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por ADRIÁN PÉREZ LLAHÍ
En los estertores del 10º BAFICI, se estrenó la última obra de uno de los (viejos) hallazgos de ese festival porteño: Naomi Kawase, acaso una de las texturas más interesantes del cine actual. Genial exponente de un cine atmosférico, hecho de impresiones de luz y sonido, lindante con la "antinarración". La historia, en este caso, no podía ser mas pequeña: por circunstancias aparentemente azarosas, un viejo se interna en el bosque junto a la trabajadora social que lo tiene a su cuidado. El film es esa aventura mínima y su solapada consecuencia. Shigeki y Machiko (anciano y cuidadora), se comunican con escrúpulos, ambos cargan con una enorme pérdida que parece haber molido sus vidas. Ahora la naturaleza es la que vela por ellos. También podríamos señalar —como el título internacional parece advertir—, que es la naturaleza la verdadera protagonista del film, presente en cada escena, desdoblándose con una vibración especial y haciéndose cargo de la insinuada narración. Allí es donde otro contemporáneo resuena sin dudas: Apichatpong Weerasethakul. Aunque sin ese raro dinamismo que el tailandés aplica para volver superflua la frontera entre el campo y la ciudad, y conmover con su estilo elegante y refinado. Sobre una atmósfera similar, el juego de Kawase es otro: radica en el especial relieve de su cámara crispada, que parece poseída por una hipnótica inquietud. Vacilando con increíble tino entre la autonomía más urgente y la total sujeción a los leves sucesos que el cuadro revela. En este sentido, tal vez sea la realizadora japonesa una de las que mejor haya sabido capitalizar esa suerte de moda intelectual que agobia la producción actual con variadas tensiones entre la ficción y el documental. A ese nuevo tópico del “cine de arte y ensayo”, Kawase lo convierte en una consolidada poética personal y gesta una filmografía que está sucediendo ahora y merece ser atendida con los cinco sentidos.© |
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