por
SILVIA DELFINO*
Sabemos
que la historia de la relación entre cine y sexualidad es, también, una historia de las
luchas por la visibilidad y la intervención políticas. Desde las primeras
experimentaciones del modernismo cinematográfico, el vínculo entre liberación, erotismo
y deseos de movilización social planteó el desafío a la moralidad burguesa como
material tanto de la estética como de las formas de organización colectiva. Pero, como
ironiza el cineasta canadiense Bruce Labruce en The reluctant pornographer, la
absorción del carácter conflictivo de las diferencias produjo no sólo la aceptación y
tolerancia del escándalo antiburgués que proponían las vanguardias sino una lucha en el
interior de la industria cultural por su capacidad de exhibir y a la vez desactivar la
energía de toda forma de disidencia.
En la experiencia del cine esto indica
un principio económico y político: por un lado, es necesario producir cine para
convertir la producción cultural en una alternativa política y, por otro, la exhibición
de situaciones contrarias a la heterosexualidad obligatoria puede ser integrada
rápidamente como parte de lo nuevo que el mercado está siempre ansioso de ofrecer. Esto
involucra la vitalidad que los films LGTTBI aportaron al llamado "cine
independiente" en los últimos quince años a partir de un doble movimiento. Primero,
la experimentación con testimonios que contradicen las prescripciones de cualquier modo
de normalidad. Segundo, la vinculación con el activismo lésbico, gay, transexual,
travesti, bisexual e intersex en todas las áreas de la vida social y política.
Productores como Christine Vachon, Todd
Haynes, Paul Verhoeven, Christopher Munch -por nombrar algunos de los más conocidos-
transformaron el panorama de la industria y hoy luchan contra las restricciones del medio
especialmente. No se trata sólo de exponer el sexismo, la homofobia y su trama con todas
las formas de exclusión sino de explorar los límites entre la experiencia vital y las
condiciones de existencia a través de la politización de la acción de filmar.
En los términos de la cineasta Thrinh
T. Minh-ha, esta relación entre distinción identitaria de géneros, etnias, edades y
desigualdad permite, por un lado, la pregunta "por qué insistir con esta diferencia
que me fuera otorgada como derogatoria", y por otro -en el nivel de la narración
cinematográfica-, la exploración formal y material buscando intensificar el carácter no
asimilable del conflicto entre desigualdad y opresión.
Éste es, precisamente, uno de los
sentidos más políticos de la palabra "queer" tal como es usada hoy al convocar
acciones contra la discriminación, pero también contra la represión en las políticas
de identidad neoconservadoras que, a través de la homofobia, el sexismo, el racismo y la
xenofobia, construyen perfiles de peligrosidad y pánico moral alrededor de determinados
grupos y sectores para justitificar la maximización del control y el reclamo de nuevos
modos de autoridad que permiten pasar de la lógica de la vigilancia a la lógica del
castigo.
Los significados de una palabra
Detengamos un poco el recorrido de
estos términos. En la lengua inglesa la palabra queer designa lo raro, extraño
o anormal y fue usado para mencionar (y a la vez, por supuesto, convertir en innombrables)
estilos y acciones atribuidos a los homosexuales. De hecho, articuló la designación
injuriosa "marica" o "afeminado" que justificaba tanto la burla como
la violencia institucional y política.
Entre 1920 y 1930 el adjetivo fue usado
por algunos grupos gays para autodesignarse como parte de una respuesta que respondía a
esas imágenes sociales haciendo visibles sus prácticas en tanto orientación sexual. A
partir de la segunda guerra el término fue crecientemente vinculado a las luchas para
lograr alianzas entre grupos que planteaban las mismas como parte de una reescritura de
las historias de identidad contra cualquier modo de normalización.
Se denuncia así al multiculturalismo
del consumo como operación de tolerancia que otorga y asimila las diferencias resultado
de la clasificación aunque, simultáneamente, exige a los sujetos, que conserven y
preserven su diferencia como particularidad inofensiva y equivalente al resto. Esto es
especialmente interesante en el caso de los movimientos feministas, gay, lésbicos o queer
en su especificación de la frase de la década del '60 "lo personal es
político", asociada con la presencia histórica de estos grupos y sectores.
En ese sentido la sexualidad no es
simplemente "representada" desde el exterior sino que se constituye a partir de
instituciones de disciplinamiento como la familia, la justicia, la medicina, pero también
la disputa por reclamos asociados como formas de agrupación. Tanto los movimientos por el
Orgullo Negro, como el Frente de Liberación Gay, como el Movimiento de Liberación
Femenina proponían el involucramiento en las luchas colectivas a partir de alianzas que
tuvieran como eje los conflictos de autoridad y poder, en las formas tanto de integración
como de estratificación que justificaban prácticas de disciplinamiento y represión.
Es muy recordado el episodio de mayo de
1968, cuando Jean Genet fue raptado por los Black Panther para que interviniera en la
Universidad de Yale en un alegato en defensa del líder negro Bobby Seale, donde exaltó
que el Partido de las Panteras Negras estaba escribiendo la historia de la
descolonización de la América negra sobre una América blanca que se desplomaba.
En 1990, se postuló la posibilidad de
una "Nación Queer" en el marco de la organización activista sobre el Sida Act
Up en el punto más alto por el reclamo de inversiones en políticas públicas de salud e
investigación sobre el Sida. Así, en el activismo por el HIV-Sida, las políticas queer
se dedicaron a combatir las instituciones productoras de estigmas como los medios y la
educación pero también la medicina y las políticas de salud que tienen a su cargo el
control institucional de categorías sexuales.
Por eso no es sorprendente que el
vínculo entre fetichismo de la diferencia en la industria cultural y experiencias de
exclusión aparezca reformulado hoy en el testimonio como género dominante de las
"políticas de identidad" neoconservadoras que sostienen la aparente pluralidad
de opciones, mientras profundizan las desigualdades en el acceso a la cultura y a la
participación.
Pero entonces la lucha
antidiscriminatoria no es una lucha por la libertad de opción de los sujetos en tanto
individuos sino una lucha acerca de la constitución de modos de autoridad. En
consecuencia, lo "queer" plantea que el valor crítico de las diferencias no
existe como mera "representación" o formulación de identificaciones, sino como
desafío a la articulación de luchas políticas.
Cine queer
En el cine independiente, esta
designación "queer" politiza las condiciones de producción cultural porque
pone en funcionamiento una visibilidad de las diferencias que no son "meramente"
culturales sino que obtienen su especificidad de lo ideológico. Del mismo modo, no se
trata de incluir la diferencia de géneros en la producción cultural desde la categoría
de las obras producidas por gays o lesbianas, ni desde una noción homogénea de comunidad
de audiencias ya que el cine queer no puede ser concebido como el producto de una
identidad previa y afirmada sino en la posibilidad de constituir un alineamiento alrededor
de intereses políticos.
Esto marca la producción
cinematográfica entre la aspiración que el cine de las décadas del 40 y del 50 tenía
de presentar la vida de gays y lesbianas a una audiencia supuestamente heterosexual
respecto de los films de los últimos veinte años que producen una reapropiación de los
estigmas y estereotipos que formaron parte de la tradición del segregacionismo en Estados
Unidos.
En su existencia como negocio, estos
materiales involucraron la moda, la publicidad, el consumo de "estilos" en una
cultura basada en la repetición y a la vez en la inclusión administrada de las
diferencias genéricas y culturales que, simultáneamente, puede exaltar un rasgo cultural
del "otro" y despreciarlo socialmente. Esto hace que, en la industria cultural,
las ideologías de exclusión no se produzcan únicamente sobre el plano de la
representación o las imágenes sino sobre la inferencia que las construye primero como un
problema y luego como peligrosidad hasta otorgarles una evidencia que permite que se
castigue a los sujetos por el lugar que se les ha otorgado.
La diversidad como valor crítico
Sabemos que en los debates sobre el
vínculo entre desigualdad y diferencia lo que aparece en primer plano es que historizar
el discurso de la diferencia cultural requiere algo más que un simple cambio de voces,
contenidos y marcos. Requiere una revisión radical de la "temporalidad" social
en la cual esas historias emergentes pueden escribirse.
El testimonio puede permitir el
análisis de conflictos no totalmente formulados ya que su capacidad de intensificación
implica un análisis de su historicidad que se dirija, tanto a la relación de los sujetos
con sus condiciones de existencia y la percepción y figuración de esas relaciones a
través de géneros específicos (el testimonio, la entrevista, el relato de vida, la
mayoría de los géneros de la cultura de los medios pero también formas artísticas o
estéticas, ritos o costumbres en tanto materiales de la cultura), como a la necesidad
analítica de construir las condiciones de posibilidad de esas posiciones.
Análisis de su historicidad que, a su
vez, conciba el antagonismo como una materialidad que puede tener, en un momento
histórico específico, el aspecto de una diferencia cultural, étnica, religiosa,
genérica, generacional o de orientación sexual en tanto experiencia concreta de la
desigualdad. Así, la raza, la religión, la etnia, el género, la edad o la orientación
sexual pueden constituir una experiencia material de la lucha de clases, en la medida en
que articulan e historizan esa lucha en condiciones concretas.
En este sentido, el fetichismo de las
diferencias como espectáculo es tanto una economía históricamente producida como una
regularización que conduce a un reclamo de autoridad. Este pasaje de las representaciones
a las prácticas represivas es también el pasaje de la lógica de la vigilancia a la
lógica del castigo. La xenofobia, el sexismo o la homofobia son procedimientos de una
identidad nacional restrictiva que procede a través de políticas de vigilancia y
persecución.
De este modo, identidad y testimonio
constituyen hoy tanto el material de rituales de representación formal como el
fortalecimiento del pánico moral y la exclusión de determinados grupos y sectores. Esto
produce una disyunción entre lo cultural y lo social que es una de las condiciones más
productivas de la seguridad global.
En ese sentido, la crítica acerca del
carácter mercantil del cine requiere una especificación de los problemas materiales y
formales de configuración de la cultura para historizar y precisar cómo es su
funcionamiento en tanto ideología.
Esta concepción de lo
"queer" permite analizar la desigualdad económica e ideológica en la
producción cultural como vínculo entre lo dominante y lo subalterno que no sólo excluye
sino que complejiza los modos de antagonismo. De acuerdo con esta concepción, la llamada
"diversidad sexual" no constituye un "particularismo de identificación
positiva" (de elección de objeto u opción individual) ni una
"distinción" que pueda ser analizada en términos de "comunidades
interpretativas armónicas", sino que su existencia misma es producto de los
materiales que permiten su formulación como experiencia cultural.
El desafío consiste entonces en que,
frente a la regularización y normalización de la sexualidad en las políticas
represivas, el valor crítico de las diferencias requiere una especificación de las
luchas culturales y los modos de asociación para proponer una transformación política.©
* Investigadora y docente del
Area de Estudios Queer en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Integrante de la
Liga Argentina por los Derechos del Hombre. |