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por ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ
Con el estreno de S.O.S. Ex casi se completa la nómina de los integrantes de la recordada primera edición de Historias Breves (1995) que llegan a concretar su propio largometraje en solitario. Aunque la carrera de Andrés Tambornino, como la de Rodrigo Moreno o Ulises Rosell, ya sepa de medias películas o tercios de ellas, además de constar en los rubros técnicos de algunos filmes centrales de la producción local reciente, un eterno “nuevo cine argentino”. Para su debut oficial, Tambornino optó por todos los riesgos que se podía permitir. El más marcado seguramente es el desenfado con que eligió construir sus criaturas, un dato para nada menor a la vista del resultado: una película fresca e irresistiblemente incómoda. Un par de amigos y sus respectivas ex parejas sobre un velero de poca eslora, esa es la premisa que cuesta no asociar con el Cuchillo bajo el agua del primer Polansky. Crímenes aparte, aquí la tensión se traslada al estricto plano de las relaciones humanas de un grupo de treintañeros un poco a la deriva, sin perder nunca de vista un horizonte de comedia. La aventura está servida escotillas adentro, entre las cenizas y los secretos de parejas que ya no son. Pero también afuera, rodeados como están del ancho Río de la Plata, con su siempre menospreciado “color de león”. La historia pasa casi toda sobre el barco, lo que no deja de ser un pequeño prodigio, bien resuelto en lo técnico y llevado con solvencia por el guión. Por caminos un poco extraños, la película logra desbordar la mera estudiantina, consolidando una discreta tensión y haciendo a sus personajes presa de un cambio que tal vez sólo sientan después que el viento los haya devuelto (finalmente) a tierra firme. La presencia de la inefable Camila Toker y la música de Flor Maleva terminan de darle al filme un aspecto más o menos arquetípico: como un (humilde) mojón de esta última década de cine argentino.© |
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