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por RICARDO BULA
Ya en Peluca y Marisita se insinuaba un quiebre. Perrone seguía siendo Perrone. Pero el estilo, antes proclive a eventuales fragmentaciones, se hacía más fluido que nunca hasta entonces. También variaba el tono. Cierto desconsuelo y algo de melancolía -que siempre habían estado- se hacían más evidentes. No era él quien cambiaba, seguramente. El escenario que en 2001 se ofrecía era otro. Perrone, eterno cronista como gusta definirse, lo registraba. Un año después Late un corazón lo confirmaba. Esa entrañable película que hasta ahora no consiguió estreno comercial -sí pasar por el IV BAFICI- no cambiaba el espacio. Pero la Ituzaingó por la que deambulaban sus pibes se corría en ese momento hacia la otra punta. Un anciano era el que erraba por distintos ámbitos preparando el festejo de su cincuenta y cinco aniversario de casado. Y en esa correría -quizás la última- el sentimiento de Perrone se detenía en la puntillosa observación de medios, habitantes y nuevas prácticas sociales, infiriendo de una parte el todo. Con el mismo espíritu de delicadeza no pre-fabricada e idéntica, cálida penetración de mirada, concibió a continuación La mecha. Película ineludible, como todo Perrone. El protagonista es el mismo: Nicéforo Galván, su suegro. Aquí llamado Don Galván, a secas. Quien con sus ochenta y tres años al hombro y viviendo con "la vieja" -que anda por los setenta y nueve-, aislados ambos en la modesta casa de un monte cercano a Morón descubre que, llegando el invierno, no podrá combatir el frío con su viejo y familiar calentador a kerosén. La mecha no funciona y, apoyado en su bastón, saldrá a buscar el repuesto. Sereno, estoico, imperturbable. Excusa argumental de la que se vale el Perro para hacerlo circular desde allí hasta el regreso de un viaje improductivo: la mecha no se fabrica más, como él mismo es cosa del pasado. En tanto, con calma y paciencia provincianas, el hombre visitará a un vecino, se acercará a la ferretería de la que supo ser cliente, recorrerá una plaza convertida en sórdido mercado, se reencontrará con el yerno y su nieta, dominará el temor en una emboscada. Lo hará sobre una camioneta desvencijada, en colectivo, un remise o, simplemente, a pie. Mientras, la cámara seguirá a su lado mostrando usos, costumbres y los colores de esos barrios que al director le son tan usuales, se introducirá con pudor en negocios y hogares u hojeará un viejo álbum de fotos, reflejo de un pasado tan vencido e irrecuperable como ese calentador inútil. De paso, el sonido registrará las voces de diálogos -mínimos, cotidianos, reveladores- o los rumores callejeros -cercanos y lejanos-, ecos nunca amplificados de la vida suburbana que transcurre. Parábola comprensiva y amarga de un estado de situación -la solidaridad, el desempleo, la pobreza, el delito, una vida simple que se apaga- embargando a un país que también ha dejado de entibiar el frío de sus habitantes. Anécdota mínima y dibujo poderoso, el realizador -mito viviente, impensado precursor y referente ineludible de una cinematografía renovada- dibuja con sincera sensibilidad, elude por naturaleza todo artificio, capta estados de ánimo, describe circunstancias y puebla su relato de ternura. Sin enfatizar, como quien mira el paisaje, La mecha sale del corazón de Perrone para introducirse en el del espectador. Y el suegro Galván, como Galván, magnífico.© |
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