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por MARÍA IRIBARREN
"¿Para qué fuiste al colegio alemán?”, le demanda una mujer al hombre que empuña la cámara. La escena transcurre, en las puertas de una iglesia, en la ciudad de Bariloche. Es el año 1995. El protagonista (al que la mujer, secundada por un grupo de vecinos, intenta proteger de las imágenes) es Erich Priebke, criminal de guerra nazi que, en esos días, fue deportado a Italia. El que registra los instantes póstumos de la residencia de Priebke en Argentina, es Carlos Echeverría, realizador de Pacto de silencio y Juan, como si nada hubiera sucedido, dos películas que desbordan su objeto (respectivamente, Priebke y Juan Herman, desaparecido durante la última dictadura militar) para indagar las redes comunitarias que, en Bariloche, se tejieron en torno a estos acontecimientos y su conveniente silencio. La pregunta que cae sobre Echeverría como un proyectil esconde, claro, una afirmación cuya historia el director habrá de desenvolver a lo largo de ciento treinta minutos. Desde el punto de vista documental, la exhaustiva investigación obligó al equipo de realización a recoger pruebas y testimonios en Argentina, Chile, Italia y Alemania. El resultado es un collage de registros audiovisuales ensamblados con inteligencia y rigor, subvirtiendo la delgada línea que confronta la verdad con la ficción. Sobre todo, Pacto de silencio extenúa la vocación de quebrar el secreto en el que permanecieron las prácticas doctrinarias ejecutadas, en muy diversos ámbitos, por el nacionalsocialismo bajo el amparo del Estado argentino. Sin embargo, la lógica de la película no sigue el sistema convencional del cine documental o del documental televisivo, inclinado hacia la didáctica sedativa. Por el contrario, allí donde se desanuda un pasado tan fresco como encriptado, el presente histórico se irrita con nuevas herramientas para su reflexión. En este sentido, Pacto de silencio demanda un espectador dispuesto a dejarse interpelar y a acompañar al director en la exhumación de “infidencias” políticas, vecinales, domésticas que, a la manera de apostillas fantasmas, apuntan a (e iluminan) otras circunstancias que la película no explicita. Conforme corren los informes en la pantalla, se multiplican los interrogantes y relampaguean en la conciencia. ¿Habrá que definir como un “gesto” fundante del terrorismo de Estado, el ingreso irrestricto al país de criminales de guerra, aún con nombres e identidades falsos? Y después, ¿en qué medida el indulto del presidente Perón a esos asesinos, señaló el porvenir de la criminalidad militar local? ¿Qué efecto provocaron, al menos, en una porción de la sociedad argentina las escuelas, los clubes, los ateneos de instrucción racista? ¿Cómo se tejió la red de complicidades? En una época
abrumada por la información de superficie, Pacto de silencio desvía
la conversación hacia otras profundidades, altera su itinerario
convencional, inaugura una intensidad de la que el espectador no saldrá
inmune. Si acaso tiene algún beneficio la desarticulación de malversaciones
históricas, es para reacomodar el presente instalándolo en una cuerda más
confortable a la vida social. |
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