Argentina.
2003. 89 min.

Dirección y Guión:
Albertina Carri.

Producción:
Albertina Carri y Barry Ellsworth.

Fotografía:
Catalina Fernández.

Montaje:
Alejandra Almirón.
Sonido:
Jésica Suárez.
Música:
Gonzalo Córdoba.
Producida por:
Cine Ojo.


 

por MARÍA IRIBARREN

 

Decía Gilles Deleuze -anotando a Paul Klee y a André Malraux-, que "el arte es un acto de resistencia de un pueblo que aún no es". La esperanza en torno a ese territorio y a esa lengua por ser, Deleuze la cifró en el cine. Y, si acaso una película nacional reconoce esa cifra filosófica como clave para desenvolver su sentido, es Los rubios, escrita, producida y dirigida por Albertina Carri.

Diseñando una controversia de doble circulación, Los rubios cuenta la historia del rodaje de Los rubios, una película que cuenta la historia del secuestro de Roberto Carri y Ana María Caruso, padres de la realizadora. En rigor, el segundo largometraje de Carri cuenta cómo el cine llega a abordar ciertas historias vinculadas a la memoria colectiva. Echando mano a qué recursos, poniendo en juego qué estrategias.

Decíamos doble circulación y doble controversia toda vez que el filme enfrenta (pone en diálogo) a la ficción con el testimonio, a la memoria épica con la racionalidad ideológica, a la verdad íntima (caprichosa, cambiante) con la verdad histórica (documentada, inmutable). En otras palabras, Los rubios articula estética y política como pocos filmes (y pocos realizadores) lo han hecho hasta ahora y, en ese gesto, actualiza una polémica que, entre otras cosas, también interrumpió la dictadura militar. ¿Cómo se nombra lo innombrable y para qué? ¿Qué género es capaz de asumir la competencia de reconstruir la "verdad" allí donde los protagonistas no están para ofrecer su testimonio? ¿De qué modo asoman esas ausencias en los enunciados de un lenguaje (el cine) cuya gramática se funda en la fantasmagoría?

Los rubios es una película de interrogantes más que de respuestas. De conjeturas antes que de ciencia exacta. En su trama de espejos y distorsiones, prefiere fundar en vez de reconocer. Sigue la lógica de desterritorialización y reterritorialización -el olvido y la resignificación desplazada-, que caracteriza a la memoria humana, a la representación y al sueño. Torna colectivo el drama personal de una niña que escribe sus memorias desde el presente.

Aún en la hechura ficcional, Los rubios va a desdoblar su propuesta al ceder la palabra (y la acción) a un puñado de juguetes animados. Un desafío que objeta la autoridad del género y de la interpretación y que, de paso, reordena los tiempos del relato. ¿Cómo no conjeturar en la escena de la abducción alienígena la explicación que, acaso, la conciencia infantil de la pequeña Albertina, otorgó al sinsentido del abandono? ¿Es que sabremos alguna vez la reseña cierta de cómo fueron "chupados" los desaparecidos?

Valiéndose de una notable economía de recursos (una y otra vez expuestos), esta película impugna el modelo discursivo que el cine nacional adoptó para referir anécdotas y sucesos en torno a los crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado (La historia oficial, si nos atenemos a la ficción; La república perdida, si se trata del género documental). Por fortuna, Los rubios no tiene voluntad de apósito: no viene a reparar las deudas de nadie. Abre y cierra los ojos ante el artificio, se acomoda en el ensueño, se irrita en el testimonio, se deja envolver por la ficción que toda verdad construye para autolegitimarse. Extraña los géneros para reinventarles nuevas y potenciadas aptitudes. Elude la épica moralizadora tanto como el agonismo romántico. Por último, se burla de las beatificaciones oportunistas: está claro que con pelucas en la cabeza, todos somos los rubios.

Si el guión de Los rubios es una pieza de inteligencia y coraje estéticos, la interpretación de Analía Couceyro (jugando el papel de Albertina Carri) enaltece esos esfuerzos. Couceyro entra y sale del artificio con natural y justa expresividad. Y así como la realizadora explicita su vocación de "exponer a la memoria a su propio procedimiento" (tal como escribe en el diario de rodaje), la actriz exhibe ante el espectador los procedimientos (las vacilaciones, los ensayos, el asombro) de la puesta en escena y la composición actoral.

Es casi previsible que a los argentinoides progresistas Los rubios les produzca fastidio (fue el mismísimo Instituto de Cine el que tiró la primera piedra). También es probable que la cofradía de los cínicos no la entienda, la pase por alto o la desprecie.

Lo mejor de Los rubios es que extenúa el lenguaje cinematográfico. Luego, claro, que incita a un pueblo que puede ser.©

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