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por MARÍA IRIBARREN
La dedicatoria “A nuestros límites” debería ser suficiente para comprender (o al menos, sospechar) que, lo que vendrá, no es una historia convencional. Exactamente, lo que vendrá es un relato sin historia, sin progresión dramática, sin comienzo y, desde ya, sin final tal como esperamos o sabemos, terminan las películas. Se trata, en cambio, de un relato cinematográfico por excelencia: lo que cuenta Propiedad privada es cómo convertir una anécdota estúpida, casi un chisme o un rumor, en una idea que sólo el cine podría enunciar. Desde la primera escena, el director belga Joachim Lafosse pone en juego una cámara implacable que va a examinar la existencia doméstica de Pascale (Isabelle Huppert) y sus hijos Thierry (Jérémie Renier) y François (Yannick Renier). Emulando el ajuste del foco, la observación que ejecuta Lafosse se acerca y se aleja de su objeto, aplicando cuatro recursos básicos: la puesta en escena, la precisión del encuadre, el plano secuencia y el fuera de campo. Así como el ritmo moderado y la profunda intensidad que alcanza Propiedad privada están determinados por la duración de cada plano y la situación fuera del campo visual de buena parte de lo que ocurre, la concisión de los diálogos tanto como la ausencia de música ponen énfasis en dos aspectos clave del guión: la furia seca en la que conviven esas criaturas, la fractura de los vínculos afectivos. De a poco, con convicción y pudor a la vez, Lafosse exhibe el agotamiento del anhelo que reunió a esos seres y los contuvo bajo una morada común, y la honestidad desconsiderada con que, cada uno, devuelve la atracción o el rechazo que el otro suscita en él. Violencia en estado puro. En este sentido, la cámara suave de Propiedad privada revela bastante de lo que la moral burguesa prefiere esconder bajo la alfombra: que la postergación del deseo no debería ser un precio a pagar por el amor filial, que, de manera irremediable, la familia replica la intimidación conceptual que respira en los cimientos de cualquier institución, que la maternidad o la paternidad carecen de valor ontológico. A contrapelo de la tradición trágica, la película de Lafosse no avanza hacia ningún lado en el aspecto estrictamente dramático. Del mismo modo impugna la didáctica de la fábula como la bipolaridad del bien y el mal. Propiedad privada es pura negatividad: un relato que sólo y apenas afirma su naturaleza cinematográfica. Como la de sus compatriotas Dardenne, la cámara de Lafosse no tiene apuro, no produce sobresaltos, no fabrica falsas expectativas. “Nadie engañó a nadie”, exclama el padre de los adolescentes hacia el final del filme. Y la sentencia derrama de la trama argumental para convertirse en una declaración de principios mediante la que el realizador se asimila al espectador. Ése es, en definitiva y más allá de la anécdota, la conciencia gracias a la cual el cine se constituye. Por eso, el último plano es una secuencia al revés, un travelling para atrás, como si el director quisiera recuperar la perspectiva de ese otro que mira y, sin cuya existencia, el cine no sería posible.© |
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