Abril 2008

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2007. 104 min.

Dirección:
Edgardo Cabeza.
Guión:
Edgardo Cabeza y Juan José Arhancet.
Producción:
Nicolás Batlle.

Fotografía:
Carlos Torlaschi.

Monaje:
Norberto Pizzini, Federico Frazer y Edgardo Cabeza.
Sonido:
Jessica Suárez.
Música:
José Luis Castiñeira de Dios.


 

por ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ

 

Son los últimos días de la Guerra de Malvinas. Tras una diáspora del frente de batalla, Caíto y Gurí -dos conscriptos correntinos- buscan refugio en una casa solitaria ocupada por una dama inglesa -Maggie- y un niño. Caíto está herido de muerte. La base de la historia es ese encuentro, violento, obturado por el lenguaje dispar. Cruzados por el miedo y la desesperación, ocupantes y ocupados no se entienden ni una palabra entre sí.

Desde allí el relato se dispara en direcciones formales opuestas -del costumbrismo a la alegoría- sin solución de continuidad. Si, por un lado, el litoral nos devuelve la vida sencilla de los dos muchachos en el continente, los anhelos familiares y un bosquejo del vergonzoso marco político de la contienda, por el otro y al mismo tiempo, los barracones del frente aliado durante la Guerra de Crimea -hace más de cien años-, operan en el plano indicial al exhibir las bajas británicas acumulándose a pesar del trabajo infatigable de Florence Nithingale -ícono universal de la enfermería.

De este modo, los lugares y los tiempos se van entrelazando, hasta imponer un tejido simbólico que resignifica aquel encuentro y esa imposibilidad de comunicación.

El género bélico guarda para el cine argentino una incompatibilidad moral: Malvinas. Dar cuenta de la anécdota, de la epidermis del combate, significaría un gesto de profunda irresponsabilidad histórica. Edgardo Cabeza intuye esta situación cuando decide desmontar una franca narración de corte realista, cambiando las explosiones por un ejercicio de la memoria. Acaso una memoria extrema que termina por orientar una visión, casi borgeana, de los hechos: la guerra es todas las guerras. Aquélla en el Mar Negro o ésta en el Atlántico Sur, son sólo variaciones de la misma ignominia: ese insensato oficio de los hombres.©

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