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por ROBERTO VALLE
Desde hace diez años, la Argentina padece una suerte de “fiebre del oro”. En rigor de verdad, lo que está sufriendo el país es un auge de la explotación minera a gran escala que, entre otras cosas, ha provocado graves perjuicios al bienestar, la salud y –sin ánimo de exagerar- el futuro de los argentinos. La dimensión del desastre ecológico generado por esa actividad en provincias como Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero o San Juan, supera ampliamente al que vienen denunciando los habitantes de Gualeguaychú, como consecuencia del establecimiento de las pasteras en costas uruguayas. Sin embargo, el interés puesto por los medios sobre ambos problemas es notoriamente desigual. ¿A qué se debe esa desproporción? La estafa económica que representa la modalidad de explotación que rige a la minería en nuestro país es claramente superior a la que se lleva a cabo –por ejemplo- con los subsidios a los ferrocarriles. En Catamarca, por caso, de cada cien dólares obtenidos por la empresa extractora, sólo un dólar con veinte centavos queda para la provincia. No obstante, no se nota en la prensa, ni escrita ni radial ni televisiva, la misma insistencia por acompañar las denuncias, en uno y otro caso. ¿Por qué será? No hay respuesta a estos interrogantes en La ganga, el documental que dirigió Lisandro Costa, cuyo guión e investigación previa comparte con el productor Sebastián Arcidiácono. Lo que hay, más allá de la denuncia, es una clara vocación contrainformativa. Es decir, La ganga persigue un objetivo claro y medular: contrarrestar el silencio –o la desinformación- producida por los medios masivos en torno a la cuestión minera. No es poco si se tiene en cuenta la magnitud del asunto y la urgencia por hallar una solución (los expertos calculan que la explotación habrá concluido en no más de veinte años, mientras que los daños ocasionados al ecosistema y a la población perdurarán por muchísimo más tiempo). Pero no es ése el único frente que cubre el documental de Costa. Además de la denuncia, el filme dedica buena parte de su metraje al registro de la lucha del pueblo de Esquel que, en un acto ejemplar de resistencia cívica, pudo torcerle el brazo a la realidad. En 2002, la empresa canadiense Meridian Gold intentó montar un proyecto de explotación minera en esa localidad chubutense. Los vecinos del lugar, informados de los daños que la concreción de tal proyecto iba a ocasionar en el medio ambiente, decidieron autoconvocarse y objetar su realización. Tras un referéndum, en el que más del ochenta por ciento de los votantes se manifestó por el “no”, y la presión ejercida sobre el poder político a través de la vía judicial, para que dicha consulta fuera vinculante, lograron frenar el avance de la empresa. En 2007, la comunidad obtuvo un fallo de la Suprema Corte de la Nación en el que se ratificó el amparo ambiental dictaminado por la justicia provincial. Así las cosas, es indudable que, ni los fines que persigue ni la intencionalidad con la que se expresa La ganga resultan cuestionables. Pero ¿qué hay sobre los medios? O, más precisamente, sobre la “forma” que adopta el documental para poner en imágenes y sonidos la denuncia y una campaña de concientización. En este sentido, cabe señalar algunos desacuerdos. Por empezar, acerca de la predominancia de cierta lógica televisiva por la cual “más es mejor”, en lugar de aquella otra -¿cinematográfica?- en la que “menos es más”. Acá la práctica del zapping, atenta contra la reflexión que, se supone, debería estimular en el espectador un filme como éste. El montaje desbocado de La ganga, en el que toda acción o testimonio aparece atomizado, se ajusta más al objetivo de “entretener” que al de “movilizar”. ¿Y qué decir del campo sonoro? El uso excesivo –y contraproducente- de la música, parece responder también a la preocupación por “llenar el espacio” que a la posibilidad de brindar mayor relieve a las imágenes. ¿Puede acaso el espectador comprender en su total magnitud el drama de esa madre que perdió a su hijo a causa del cáncer ocasionado por la mina, si su testimonio está obligado a competir de igual a igual con una música “de fondo” que fuerza los sentimientos de quien da y de quien recibe dicho testimonio? La manipulación no es el camino indicado –al menos no el más digno- si lo que se pretende es operar una genuina transformación en el espectador. El cine (documental o no), tiene la delicada tarea de desarticular con su discurso el de los medios. Difícilmente pueda lograrlo si se deja cautivar por las prácticas audiovisuales que éstos emplean.© |
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