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por ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ
Puesta en la cartelera, allí entre los otros estrenos que acumula el 2008, Extranjera -tercer largometraje de la realizadora argentina Inés de Oliveira Cézar-, resulta un poco desconcertante. Hay algo que parece no estar en su lugar, algo que “hace ruido”. Hay que decir que los límites de las cinematografías nacionales, tácitos o abiertamente reglamentados, se ubican entre los más prescriptivos del mundo del arte: ése al que el cine pertenece y no pertenece. Entre lo permitido, lo deseado y lo que el otro espera que se produzca, se van delineando para aquéllas, perfiles muchas veces inauditos. Para una cinematografía periférica como la nuestra, la mirada del otro (los festivales, los distribuidores, los fondos varios de promoción, un corto etcétera), resulta capital. Es que en esa negociación se juegan imaginarios enteros. La perplejidad que produce Extranjera, el ruido, tiene que ver con la preexistencia de este canon, de esos límites consensuados para el cine nacional. Sucede que ellos le son completamente ajenos al film de Oliveira Cézar. De un modo similar a su protagonista (una Ifigenia erosionada por los elementos), la película también es extranjera en su propia tierra. Es cierto que no hay un valor intrínseco en la mera heterodoxia. La búsqueda también puede ser infructuosa, siempre es un riesgo. Pero cuando el provincianismo del cual se intenta huir es tan agobiante, cualquier experiencia resulta bienvenida. Aunque Extranjera no sea cualquier experiencia, sino una en particular, ardua, áspera, difícil de ver, exigente. La historia que se cuenta pertenece al archivo de Occidente: una versión libre de Ifigenia en Áulide, que al comienzo un cartel comunica. Ese cartel va a resultar fundamental para el anclaje de la historia, desarrollada con particular laconismo. La clave es la libertad que el film se adjudica. Gran parte del carácter proteico de la dramaturgia clásica radica en que sus valores narrativos se pueden traspolar a cualquier experiencia posterior, sin mayor perjuicio. Allí estarán los clásicos, siempre, para dar cuenta de todos los males de este mundo. Extranjera es, en efecto, una versión libre del relato de Eurípides. Libre de color local, libre de la coyuntura política, libre de los menesteres del cine (esa colección de lugares comunes), libre de la necesidad de adaptar. Es, en definitiva, una versión pobre de la tragedia, en el sentido que Grotowski forjó para ese término en el ámbito del teatro: autárquica, sígnicamente económica, apuntalada por poderosas interpretaciones. De poco sirve aclarar que las acciones se desarrollan en algún de Córdoba: es una mera locación. La historia sucede en el lugar que el drama requería: la piedra desnuda y sedienta de Traslasierra. Todo lo que resultaba accesorio fue quitado. Puesta en la historia del cine nacional, allí entre centenares de epígonos de la mezquindad mercantilista y el populismo más rastrero, Extranjera sobresale con creces por la dignidad de sus recursos y la inteligencia de su propuesta.© |
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