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por MARÍA IRIBARREN
Un día de junio de 2002, los dueños de Grissinópoli abandonaron la fábrica de grisines que, en 1964, había fundado Carlos Savio. Ese día, los dieciséis obreros de la panificadora decidieron cambiarle el signo a los nueve meses de salarios adeudados. Embistiendo la propia inexperiencia, convirtieron el estupor de la renuncia patronal en una autoconvocatoria a la acción. Las alternativas de esa jornada crucial abren la película de Darío Doria quien, aplicando una cámara casi fantasma, acompañó al grupo hasta la formalización de la Cooperativa de Trabajo "La Nueva Esperanza", en noviembre de ese año crítico. Entre el comienzo y el fin del rodaje, se sucedieron ocho meses en los que el equipo de realización documentó los vaivenes de una resistencia aplomada, dramática y urgente, escandida por las discrepancias internas, la necesaria socialización del conflicto y las nuevas amistades y enemistades ganadas. En este sentido, el relato de Doria permite reconstruir, hasta en los detalles más íntimos, la experiencia de Ivana Agüero, Pedro Gómez, Dante Aguilera, Andrés Monserrat, Adriana Blanco, Ana Moya, Pablo Baudino, Marcela Ojeda, Osvaldo Canullán, María Pino, Juan Castro, Norma Pintos, Alfredo Correa, Alicia Prieto, Alfredo Fonzo y Julio Vega. Las primeras vacilaciones, las certezas finales, el espectro ideológico que debatió el caso en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. A través de un registro que subordinó sus tiempos a los de la controversia jurídica, económica y emocional de cada uno de los protagonistas, el director da cuenta de la aptitud política de las herramientas cinematográficas. La morosidad de los primeros planos, el fuera de campo, la atinada musicalización, la cámara en permanente estado de alerta, nutren la crónica de un conflicto que, en sus fundamentos, resume la devaluación institucional que lo hizo explotar y que, en algún momento, disparó la búsqueda de oficios de reparación originales. Montadas una sobre la otra, la anécdota de Grissinópoli y la película de Darío Doria (responsable, además, de la fotografía y la edición) y Luis Camardella (coproductor y autor del guión), se indiferencian en sus efectos. La primera, resultó una forma inusual de justicia por mano propia. La segunda, un ejemplar contundente de cine puesto en acto. Al cabo, en el cruce de ambos acontecimientos (el social y el cinematográfico) quedan reflejadas una época, una voluntad y un horizonte que no serán ajenos al espectador. Tras la sanción de una ley que le cedió el uso transitorio de la marca "Grissinópoli", las maquinarias y el inmueble de la calle Charlone 55, la Cooperativa de Trabajo "La Nueva Esperanza" recuperó el 75% de los clientes, ganó otros nuevos y puso al día el pago de los servicios públicos y las cargas sociales. Además, incorporó personal, refaccionó y pintó la planta, puso en funcionamiento el camión de repartos, modernizó la administración, inició el análisis de una segunda línea de producción y la apertura de más puestos de trabajo. En virtud de estos logros, en noviembre de 2004, los trabajadores de Grissinópolis obtuvieron la expropiación definitiva de la fábrica.© |
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