Mayo 2008

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2008. 113 min.

Dirección:
Pablo Trapero.

Guión:
Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre y Pablo Trapero.
Producción:
Pablo Trapero y Youngjoo Suh.

Fotografía:
Guillermo Nieto.

Montaje:
Ezequiel Borovinsky y Pablo Trapero.
Sonido:
Federico Esquerro.
Música:
Intoxicados, Chango Spasiuk y Los Palmeras.
Producida por:
Matanza Cine, Cineclick Asia, Patagonik y Videofilmes.


 

 

por MARÍA IRIBARREN

 

Cuando Julia Zárate (Martina Gusmán) se despierta, el departamento está lleno de sangre. Por lo menos uno de los dos cuerpos caídos en el suelo, está sin vida. Se trata de dos hombres.

Previsiblemente, Julia es acusada de un crimen que no cometió y por eso, condenada a prisión. En un mismo acto de rigor (o de capricho), el destino se ensaña con esa mujer: Julia está embarazada y el padre del niño es el muerto en cuestión.

Así arranca Leonera, la última película de Pablo Trapero que volvió del Festival de Cannes con las manos vacías y que, de alguna manera, es el segundo episodio de la saga policial que inauguró El bonaerense.

En cuanto a Julia, tanto dolor y desamparo, tendrán su compensación: durante la estadía entre barrotes, los tópicos que el género carcelario prescribe irán en auxilio de una heroína a la altura de la tradición nacional en esos menesteres. Julia se enamora de la compañera de celda (¿no hay otra ocurrencia menos estereotipada, menos misógina y, sobre todo, menos miserable de plantear el amor entre dos mujeres?), se convierte en madre abnegada, se estabiliza emocionalmente.

Como telón de fondo, la cárcel de Trapero se parece a Disneyworld: limpia, desproblemática, sanadora, entretenida y, sobre todo, familiar. No hay controversia entre las presas y las carceleras, no hay planos de autoridad ni desventajas, no hay poder ni desobediencias. Está claro: esa cárcel no existe y, sin embargo, es la cárcel de una película que agota el foco hiperrealista sobre los cuerpos, con meticulosa obscenidad.

En este aspecto, Leonera comparte con su precedente, el modo imperativo con que interpela al espectador: obligándolo a desactivar la memoria, a considerar que eso que está mirando transcurre en un tiempo y un lugar inespecíficos, que esa policía es de juguete y que lo que parece una cárcel es, en realidad, una fiesta de disfraces con fuegos artificiales y todo.

Si el grano grueso y el color naturalista con que empieza Leonera la emparenta a un modelo estético que dio sus mejores y últimas piezas en el fin del siglo XIX, el punto de vista ideológico que demarca es, sencillamente, abominable. Una vez más, Trapero levanta las banderas del realismo pero quema los libros de historia. Llegado a este punto, Leonera no supera el relato de costumbres carcelarias pero, en tanto deshistoriza la función de la cárcel y la institución punitiva que la sostiene, ese relato de costumbres legitima la inmoralidad del modelo.

En definitiva, la tensión visual es puramente retórica: un poco de injusticia social emulsionada a fin de hacerla soportable al espectador internacional al que Trapero -y su socio Walter Salles-, le filman películas.©

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