Septiembre 2004

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2004. 78 min.

Dirección y Guión:
Lisandro Alonso.
Productores ejecutivos:
Vanessa Ragone y Florencia Enghel.
Productora:
Micaela Buye.

Fotografía:
Cobi Migliora.

Montaje:
Lisandro Alonso y Ezequiel Borovinsky.
Sonido:
Catriel Vildosola.
Música:
Flor Maleva.
Producida por:
4L, Fortuna Films, Slot Machine, art France Cinema y Ventura Films.

 

por ROBERTO VALLE

 

En la práctica, resulta una ironía que una de las películas más saludables y vitales que ha dado el cine nacional de los últimos años, lleve por título Los muertos. Su autor, Lisandro Alonso, es el mismo que en 2001 nos sorprendió con otra obra de gran valor: La Libertad. Así pues, este joven realizador de veintinueve años anda por la vida ofreciéndonos su talento y su poder de observación, bajo la forma de películas de extrema simpleza y vasta complejidad a la vez.

Claro está que, no todos van a querer apreciar como se lo merece este segundo largometraje. Digo "querer" porque el cine de Alonso no reclama conocimientos especiales ni una cultura cinéfila de competición, para poder disfrutarlo. En efecto, tan sólo demanda del espectador la voluntad sincera e intensa de dejarse llevar (en un sentido amplio) por las imágenes. Someterse, sin reticencias, a un trabajo contemplativo. Mirarlo todo, sin apuro, pero con suma atención. Poner el "foco" en aquello a lo que, por lo general, le negamos la mirada, ya sea porque no lo consideramos relevante o porque la comprobación de su existencia nos perturba.

Se trata, entonces, de una práctica atípica para la inmensa mayoría del público que asiste a una sala de cine. Tal vez por esa razón, el director haya decidido estrenar su segunda película fuera del circuito tradicional de exhibición, en una única sala dedicada, habitualmente, a la proyección de ciclos de cine extranjero o raras retrospectivas de directores ignorados. Quizá, ése sea el lugar "natural" para películas como Los muertos: a un costado de los complejos multisalas o de las grandes cadenas nacionales que, a juzgar por la oferta exhibida, se han convertido -paradójicamente- en verdaderos cementerios cinematográficos donde "la muerte" (de las ideas, de los sentidos, de la emoción genuina, del cine en su dimensión más abarcadora) no sólo se ve proyectada en la pantalla sino también en quienes ocupan las butacas.

La "historia" que da vida a Los muertos es mínima, de un minimalismo que atraviesa de punta a punta la obra. Más que un relato, es el registro del primer día en la vida de un hombre que acaba de recuperar la libertad, luego de haber cumplido una condena de veinte años, en los que purgó el crimen de sus hermanos. Una vez liberado, Argentino Vargas (un actor no profesional que se interpreta a sí mismo), se dirige al interior de la selva correntina, donde espera reencontrarse con su hija, a quien no ve desde que fue preso.

Si bien, durante los primeros minutos, el filme describe una escena misteriosa en la que pueden identificarse los cuerpos sin vida de los hombres presumiblemente asesinados por Vargas (escena que construye un clima de honda sugestión que no volverá a repetirse en lo que resta de película), cabe señalar que no serán esas muertes las que "impulsen" la acción dramática. En cualquier caso, ni las razones del hecho ni los efectos psicológicos que el mismo pudo haber provocado en el protagonista son materia argumental del filme. Se trata, apenas, de un eslabón de una larga cadena de intervenciones que, en conjunto, informa de una manera de vivir (o de sobrevivir, según se mire), en la que la muerte asume mil formas posibles.

En cada una de las escenas de Los muertos (la mayoría de ellas, filmada en morosos planos secuencia), el realizador da cuenta de una actitud ética y política, bajo la cual, estilo y discurso se constituyen en una sólida unidad de sentido. En este sentido, la cámara jamás "dirige" el ojo del espectador, sino que le brinda autonomía y libertad para que, por sí solo, seleccione y valore cada uno de los elementos que más le atraigan dentro del encuadre. De allí la decisión de Alonso de privilegiar los planos abiertos hasta su agotamiento o la lentitud de las panorámicas demorando la toma, aún cuando los personajes hayan salido de cuadro. En éste, y en otros procedimientos similares, se percibe la influencia de Kiarostami con el que Alonso tuvo contacto mucho antes de saber que haría películas. Fue a consecuencia de su colaboración con Nicolás Sarquís (programador de la sección Contracampo en el Festival de Cine de Mar del Plata) que pudo admirar de cerca la obra singular de un realizador -por entonces- prácticamente desconocido para el público argentino.

Sin embargo, más allá de toda influencia, el cine de Lisandro Alonso sigue siendo tan original como subyugante. Resulta harto difícil abandonar la sala luego de ver su película, sin preguntarse (una vez más) ¿qué es el cine? Y no desde un punto de vista académico u ontológico, sino personal e íntimo. Qué cosas, distribuidas en la pantalla, son capaces de conmovernos, provocarnos o -incluso- ponernos incómodos, en una época en que hasta las tragedias más desoladoras han sido convertidas en espectáculos menores vacíos de sentido.

Con su puesta en escena acéptica y su total ausencia de efectos especiales (incluyendo la falta de música), Los muertos conjetura una respuesta posible a ese interrogante: tal vez, lo único capaz de devolvernos el asombro, la perplejidad, el estremecimiento, sea el reflejo de nuestra esencia. La simple y contradictoria naturaleza humana expuesta en su versión más primitiva, más natural (si se me permite la redundancia).

Por eso, y por lo atípico que resulta el estreno de una película como ésta, ningún amante del cine que se precie, debería dejar de verla... antes de que sea demasiado tarde.©

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