Mayo 2008

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2008. 83 min.

Dirección:
Albertina Carri.

Guión:
Albertina Carri con la colaboración autoral de Marta Dillon.

Producción:
Pablo Trapero y Albertina Carri.

Fotografía:
Sol Lopatín.

Edición:
Alejo Moguillansky.
Sonido:
Rufino Basavilbaso.

Música:
Gustavo Semmartin.

Dirección de animación:
Manuel Baremboim.
Producida por:
Matanza Cine.


Esta película
la podés ver en:

Malba.

 

por MARÍA IRIBARREN

 

"Los animales que aparecen en esta película vivieron y murieron de acuerdo a su habitat”, anuncia un cartel al comienzo de La rabia -el último largometraje de Albertina Carri-, mientras desde el fuera de campo llega el sonido de ladridos, berridos y galopes. Así planteada, la mención textual parece encontrar su referencia en el artificio sonoro. Sin embargo, como los fondos de La rabia (trabajados desde el foco de Carri, como un background en el que la realidad objetiva diluye su certeza como una gota de color que cae en el agua), aquél apunte será impreciso, ambiguo y, como otras notas de la película, obligará al espectador a resolver escenas y a asumir significados.

Ale (Analía Couceyro) trabaja en una estancia en cuyos aposentos, mantiene encuentros sexuales con Pichón (Javier Lorenzo). A veces, la hija de Ale, Nati (Nazarena Duarte), los observa a través de la ventana. En cambio, Ladeado (Gonzalo Pérez), el hijo de Pichón, prefiere no espiarlos. Aunque motivado por una cobardía que la ginebra no logra rectificar, lo mismo le pasa a Poldo (Víctor Hugo Carrizo), que es el marido de Ale, el padre de Nati y el capataz de la estancia.

Con esa madeja de lazos malversados de autoridad y de sangre, se teje la trama que va a tensar cada vínculo hasta exhibir su violencia primaria, según un corpus de imágenes y sonidos cuyo diseño —dentro o fuera de cuadro— se corresponde con el énfasis puesto en el grado de obscenidad de cada acto en cuestión. El paisaje plano de la topografía rural, va a aportar un plus de sentido que, quizás, haya que considerar como un a priori: en ese ambiente, la naturaleza contiene a todas sus criaturas por igual, desdibujando la frontera entre el mundo racional y el sensorial, entre la moral y el instinto.

Al cabo de una jornada (de una existencia) regida por un principio de orden preestablecido (la familia, la clase, el género), sólo quedará la marca que cada una de esas criaturas fue capaz de imprimir en el cuerpo de las otras. En ese rango cuentan los aullidos de la niña, la penetración de Ale, la huella del freno con que Pichón anuda el cuello de los dos, la paliza que le da a Ladeado, la herida que el cuchillo abre en el cogote del chancho, la trompada que Poldo le propina a su mujer, la bala que perfora al intruso…

Si la textura visual de La rabia evoca la de Los rubios, su voluntad argumental se ve asociada a la de Géminis. Interpelar el orden familiar, los vínculos de sangre, la moral hipócrita del linaje. Sin embargo, aún acordando una afinidad entre un filme y otro (valdría la pena considerar, en ese caso, los trabajos televisivos de la directora), en cada nueva realización, Albertina da un paso más lejos.

En lo que hace a La rabia, el desafío de poner la cámara al servicio de una experiencia estética que declara y reclama, desde el anuncio del comienzo, una honestidad sin atenuantes.©

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