Marzo 2008

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2006. 65 min.

Dirección y guión:
Raúl Perrone.
Fotografía:
Raúl Perrone.

Edición:
Lorna Santiago.
Posproducción de Sonido:
Mr. Miguelius.
Música:
Alejandro Seoane.
Producida por:
Las ganas que te deseo.


 

por MARÍA IRIBARREN

 

"¡Hace años que no voy! Las lamentaciones están de más. Siempre que pude ir, fui…”, dice don Nicéforo, casi al final de La navidad de Ofelia y Galván, la película de Raúl Perrone. La palabra de ese hombre con dentadura improbable, sirve para propagar alguna que otra “idea clave” del realizador. En el enunciado con el que Galván espanta el reproche, “suena” Perrone recomendando filmar sólo si se tiene algo que decir… entre otros consejos saludables…

Como es su costumbre, Raúl Perrone estrenó La navidad de Ofelia y Galván en una “sala alternativa”. Antes que ninguna otra cosa ésta es la película del “Perro” en la que autor, obra y lenguaje se anudan en una misma materia expresiva. En ese sentido, tanto para los que han experimentado su filmografía como para los debutantes, La navidad de Ofelia y Galván resultará un punto de inflexión, acaso la síntesis de una búsqueda previa que el autor recupera mediante la selección de ciertos elementos u ocurrencias: un personaje (Galván fue el protagonista de La mecha), una frase musical (de Alejandro Seoane), un paisaje (Ituzaingó), una tonalidad (de mancha de humedad, de nubes).

Estos pedacitos de asuntos, se suman a los ademanes autorales, ahora, enfatizados: el de restituir al cine el ritmo de la existencia, el de restarle dramaturgia al relato para depositar esa intensidad en la sintaxis audiovisual (planos, encuadres, iluminación, sonido ambiente), el de excitar el libre albedrío perceptivo del espectador.

A contramano del barullo mediático, hay que decir que a un tipo que hace diez años propuso “Cagarse en el formato: si lo que tenés para decir no se sostiene en VHS, tampoco se va a sostener en Beta, en Super 8, en 16 ni en 35 mm” (ver Decálogo), ahora se le haya ocurrido “filmar” con una cámara “fotográfica” no debería sorprender a nadie. Por el contrario, la decisión rebota en el espectador, obligándolo a deponer el confort de la inocencia, para animarse con las preguntas ¿qué es el cine? ¿para qué (me) sirve?

La navidad de Ofelia y Galván cifra algunas pistas al respecto. Ofelia y Galván son dos ancianos cuyo estado civil no se precisa. Una cámara perseverante y amorosa persigue la rutina modesta que los reúne: tomar mate, barrer el patio, conversar con un vecino o con una nieta, leer el diario, permanecer en silencio, olvidar, dejarse afeitar, recordar, fregar una tortuga, comer fideos y pan dulce. De pronto, una frase de Ofelia (“Siempre que vengo acá me dan una pastilla en vez de darme de comer”) o de Galván (“Todo con lágrimas es”), va a sacudir el orden natural. Y ahí está Perrone pegando saltos con su camarita (aunque parezca que el artefacto está clavado en un trípode), advirtiendo que no es antropólogo ni folclorista, que hace cine y si no pasen, escuchen y vean...

Entonces, ¿ésto es cine? Sí, por todos lados. Es que Perrone materializa y confirma la tesis de Jean-Louis Comolli: una película es lo que le pasa al espectador. A partir de ese dilema se desabrocha la filosofía fílmica perruna: traducir ideas a imágenes, dotar a esas imágenes de valor enunciativo, ordenar esos enunciados de forma tal que, en el transcurso del filme, se despojen del drama íntimo para convertirse en pronunciamientos colectivos. Así es como, además de la historia que anuncia el título, además de la belleza de las estampas, además del compás visual, cualquiera podrá “leer” allí un diagnóstico del presente. Y también, en este caso, emocionarse y dejar la sala con los ojos llenos de cine.©

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