Agosto 2007

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2006. 100 min.

Dirección:
Diego H. Ceballos.
Productores:
Juan Domínguez y Marcelo Otero.

Fotografía:
Facundo Echeguren.

Cámara:
Diego Moschini y Rodolfo De la Casa.

Edición:
Sebastián Romano.
Sonido:
Jorge Fortes.
Música original:
Carlos Abriola y Sebastián Romero.
Producida por:
Ancho Camino Films.

 

por ROBERTO VALLE

 

Precisión, claridad, mesura, rigurosidad, son algunas de las virtudes que se le pueden atribuir al tercer largometraje documental de Diego Ceballos (Héliox, 1999 y Afroargentinos, 2002), además de evidente compromiso con la verdad y la justicia.

Fusilados en Floresta es, como su título lo indica, una crónica documentada del fusilamiento de tres jóvenes, perpetrado por el ex sargento primero Juan de Dios Velaztiqui, en el barrio de Floresta la semana siguiente a las convulsionadas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Los hechos, comprobados en el juicio en el que se condenó al ex policía a la pena de reclusión perpetua por encontrarlo autor material del triple homicidio, dan cuenta de un acto de salvajismo inexplicable pero, a su vez, con claras raíces en el pasado cercano de nuestro país.

La madrugada del 29 de diciembre de aquel año del “argentinazo”, Maximiliano Tasca, Cristian Gómez y Adrián Matassa (de no más de veinte años), se encontraban tomando una cerveza en el minibar de una estación de servicio mientras veían por televisión imágenes que daban cuenta de la golpiza propinada a un policía por un grupo de manifestantes, durante una de las tantas revueltas de esos días.

Ante el hecho, uno de los jóvenes expresó su aprobación y, acto seguido, Velaztiqui –que cumplía funciones de custodio en el lugar- disparó a quemarropa contra los tres muchachos. Dos murieron en el acto, el tercero horas más tarde, en el hospital. Ceballos reconstruye, bajo la forma de un relato ordenado que hace pie en el testimonio de los padres de las víctimas, el único testigo del episodio (una empleada del bar) y la opinión de terceros (abogados, sociólogos, funcionarios y periodistas), la manera en que se sucedieron los hechos, como si se tratara de una historia de ficción.

La subjetividad emotiva se mezcla con la objetividad de las pruebas, de modo tal que la mera documentación del “caso” va induciendo, sutilmente, la movilización del espectador.

De gran importancia es, en ese sentido, la contundencia y el poder de síntesis que revisten esa suerte de videoclips con los que abre y cierra el filme, articulando magistralmente imágenes y música (Represión, de Los Violadores). Primero, para dar cuenta del contexto socio político en el que se produjo el fusilamiento y, luego, para hacer evidente la naturaleza criminal y represiva de las fuerzas de “seguridad” que actúan, desde siempre, como brazo armado del poder político.

Velaztiqui participó activamente durante la época del Proceso (fue chofer de Videla y se vanagloria de haber formado parte del Operativo Independencia en Tucumán). Su “formación” como policía, fue impartida por la más terrorífica maquinaria de represión que jamás haya conocido la historia Argentina. Allí reside el mayor acierto de Ceballos: trazar una línea de continuidad entre el accionar represivo policial del 19 y 20 –y después también, ya que no hay que olvidar lo que pasó, por ejemplo, en junio de 2002 con Kosteki y Santillán en Avellaneda- y aquellos años de plomo. Sin ese nexo comunicante, hubiera sido imposible comprender la naturaleza de estos casos de “gatillo fácil”, un eufemismo periodístico que no alcanza para alivianar el peso de fusilamientos genuinos.

La lucha de todo un barrio (encabezado por los familiares de los jóvenes asesinados), decidido a no ceder esta vez ante la impunidad, logró que, en 2003, se hiciera justicia. El trabajo de Diego Ceballos es mucho más que un registro de ese largo y penoso proceso. Es un llamado a la reflexión: habrá que perder el miedo y entender de una vez por todas, que los casos como el de Floresta no son “errores” del sistema, sino engranajes funcionales al mismo. Las madres y los padres de Maxi, Cristian y Adrián lo entendieron, aunque a un precio muy alto. Porque, como dice uno de ellos en un pasaje del filme: “Cuando perdés un hijo, le perdés el miedo a todo”.©

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