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por MARÍA IRIBARREN
Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) son hermanos, opuestos y complementarios. Crecidos en el seno de una familia londinense estándar, mantienen un nivel de vida bastante más alto que el de un hogar semejante en cualquier otra capital planetaria. Antes de indagar sobre los rasgos particulares de cada uno y la relación que Woody Allen pensó para ellos, hace falta aclarar que ambos hermanos se profesar un amor recíproco. Es al comienzo del filme que, entre otras cosas, deciden aunar ahorros y anhelos particulares y compran un yate de segunda al que bautizan “El sueño de Cassandra”, que también es el título de la película. Lo cierto es que Ian y Terry son distintos tanto como el porvenir que se espera de ellos. Mientras Ian explota el mito del talento especulativo y la elegancia congénitos (de hecho sus padres depositaron en él la última quimera de un futuro venturoso), Terry se sumerge en la compulsión al juego de cartas y responde al mandato del “genio para nada”. La lógica que aplica Woody Allen para describir el vínculo entre los hermanos (y trazar, de paso, el sentido simbólico, funcional, que guía el desempeño de ese parentesco) es más o menos así: lo que para Terry son “deudas de juego”, para Ian representa “una fuerte inversión hotelera”; si Terry se ensucia las manos arreglando motores de autos caros, Ian se las lava para manejarlos; si Terry es presa de la culpa propia del neurótico, Ian exhibe la ambigua liviandad del histérico. Casi puede afirmarse que Ian y Terry son la síntesis del pensamiento occidental básico (un hermano es platónico, el otro es aristotélico, uno pragmático, el otro idealista) sobre el que Allen va a pronunciarse en este filme como en ningún otro lo ha hecho hasta ahora. Sin embargo, Allen en vez de enfrentar a los hermanos entre sí (el tópico del Otro que el director exploró en La otra mujer, Ana y sus hermanas, Miranda y Miranda, entre otros filmes), pone a los dos ante un dilema que ocupará la función del “tercero en discordia”. Así es como resuelve el caso (de género policial) a través del número tres que, se sabe, es el número de las grandes tragedias. Lo fue para los griegos (Cassandra, incluso, protagonizó varios triángulos que decidieron su identidad desvariada y su suerte en consonancia) y para los cristianos que presumieron del carácter trascendental de la trinidad. Con El sueño de Cassandra, Allen vuelve al ensayo existencial, a la puesta al día del estado de la subjetividad aunque con un escepticismo agravado. La amenaza que va a enrarecer la vida de los hermanos, servirá para repasar las tecnologías mediante las que la cultura des-moraliza los actos individuales. La imputación, esta vez, va a recaer sobre el linaje, no como anécdota argumental sino como señalamiento de una estructura que propicia la acción criminal. El plano secuencia que envuelve a los hermanos y el tío, guarnecidos de la lluvia bajo los árboles, discutiendo un asunto que el espectador no alcanza a oír, es el equivalente a Allen susurrándonos al oído la familia mata. Renglón aparte merecen las intensas interpretaciones de Colin Farrell y de Ewan McGregor que demuestran que la dirección de actores no es un aspecto menor en la construcción del verosímil cinematográfico. En ese sentido, Woody Allen sigue dando muestras de una destreza y una escrupulosidad incomparables.© |
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