Argentina / Francia.
2005. 86 min.

Dirección:
Albertina Carri.
Guión
:
Albertina Carri y Santiago Giralt.

Producción:
Pablo Trapero y Barry Ellsworth.

Fotografía:
Guillermo Nieto.

Montaje:
Rosario Suárez.
Sonido:
Jésica Suárez.
Música:
Edgardo Rudnitzky.
Producida por:
Matanza Cine, Fireball Pictures y NQVAC.


 

por MARÍA IRIBARREN

 

Puntos de fuga, desplazamientos incesantes. Tal es el principio constructivo que formatea las películas de Albertina Carri. Movimientos nerviosos que tienen su correspondencia en la textura visual, gruesa e inestable, que la directora suele imprimir a sus filmes.

Sin embargo, en Géminis, la destemplanza de la imagen fue sustituida por la docilidad de la seda (si es que ese material tiene alguna potestad figurativa) y un notable virtuosismo en la composición de escenas, planos y encuadres. De una forma u otra, así luce el tercer largometraje de Carri, una directora que filmó mucho más que eso, antes y después de esa película capital para el cine argentino que fue (y es) Los rubios (2003).

Como en su filmografía precedente, en Géminis, Carri explora los andariveles abismales en los que se columpian los vínculos domésticos. Esto no es exactamente así. En rigor, la historia se centra en Meme (María Abadi) y Jere (Lucas Escariz), dos hermanos que mantienen una relación amorosa de la que no se informan los detalles.

Mientras el espectador participa del secreto que la familia desconoce (¿o esquiva a conciencia? ¿O prefiere desatender?), sucede lo más nutritivo del filme. Para empezar: la indolencia (casi cómplice) de padre, madre, tíos y hermano en torno a un enamoramiento que arraiga en el seno de la historia familiar.

La clave de la controversia, la proporciona una foto de infancia, que Meme encuentra de manera azarosa, olvidada en un cajón. En la imagen, se distingue a ella junto a Jeremías cuando aún eran niños y el amor (alentado porque sí, como se alienta el amor entre hermanos de sangre) no había asomado a la zona de proscripción. He ahí el dato que anuda la trama. Trama que, por otro lado, antes que deliberar acerca del incesto (para censurarlo o legitimarlo), escoge dispararse hacia el análisis del infortunio que fomenta la convención familiar.

Al empuñar el retrato frente a la cámara, Meme se transfigura y en esa mueca -casi imperceptible pero anegada de dramatismo- derrama la añoranza de una edad en la que el encuentro físico con Jere era irrestricto y, por eso mismo, objeto de celebración y perpetuación fotográfica.

Es en esa escena crucial que explotan las preguntas. ¿Cuándo fue que atravesaron el límite de lo permitido? En todo caso, ¿pasaron ese límite alguna vez o, naturalmente, aquella devoción infantil dio lugar al arrebato juvenil que ahora los consume y los confina al oportunismo de la soledad hogareña?

Por supuesto, la película no responde ninguno de los interrogantes. Por el contrario, la intención de no responder queda enfatizada (e integrada al argumento), cuando la madre profiere un grito amordazado, en el momento que descubre la transgresión.

Como en toda fábula (aunque ésta prescinde de la moraleja), la historia del amor prohibido es sólo un pretexto para indagar (y exhibir con belleza inusitada) lo siniestro que anida en los lazos de sangre, según una estructura narrativa que replica la forma, los acentos y la coloración de la tragedia clásica. En este sentido, Albertina Carri juega el suspenso a la manera de un drama anunciado pero, fiel a sí misma, a último momento abandona el canon y resuelve el relato mediante un desenlace impreciso.

A pesar de la potencia visual y narrativa de la anécdota de Meme y Jere, en Géminis abundan las referencias incestuosas que, como círculos fatales van envolviendo a Lucía (Cristina Banegas) hasta arrojarla contra la verdad candente. Fuera de paréntesis es justo destacar la interpretación de Banegas, quien hace transitar al personaje de la madre, de la caricatura al esperpento alcanzando un compromiso físico y gestual, francamente, perturbador.

Una mujer que vocifera hasta saturar el silencio. Un hombre que calla para borrar las huellas de la palabra. Un joven que se aparta de y regresa al hogar paterno (al que endosa una esposa extranjera) vacilando entre el desenfreno y la insatisfacción. Dos adolescentes que estrenan el amor y el desencanto en su circunstancia más dolorosa. He aquí algunos de los tópicos que circundan la peripecia de Géminis y la convierten en una película inagotable, preciosa y radical.©

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