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por SILVIA ANGIOLA
La muerte derriba todas las certezas para convertirse ella misma en certeza última e inapelable. Compañera natural de la humanidad, contingencia estadística que se carga de significado cuando afecta a quien queremos y se convierte en trance definitivo cuando somos nosotros los protagonistas, nos sale al paso, nos golpea, trastorna nuestros planes y nos deja con una carga de preguntas sin respuesta. Roberto Pontelo (Manuel Callau) lo abandona todo -familia, amistades, trabajo- y se lanza al camino cuando la enfermedad le pone un plazo y lo deja sumido en el estupor. Neurocirujano de estilo omnipotente, el hombre no ha conseguido asimilar la idea de su propia finitud ni siquiera a través del contacto habitual con el sufrimiento de los enfermos. En la ruta tropieza con una chica (Romina Paula) con una cicatriz oculta bajo la peluca en la que Roberto cree reconocer su "firma" de cirujano. Curiosidad, deseo erótico, complejo de Pigmalión o todo junto: el médico la sigue hasta Punta del Diablo, un pueblo de pescadores en la costa uruguaya, casi deshabitado y forzosamente austero en medio del invierno. "Este es un lugar de naufragios" le comenta María, la chica de la cicatriz. Su novio, Franco (Lautaro Delgado), enciende el faro que guía a los pescadores en la oscuridad. Un sitio apropiado para hacer el balance de una vida con pocas cosas en el haber. Roberto Pontelo no tuvo la ventura del Quijote de vivir loco y morir cuerdo. El viento y la lluvia castigan tenazmente ese paisaje inhóspito cuyos rigores armonizan con la necesidad de expiación de los protagonistas. En un sitio así cada minuto puede durar una eternidad. Roberto se involucra con María llevado por el modesto deseo de transitar a corazón abierto un amor tan improbable como su futuro. Si hay un tropiezo que señalar en La Punta del Diablo es la voluntad de subrayar una y otra vez la trascendencia del contenido por medio de la palabra cuando las imágenes ya lo están diciendo todo. Abundan los parlamentos ampulosos, de significado incierto, que, en lugar de enriquecer la lectura, generan confusión. El recurso de la voz off que se repite en el prólogo y en el epílogo de la película disminuye el espesor emocional del protagonista y lo distancia del espectador. En cambio, es un acierto la forma de integrar a la naturaleza en la puesta en escena para reflejar el estado anímico del personaje principal. Marcelo Paván, productor ejecutivo de reconocida trayectoria, aborda en su debut como director un tema difícil con la intención de generar inquietudes. Lo consigue: las imperfecciones señaladas no alcanzan a opacar la honestidad del mensaje. Una reflexión sobre la muerte implica cuestionar la vida que estamos construyendo. En palabras del director: "Todos deberíamos estar más conscientes de que vamos a morir, de que animarse a disfrutar es lo único que tiene sentido".© |
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