Octubre 2008

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2008. 245 min.

Dirección y Guión:
Mariano Llinás.

Producción:
Laura Citarella.
Fotografía:
Agustín Mendilaharzu.

Montaje:
Alejo Moguillansky y Agustín Rolandelli.
Sonido:
Rodrigo Sánchez Mariño y Nicolás Torchinsky.
Música:
Gabriel Chwojnik.
Producida por:
El Pampero Cine e I.Sat.

 

Esta película
la podés ver en:

Malba.
Teatro 25 de Mayo.

 

 

por ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ

 

El mundo de la cultura, el cine también, está lleno de etiquetas; espacios que hay que llenar. Siempre me llamó la atención, en este sentido, el uso que la jerga de los medios le da al término “contenidos”: hay departamentos, secciones, gerentes y responsables de contenidos… ¿Y el resto qué hace? Los que no “hacen contenidos”, ¿hacen continentes? Lugares vacíos, tarea de demiurgos: hacen nada. O acaso regulen las nadas que ya circulan y esa nueva y peregrina “inexistencia” que aumenta el catálogo: los formatos. Como sea, estamos rodeados de una ionosfera de cosas previstas. Moldes que llevan y traen, siempre más o menos lo mismo, una y otra vez.

Siguiendo ese orden, se podría decir (sin decir nada) que el nuevo film de Mariano Llinás “está llamado a ser el acontecimiento audiovisual del año”. Donde “acontecimiento audiovisual” bien podría funcionar como ese molde, también previsto, al que se le permite cierto exceso, como una excrescencia del cine. Pero lo cierto es que a Llinás nadie lo mandó llamar y, en caso de que alguien lo hiciera, seguramente, él no respondería. No por falta de respeto o ingratitud. Se trata de otra cosa.

Es que la primera sensación que deja la visión (completa) de Historias extraordinarias es la de una enorme libertad. El mega-film artesanal de Llinás no está llamado a ser nada ni quiere que lo llamen, quiere que lo dejen en paz. Así es como funciona, así vive, tiene su propia lógica, no sólo su propia sala. Seamos más modestos: Historias extraordinarias, “La película argentina más interesante del año” no comparte casi nada con el resto de la producción que la rodea. Hasta cuesta sostener que sea la más interesante, cuesta compararla con algo. ¿Será eso una buena o una mala noticia para el estado actual del cine argentino?

Historias extraordinarias dura doscientos cuarenta y cinco minutos y tal vez ésa sea su característica menos extraordinaria. Una mala noticia después de todo ya que, pese a sus cuatro horas y fracción, el film, indefectiblemente, termina. Es que la segunda sensación que deja la visión del nuevo film de Mariano Llinás es la de una enorme felicidad. Pasada la fascinación de ese presente que se prolonga frente a la pantalla, nos abraza una súbita nostalgia. Qué bello hubiese sido un rato más de eso. La extensión tan fuera del canon (la película no es “demasiado larga”, eso está claro) no reviste aquí un funcionamiento poético. No es ese tiempo de la imagen que se impone para hacer nacer sentidos de su duración. No es uno de esos monumentos del plano secuencia en busca de un extatismo metafísico de la mano del tiempo real. Aquí lo que prima es la peripecia. Y si los minutos se acumulan es porque cada uno de ellos resulta necesario para perseguir a cada personaje y saber qué les va a suceder luego. Si hay un fantasma que cubre el film es el de perseguir la utopía de una aventura eterna.

Como cada vez que en el cine ocurre algo relevante, las categorías de análisis deben ser revisadas para enfrentarlas con éxito a la nueva experiencia. Lo interesante que se puede decir sobre Historias extraordinarias no se ajusta a las herramientas críticas en uso. Se puede decir que la fotografía en video digital sobre espacios abiertos resulta todo un hallazgo. Que el uso de la voz over, ante la ausencia casi total de diálogos, adquiere una dimensión pocas veces vista. Que varias de las interpretaciones consiguen un tono finísimo sin imponerse nunca como centro de atención. Los aciertos se pueden acumular sin mayor importancia, se trata de una película extensa. De pronto, se podría pensar una lectura del film anclada en un par de denuestos recibidos. Se escuchaba en los pasillos del BAFICI X (el film formó parte de la competencia nacional y se llevó el Premio Especial de un jurado un poco mezquino) que la película era muy “localista” y “poco cinematográfica”. Acaso ambas cosas sean ciertas, de ahí su belleza, su singularidad.

Primero lo primero. Siguiendo cierta lógica espacial inaugurada por Balnearios, Historias extraordinarias transcurre (casi) íntegramente sobre la geografía de la pampa húmeda, ese accidente natural que casi se deja describir por el contorno de la provincia de Buenos Aires. Algo así como el patio de atrás de varios de los lugares visitados en su opera prima. El encuentro de Llinás con “la provincia” puede ser localista pero nunca costumbrista. “El campo”, esa patraña acuñada por el sentido común y subvencionada (últimamente) por un periodismo irresponsable, para Llinás no existe. En su lugar se despliega un territorio atravesado por subjetividades de tan variado cúneo que no alcanzaba un film para dar cuenta de ellas: había que improvisar una enciclopedia. Como se puede leer en el prólogo que acompaña la exhibición en el Malba, firmado por el director, hay algo de autobiográfico en esa elección del territorio. Antes que localista, pensada para unos pocos que comparten una cultura en común, Historias extraordinarias es personalista, pensada por y para uno solo. Pero se trata de un extraño caso de personalismo altruista que, increíblemente, no se convierte en demagógico. Para la historia de estas latitudes eso sólo ya es un milagro. El film es la puesta en acto del universo de un lector. ¿Habrá algo más íntimo para poner en acto? ¿Habrá algo más personal que nuestras lecturas? Llinás es una especie de lector profesional, eso ya es un dato conocido, basta con revisar alguna entrevista o haber visto Budín inglés, biodrama de Mariana Chaud estrenado en 2006 sobre la vida de cuatro lectores porteños, uno de cuyos personajes está basado en él.

De cómo el universo de un lector llevado a imágenes que pululan por más de cuatro horas no se convierte en literatura filmada, de eso sólo puede dar cuenta la experiencia de ver la película completa. En efecto, si Historias extraordinarias puede resultar “poco cinematográfica” es porque está haciendo un uso novedoso del cine en términos traspositivos: está tomando contacto con la literatura pero por un camino inusitado. El film no se está haciendo cargo de un libro ni de muchos, sino de su lector. El risueño mundo de Historias extraordinarias no proviene de la literatura, que es un país mucho más serio, sino de la fantasía desatada de quien ya ha leído demasiado.

Condenada a arar en el mar (como Invasión, Picado fino y un puñado de películas argentinas imprescindibles que no dejaron descendencia), la de Llinás tampoco hará mella en la escena local. Porque los modos de financiación son otros, porque las formas de trabajo son otras, porque las historias que “vale la pena sean contadas”, Dios libre y guarde, son otras. Historias extraordinarias es una anomalía conciente que juega a salirse de los moldes pero no por ello es menos crítica. Contrapelo explícito del más rancio nuevo cine argentino, al ensimismamiento de una generación, Llinás lo enfrenta con un hedonismo que derrocha inteligencia, un culto a sí mismo. Frente al hecho consumado, fugaz, irrepetible, disfrutemos del desahogado capricho de uno que se salió con la suya y nos regaló un generoso racimo de historias (vaya antigüedad) por el mero placer de contarlas.©

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