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por SILVIA ANGIOLA
"¿Tengo que hablar de amor? Esas son cosas privadas. Mejor canto una canción". Palabras de José "Pepe" Núñez, luthier, guitarrero, puntano. Sin embargo, hablará de amor durante toda la película que lleva su nombre. Se podría decir que la vocación de Pepe Núñez lo encontró a él. No sirvieron las mañas de médicos y curanderas para evitar que la polio lo dejara lisiado a la edad de cuatro años. Tuvo que empezar pronto a regatear con la vida: como nunca iba a conseguir el acordeón a piano de sus sueños, compró una guitarra vieja. Y aprendió a tocarla aunque en su familia no había músicos. Tampoco será la moto programada la que lo lleve y lo traiga cada vez que quiere tomar unos vinos con los amigos. Es un Citroën que él mismo reformó. Imposibilitado de andar, se abrió camino con las manos: de las esculturas en madera pasó a la fabricación de guitarras, y en lugar de trabajar en el campo se convirtió en luthier. "No fue un don", se apresura a aclarar Pepe, no sea que alguien vaya a interpretarlo mal. "Fue necesidad". Claro. Si el don es la capacidad de convertir las penas en creación. Las guitarras le otorgaron sentido a su vida, a su necesidad de trascender más allá de las adversidades. Si el instrumento ha de tener un alma noble, su gestación no se puede apresurar: requiere disciplina, paciencia y amoroso cuidado. Mientras Pepe fabrica su guitarra, las escrupulosas etapas de aserrado, encolado, lijado y lustre le dejan tiempo para ir contando pudorosamente su historia. La infancia difícil, la familia, los amigos, los placeres sencillos de toda una vida sin salir del pueblo. Los arduos trabajos rurales que no recompensan el esfuerzo invertido, la tierra castigada por la sequía y por la inundación. Los modestos premios, entre los que Pepe no duda en incluir las canciones que los guitarreros le dedican en los festivales. Algún murmullo de crítica social que no llega a queja, pero que el oído atento sabrá recoger, ilustrado con insertos de diarios y fotografías antiguas. La mayor parte del relato queda a cargo del protagonista y durante todo ese tiempo la cámara elude invadirlo: tan sólo lo acompaña, lo reconoce, parece compartir las mateadas, la rutina y las tardes de lluvia. El clima de intimidad y de confianza mutua se acrecienta hasta que, al final, llega el momento de las confidencias. "Yo me discrimino", afirma Pepe, categórico, en respuesta a una pregunta que se adivina. Y, después de ver el material filmado, sostiene que le "recuerda una realidad que tengo medio olvidada". Cuando la guitarra está lista Pepe Núñez la afina para conocerla. Recién ahí sabrá qué tal le salió, qué espíritu tiene. Finalmente se la entrega, sin disimular su satisfacción, al criollo que la apretará contra su pecho para arrancarle los mejores acordes. Pepe Núñez; luthier. El oficio de vivir es el primer largometraje de Fermín Rivera, discípulo y admirador del documentalista Jorge Prelorán. Filmada en Lafinur, provincia de San Luis, es una película pequeña y afectuosa que le concede voz e imagen a un hombre que no busca aplausos y que es incapaz de formular un reproche. Un artesano que se siente orgulloso de hacer bien lo que aprendió a hacer. Una vida dedicada, generosamente, al arte popular.© |
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