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Esta película |
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por MARÍA IRIBARREN
"En la zona de Retiro, en un departamento próximo al puerto de Buenos Aires, Alberto se retira del mundo, espera. En el final de su vida, mi abuelo es como un bebé otra vez”, dice la tarjeta de difusión de Retiro, opera prima de María Meira, presumiblemente, también autora de ese texto. Son apenas un par de líneas que resumen el argumento, y que anticipan los pocos planos que contiene el documental que lo puso en práctica. A pesar del “tono” elegíaco, a lo largo de cincuenta minutos, el film desenvuelve con bastante obscenidad una red de prejuicios en torno a la vejez y la muerte. En sintonía, rehúye explicar por qué esas imágenes íntimas, que intentan describir los días previos a la muerte de un hombre (no importa cuál fuera su parentesco “real” con la directora), merecen ser vistas y para qué. En este aspecto, Retiro pone al espectador crítico frente al interrogante de si es legítimo que el cine (la cámara, un realizador) dejen ver cualquier cosa o circunstancia a su antojo. Desde ya, no cuestionamos el libre albedrío. Aunque sí ponemos en discusión la moral que lleva a socializar imágenes que, acaso, fuera preferible evitar o contextualizar con delicadeza ideológica. [Harun Farocki escribió y filmó bajo esta consideración documentales como El fuego inextinguible; por su parte, Caja negra de Luis Ortega, es un buen ejemplo del tratamiento correspondido de imagen y discurso, a partir de una historia simple, que aborda la vejez, la decadencia corporal y el amor]. Volvamos a la frase inicial. “Alberto se retira del mundo, espera”. Si ésa fue su decisión, ¿no es un contrasentido o una intemperancia que la cámara lo vuelva a poner en el mundo? ¿Alberto era conciente de que lo estaban filmando? ¿Aceptó voluntariamente que lo hicieran? “En el final de su vida, mi abuelo es como un bebé otra vez”, concluye la breve nota de producción. Desde las primeras imágenes de la espalda a lunares, es evidente que Alberto no es “como un bebé”. En cambio, parece un hombre arrugado, manchado, que tiene los huesos puntiagudos y un cuerpo a punto de quebrarse. Esta inminencia, lo deja en condición de extrema vulnerabilidad que, por supuesto, no es lo mismo que ser “como un bebé otra vez”. Pensarlo así es pensar poco y, sobre todo, significa aplanar el espesor de esa vida que resiste (porque todavía está viva), en lo que le queda de emoción y de cuerpo. Es un hecho que la muerte no es la otra punta de la vida: es su fin. Dicho de otro modo, la muerte es condición de la vida, está predeterminada en ella. Por eso mismo, Alberto no está asomando al mundo cual un recién nacido: lo está abandonando, como suele decirse, con lo vivido a cuestas. Asimilarlo a un bebé gestiona, en las antípodas de la ternura aparente, un acto de violencia irreparable dadas las circunstancias. ¿Por qué? Porque Alberto sostiene que posee “más sensibilidad que cuando tenía treinta años”. Es decir, que es más proclive a las sensaciones, a las percepciones, ¿también a la razón conjetural de la que la película no da cuenta? Sin notas al pie, Retiro exhibe la aridez de un cuerpo que se agota, que empieza a fallar. Que, tal vez, padece a través de esas hendiduras físicas y emocionales. Se trata del cuerpo de un hombre que, quizás, especuló algún cálculo al respecto. Sin embargo, tal como está concebida la película, Alberto no puede “decir” sino por boca de una cámara voraz que se traga su imagen y la devuelve vaciada de palabras, de deseos, de dignidad. Traducida en una pila de cajas, sobre una cama vacía, en una habitación vacía.© |
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