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por ROBERTO VALLE
En pleno siglo XXI, cuando las políticas coloniales en el mundo parecieran ser parte de un pasado lejano, existe sin embargo, un pueblo que lucha por defender su identidad cultural, el derecho al uso de su propia lengua, la ocupación, explotación y cuidado de sus territorios, y la obtención del reconocimiento definitivo de su existencia por parte del Estado Argentino. No es un país vecino. No es un pueblo extranjero. Es la Nación Mapuce. De ella se ocupa el documental homónimo de la realizadora suiza Fausta Quattrini. Con imágenes de profunda belleza, el filme pone en pantalla la compleja, paciente e inclaudicable lucha que el pueblo mapuce viene perpetrando en defensa de su “nacionalidad”, desde hace más de cinco siglos. La película de Quattrini, que no ignora la dimensión política de esa lucha, concentra su atención en las intervenciones que una parte de la Confederación Mapuce de Neuquén lleva adelante en pos de la recuperación de algunos espacios territoriales de Pulmarí (Departamento de Aluminé). Las tierras, que pertenecían a los pueblos originarios del lugar, y que el Estado nacional –primero, mediante la nefasta Campaña del Desierto y, luego, a partir de la expropiación lisa y llana, ejecutada por el primer gobierno peronista- “ganó” para el territorio argentino, hoy se encuentran “concesionadas” a empresas extranjeras o a particulares para su explotación (como es el caso del empresario italiano Domenico Pancciotto, dueño de un lugar de “descanso” para turistas, montado sobre el cementerio indígena de Piedra Pintada). Sin el dominio y control de esas tierras, a los mapuces les resulta casi imposible resguardar su cultura, sus tradiciones, sus prácticas sociales ancestrales y, sobre todo, asegurar la sobrevivencia como nación autónoma. Rodado a lo largo de cuatro años, el documental pone en relación dos elementos fundamentales de esta historia: por un lado, la batalla que la comunidad mapuce emprendió, desde la llegada de los españoles, con el objeto de mantener y hacer efectivo el manejo de sus tierras y, con ello, la administración de los recursos que les permiten sostener su nación. Esa batalla, que sufrió altibajos a lo largo de la historia, no se expresa hoy con las armas, sino con las herramientas políticas que brindan los Estados modernos, acompañadas de una convicción y una dignidad admirables por parte de las nuevas generaciones de mapuces. Por otro lado, se hace presente el origen y la filosofía de esa cultura, tan distinta a la “occidental y cristiana” que rige las acciones de la sociedad argentina. Lo uno y lo otro poseen un vínculo indisoluble en el que radica la naturaleza y el sentido de la lucha. La gran virtud del filme y, por ende, de su realizadora, es haber comprendido claramente el nudo de esa relación, y haber privilegiado el punto de vista de los protagonistas, por sobre la habitual lejanía “antropológica”. Así, los que tienen la palabra (en sentido literal y figurado) son los werkenes (portavoces) de la comunidad y no una voz en off explicativa de lo que vemos. No obstante, Quattrini se hace cargo del discurso político de su filme, a través de un montaje preciso y equilibrado que, con sutileza pero sin ambigüedad, va sembrando paso a paso las preguntas o cuestionamientos que la película pretende instalar en la conciencia del espectador. ¿Qué entendemos por “civilización”? En la práctica, ¿somos o no una sociedad racista? ¿Compartir un espacio territorial nos vuelve a todos “iguales”? ¿Qué tipo de “propiedad privada” estamos dispuestos a defender?, son apenas algunos de los interrogantes que se desprenden del documental y que, inducen a pensar que, la pelea que aún hoy libran los pueblos originarios que habitan Argentina, bien podría ser ejemplo de lucha de reafirmación de una identidad de la que, el conjunto de la sociedad, incluso la dirigencia política, podría imitar en vez de enfrentar.© |
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