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por MARÍA IRIBARREN
"Lo que llamamos enfermedad mental, no siempre es una enfermedad”, afirma la doctora Dagmar (Patricia Clarkson) pulverizando con la impavidez de su mirada, el desconcierto de Gus (Paul Schneider) y de Karin (Emily Mortimer). En el diagnóstico sobre Lars (Ryan Gosling) previamente informado a la pareja (respectivamente, hermano y cuñada del paciente), Dagmar había descartado psicosis y esquizofrenia para inclinarse por un delirio pasajero, cuya gravedad relativizó. ¿Qué hizo Lars para disparar la suspicacia de sus parientes? La historia es más o menos así: hasta la tarde en la que se precipitaron los hechos, Lars era un tipo retraído, esquivo a la interacción social, en general, y familiar, en particular. De hecho, sistemáticamente, solía rechazar las invitaciones de Karin a mudarse a la casa junto a ella y su marido (en vez de dormir en el garaje), como también las de compartir, al menos, el desayuno y la cena con ellos. La tarde en la que se precipitaron los hechos, Lars reúne a Karin y a Gus, y les presenta a Bianca. ¿Quién es Bianca? Se trata de la novia misionera de Lars, en ejercicio de un año sabático, mitad nórdica, mitad brasileña, enteramente lisiada y de material plástico, recién llegada de la fábrica online RealDolls, donde su dueño la encargó, con entrega a domicilio y pago contrareembolso. Considerada hasta aquí, la apuesta de Lars y la chica real (opera prima de Craig Gillespie, según guión de Nancy Oliver), podría definirse como una comedia disparatada, una parodia a la disfuncionalidad familiar, una delicada ironía a los manuales de psiquiatría y psicología social. Sin embargo, lo mejor es lo que sigue a la tarde en la que se precipitaron los hechos porque, a partir de ese momento, la película adopta una inconveniencia política radical. Vacilando entre la perplejidad y la compasión, Karin y Gus deciden socializar “el” problemita de Lars que los angustia. Tras una reunión en la que las y los notables del pueblo barajan distintos puntos de vista, la comunidad en pleno (párroco incluido) decide apoyar a la nueva pareja, convocándolos a participar en todo tipo de eventos. Sin golpes bajos ni intenciones moralistas, Lars y la chica real revisa los fundamentos filosóficos de la vida social. Su sencillez abarcadora y transhistórica, tanto como la lógica irreverente que ilumina los parlamentos y las ocurrencias, se sitúa en la tradición abismal de El Quijote (que el propio Lars le lee a Bianca). Sólo tomando en cuenta este aspecto, se la puede valorar como lo que es: la historia de un hombre que, desde algún suburbio de la razón, intuye que tiene que tomar una decisión en torno a su propia existencia. Es cuando elige junto a quién y de qué manera ser feliz.© |
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