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por
MARÍA IRIBARREN
"En
esta época (1922) estaba ya muy claro que la industria cinematográfica cumplía dos
grandes funciones sociales, además de proporcionar entretenimiento a los
espectadores" -sostiene Román Gubern. "La primera era la de devengar copiosos
beneficios económicos a sus propietarios y la segunda la de transmitir al público la
ideología conservadora del stablishment político que controlaba a tal
industria, a modo de su emanación natural" (1).
En efecto, si algo dio impulso a la
industria fue la utilización del cine para traficar información (en el sentido que le
asigna Gilles Delleuze a esa práctica: "Informar es hacer circular una orden").
Sin embargo, es también Delleuze quien, al concebirlo como un arte, advierte que el cine
no tiene nada que ver con eso.
De manera que, como en tantos otros
asuntos, los intereses (y desde luego, los procedimientos) de la industria colisionan con
los del arte y, cada uno, conjetura mapas diversos de la cultura humana y su porvenir.
Uno de esos mapas, da argumento al
ciclo "Cuatro tesis sobre la violencia" que este mes se exhibe en el Rojas. El
programa incluye títulos de cuatro documentalistas contemporáneos (Harun Farocki, Claude
Lanzmann, Barbara Kopple y, la dupla, Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi) que
desbordan el tratamiento fílmico de sucesos contemporáneos, para convertirse en ensayos,
en torno a otros aspectos de la realización.
Filmar la violencia
Después de rodar una serie de
documentales sobre las elecciones en Francia, Jean-Louis Comolli escribió el artículo
"Cómo filmar al enemigo" (2). Entre otras, relata una
anécdota que viene a cuento del registro cinematográfico de la violencia : "Un
grupo de militantes del FN (Frente Nacional) insulta, frente a la cámara, a una mujer que
no vemos que se defiende fuera de campo (el operador, se sitúa al lado de la mujer
invisible, de modo que la cámara parece encontrarse en el mismo lugar que ella).
"Regresa a tu país", le gritan en pleno rostro (o sea el de la cámara). Ese
país es Argelia, que por supuesto ya no es "francesa"; pero ¿quién es la
mujer a la que se insulta? Es nosotros, puesto que estamos en su lugar".
A partir de esa posición de la cámara
(que vale la pena comparar con la que adopta cualquier camarógrafo de la televisión,
durante la cobertura de conflictos), Comolli reflexiona: "El dispositivo fílmico
(nunca se verá a la mujer agredida) muestra toda la ira de quienes gritan a la vez contra
la extranjera y contra la cámara. Violencia no solamente exhibida sino proyectada sobre
nosotros, espectadores. La puesta en escena determina el sentido. Los cuerpos filmados
saben que lo son y se exponen con odio al dispositivo que los afirma tal como son. Les
quita el velo".
Según el director/autor francés,
clavar la cámara y filmar un acontecimiento no es suficiente para "capturar" lo
que está ocurriendo. Según sus palabras, el registro documental demanda la elección de
un punto de vista desde el cual, ese acontecimiento, se manifieste desaprencibamente
dejando "ver" (delatando) los detalles que, de otro modo, pudieran pasar
inadvertidos o ser malinterpretados.
Mirar la violencia
Cuando Harun Farocki se pregunta
"¿Cómo hacer un filme sobre el napalm?" (al comienzo de la película El
fuego inextinguible), es evidente que socializa una interpelación que, el
realizador, se formula a sí mismo. De inmediato, su argumentación pega un vuelco:
"Cuando le mostremos fotografías de las víctimas del napalm, usted cerrará los
ojos. Cerrará los ojos a las fotografías. Después cerrará los ojos a la memoria. Y
después cerrará los ojos a los hechos" (3).
¿Qué diferencia hay, entonces, entre
hacer y mirar una película cuyas imágenes se detienen sobre hechos acaso, insoportables
a la mirada?
De alguna manera, Comolli y Farocki
apuntan a un dilema común: el realizador es el primer espectador de un filme, filmar una
película ya es depositar la mirada sobre su objeto, mediatizado, en esa instancia, por la
cámara. Entonces la cuestión está en otro lado: en tanto acciones de una conciencia,
filmar (o mirar) conllevan la misma responsabilidad ética.
Volvamos a Deleuze. En una célebre
conferencia que dictó en 1987, Deleuze preguntó a su auditorio: "Cuál es esta
relación misteriosa entre la obra de arte y un acto de resistencia?". Igual
inquietud aplicó, años más tarde, acerca de la producción literaria, arribando a una
conclusión semejante. En cuanto al cine, en aquella oportunidad, dijo: "No hay obra
de arte que no haga un llamado a un pueblo que no existe todavía".
En consecuencia, hacer o mirar cine
(cierta manera de hacer o de mirar cine) supone poner en práctica un sistema de
contrainformación, un acto de resistencia, en el que palpita ese pueblo que falta.
Cuatro formas de violencia
El ciclo del Rojas articula cuatro
formas históricas de violencia. La primera es "La violencia política" y el
filme elegido para explorarla es Sobibor (Sobibor, 14 octobre 1943,
16 heures, 2001), del realizador francés Claude Lanzmann. La película cuenta el
intento de fuga de un grupo de prisioneros judíos del campo de exterminio que le da
título. El relato corresponde a Yehuda Lerner, protagonista y sobreviviente de "la
rebelión exitosa", como la definió el director.
La segunda opción temática es
"La violencia social" y para ilustrarla, nada mejor que Imágenes de
prisión (Gefängnisbilder, 2000), de Harun Farocki. En este caso, se
trata de un collage que compagina materiales de procedencia diversa: imágenes registradas
por cámaras de seguridad en cárceles y tiendas, películas de propaganda nazi, avisos
publicitarios, fragmentos de Un chant d'amour (Una canción de amor,
de Jean Genet) y de Un condamné à mort s'est échappé (Un condenado a
muerte se escapa, de Robert Bresson).
A partir de esa heterogeneidad, Farocki
elabora una teoría acerca del "espectáculo" carcelario, la prisión como
modelo fabril y la cámara como dispositivo de control social.
El tercer tema es "La violencia
económica" y, para desarrollarlo, fue escogido el documental Harlan County,
U.S.A. (1976), de Barbara Kopple, que relata la singular experiencia del equipo
de rodaje al tomar las alternativas de una huelga de mineros.
Por último, el tópico de "La
violencia de las imágenes" es puesto a consideración a partir de Arriba de
las montañas, reina la paz (Su tutte le vette é pace, 1998, se exhibe
con intertítulos en italiano) de Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi. Otra
manipulación radical de imágenes (que muestran al ejército austro-húngaro en Los
Alpes) que le permite a los directores, discernir sobre la violencia de ambos
acontecimientos: el histórico y el cinematográfico.
Bonus Track
Integrada al ciclo, tendrá lugar la
presentación de "Pensar el cine", recopilación de las conferencias y textos
que fueron debatidos durante el evento "Cine y filosofía", realizado en el
Rojas el año pasado, ahora editada por Manantial.
Bajo la forma de tres volúmenes (Imagen,
ética y filosofía, Cuerpo(s), temporalidad y nuevas tecnologías
e Imágenes y palabras, textos de cine y teatro de Alain Badiou), Gerardo
Yoel compendió esos trabajos que presentará, junto a Eduardo Rinesi y Eduardo Russo.
En relación con el objeto de esta
publicación y en homenaje a Gilles Delleuze (de cuya muerte se cumplen diez años), se
proyectará el mediometraje ¿Qué es tener una idea en cine? (Qu´est-ce
qu´ avoir une´idée au cinéma), registrado por Arnault del Pallieres en ocasión
de la conferencia mencionada líneas arriba.©
(1) De La
mirada opulenta, Ed. Gustavo gili, Barcelona, 1987.
(2) En Filmar para ver, Ed. Simurg, Buenos Aires, 2002.
(3) Si te interesa la obra de Harun Farocki, podés consultar Crítica de la
mirada, una selección de textos realizada y traducida por Inge Stache, con
prólogo de Luciano Monteagudo. Ed. Altamira, Buenos Aires, 2003. |



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