queer" tal como es usada hoy al convocar acciones contra la discriminación, pero también contra la represión en las políticas de identidad neoconservadoras que, a través de la homofobia, el sexismo, el racismo y la xenofobia, construyen perfiles de peligrosidad y pánico moral alrededor de determinados grupos y sectores para justitificar la maximización del control y el reclamo de nuevos modos de autoridad que permiten pasar de la lógica de la vigilancia a la lógica del castigo.

 

Los significados de una palabra

 

Detengamos un poco el recorrido de estos términos. En la lengua inglesa la palabra queer designa lo raro, extraño o anormal y fue usado para mencionar (y a la vez, por supuesto, convertir en innombrables) estilos y acciones atribuidos a los homosexuales. De hecho, articuló la designación injuriosa "marica" o "afeminado" que justificaba tanto la burla como la violencia institucional y política.

Entre 1920 y 1930 el adjetivo fue usado por algunos grupos gays para autodesignarse como parte de una respuesta que respondía a esas imágenes sociales haciendo visibles sus prácticas en tanto orientación sexual. A partir de la segunda guerra el término fue crecientemente vinculado a las luchas para lograr alianzas entre grupos que planteaban las mismas como parte de una reescritura de las historias de identidad contra cualquier modo de normalización.

Se denuncia así al multiculturalismo del consumo como operación de tolerancia que otorga y asimila las diferencias resultado de la clasificación aunque, simultáneamente, exige a los sujetos, que conserven y preserven su diferencia como particularidad inofensiva y equivalente al resto. Esto es especialmente interesante en el caso de los movimientos feministas, gay, lésbicos o queer en su especificación de la frase de la década del '60 "lo personal es político", asociada con la presencia histórica de estos grupos y sectores.

En ese sentido la sexualidad no es simplemente "representada" desde el exterior sino que se constituye a partir de instituciones de disciplinamiento como la familia, la justicia, la medicina, pero también la disputa por reclamos asociados como formas de agrupación. Tanto los movimientos por el Orgullo Negro, como el Frente de Liberación Gay, como el Movimiento de Liberación Femenina proponían el involucramiento en las luchas colectivas a partir de alianzas que tuvieran como eje los conflictos de autoridad y poder, en las formas tanto de integración como de estratificación que justificaban prácticas de disciplinamiento y represión.

Es muy recordado el episodio de mayo de 1968, cuando Jean Genet fue raptado por los Black Panther para que interviniera en la Universidad de Yale en un alegato en defensa del líder negro Bobby Seale, donde exaltó que el Partido de las Panteras Negras estaba escribiendo la historia de la descolonización de la América negra sobre una América blanca que se desplomaba.

En 1990, se postuló la posibilidad de una "Nación Queer" en el marco de la organización activista sobre el Sida Act Up en el punto más alto por el reclamo de inversiones en políticas públicas de salud e investigación sobre el Sida. Así, en el activismo por el HIV-Sida, las políticas queer se dedicaron a combatir las instituciones productoras de estigmas como los medios y la educación pero también la medicina y las políticas de salud que tienen a su cargo el control institucional de categorías sexuales.

Por eso no es sorprendente que el vínculo entre fetichismo de la diferencia en la industria cultural y experiencias de exclusión aparezca reformulado hoy en el testimonio como género dominante de las "políticas de identidad" neoconservadoras que sostienen la aparente pluralidad de opciones, mientras profundizan las desigualdades en el acceso a la cultura y a la participación.

Pero entonces la lucha antidiscriminatoria no es una lucha por la libertad de opción de los sujetos en tanto individuos sino una lucha acerca de la constitución de modos de autoridad. En consecuencia, lo "queer" plantea que el valor crítico de las diferencias no existe como mera "representación" o formulación de identificaciones, sino como desafío a la articulación de luchas políticas.

 

Cine queer

 

En el cine independiente, esta designación "queer" politiza las condiciones de producción cultural porque pone en funcionamiento una visibilidad de las diferencias que no son "meramente" culturales sino que obtienen su especificidad de lo ideológico. Del mismo modo, no se trata de incluir la diferencia de géneros en la producción cultural desde la categoría de las obras producidas por gays o lesbianas, ni desde una noción homogénea de comunidad de audiencias ya que el cine queer no puede ser concebido como el producto de una identidad previa y afirmada sino en la posibilidad de constituir un alineamiento alrededor de intereses políticos.

Esto marca la producción cinematográfica entre la aspiración que el cine de las décadas del 40 y del 50 tenía de presentar la vida de gays y lesbianas a una audiencia supuestamente heterosexual respecto de los films de los últimos veinte años que producen una reapropiación de los estigmas y estereotipos que formaron parte de la tradición del segregacionismo en Estados Unidos.

En su existencia como negocio, estos materiales involucraron la moda, la publicidad, el consumo de "estilos" en una cultura basada en la repetición y a la vez en la inclusión administrada de las diferencias genéricas y culturales que, simultáneamente, puede exaltar un rasgo cultural del "otro" y despreciarlo socialmente. Esto hace que, en la industria cultural, las ideologías de exclusión no se produzcan únicamente sobre el plano de la representación o las imágenes sino sobre la inferencia que las construye primero como un problema y luego como peligrosidad hasta otorgarles una evidencia que permite que se castigue a los sujetos por el lugar que se les ha otorgado.

 

La diversidad como valor crítico

 

Sabemos que en los debates sobre el vínculo entre desigualdad y diferencia lo que aparece en primer plano es que historizar el discurso de la diferencia cultural requiere algo más que un simple cambio de voces, contenidos y marcos. Requiere una revisión radical de la "temporalidad" social en la cual esas historias emergentes pueden escribirse.

El testimonio puede permitir el análisis de conflictos no totalmente formulados ya que su capacidad de intensificación implica un análisis de su historicidad que se dirija, tanto a la relación de los sujetos con sus condiciones de existencia y la percepción y figuración de esas relaciones a través de géneros específicos (el testimonio, la entrevista, el relato de vida, la mayoría de los géneros de la cultura de los medios pero también formas artísticas o estéticas, ritos o costumbres en tanto materiales de la cultura), como a la necesidad analítica de construir las condiciones de posibilidad de esas posiciones.

Análisis de su historicidad que, a su vez, conciba el antagonismo como una materialidad que puede tener, en un momento histórico específico, el aspecto de una diferencia cultural, étnica, religiosa, genérica, generacional o de orientación sexual en tanto experiencia concreta de la desigualdad. Así, la raza, la religión, la etnia, el género, la edad o la orientación sexual pueden constituir una experiencia material de la lucha de clases, en la medida en que articulan e historizan esa lucha en condiciones concretas.

En este sentido, el fetichismo de las diferencias como espectáculo es tanto una economía históricamente producida como una regularización que conduce a un reclamo de autoridad. Este pasaje de las representaciones a las prácticas represivas es también el pasaje de la lógica de la vigilancia a la lógica del castigo. La xenofobia, el sexismo o la homofobia son procedimientos de una identidad nacional restrictiva que procede a través de políticas de vigilancia y persecución.

De este modo, identidad y testimonio constituyen hoy tanto el material de rituales de representación formal como el fortalecimiento del pánico moral y la exclusión de determinados grupos y sectores. Esto produce una disyunción entre lo cultural y lo social que es una de las condiciones más productivas de la seguridad global.

En ese sentido, la crítica acerca del carácter mercantil del cine requiere una especificación de los problemas materiales y formales de configuración de la cultura para historizar y precisar cómo es su funcionamiento en tanto ideología.

Esta concepción de lo "queer" permite analizar la desigualdad económica e ideológica en la producción cultural como vínculo entre lo dominante y lo subalterno que no sólo excluye sino que complejiza los modos de antagonismo. De acuerdo con esta concepción, la llamada "diversidad sexual" no constituye un "particularismo de identificación positiva" (de elección de objeto u opción individual) ni una "distinción" que pueda ser analizada en términos de "comunidades interpretativas armónicas", sino que su existencia misma es producto de los materiales que permiten su formulación como experiencia cultural.

El desafío consiste entonces en que, frente a la regularización y normalización de la sexualidad en las políticas represivas, el valor crítico de las diferencias requiere una especificación de las luchas culturales y los modos de asociación para proponer una transformación política.©

 

* Investigadora y docente del Area de Estudios Queer en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Integrante de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quiénes somos | Mapa de sitio | Publicidad

Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de este sitio.
Cinecrópolis es propiedad de María Iribarren y Roberto Valle.
Optimizado 800 x 600. Buenos Aires, Argentina.