Argentina, Francia.
2003. 91 min.

Dirección:
María Victoria Menis.
Guión:
María Victoria Menis y Alejandro Fernández Murriay.
Fotografía:
Marcelo Iaccarino.
Montaje:
Alejandro Brodersohn.

Música:
Diego Rolón.

Sonido:
Adriano Salgado.
Producción:
Héctor Menis, Gabriela Schmid, Sophie Dulac y Michel Zana.
Producida por:
Todo Cine y Sophie Dulac Productions.

 

por SILVIA ANGIOLA

 

Esta es la historia de alguien que a primera vista no parece tener una historia. Uno de esos chicos con la edad apropiada para empezar a meter miedo, que se bajan del tren cuando el guarda pasa picando los boletos, que toman los restos de soda de los sifones, que se roban la propina en los bares y que fuman los puchos que otros tiraron. Vive al día y su futuro está casi tan encharcado como los campos que va atravesando el tren que lo lleva a cualquier parte, lo mismo da. Seguramente nunca tuvo oportunidad de ver el paisaje pampeano cuando era un desfile interminable de verde y ocre donde se perdía la mirada. Es la historia de un chico, Félix, que prácticamente no es nadie.

Cuando Félix acepta trabajar por casa y comida en la chacra de Roberto y Mercedes, uno podría prever el clásico triángulo del hombre joven desplazando al marido rechazado. Nada de eso, hay una historia de amor pero es más excepcional. Félix va a encontrar su razón de ser en un bebé con el autóctono y abarcativo nombre de "Chango". La primera vez que la madre se lo pone en los brazos, el Chango se aferra a la ropa de Félix y no quiere soltarlo, gesto que él interpreta como un pedido de protección, como el reclamo de un compromiso verdadero. Es que hay violencia en medio de ese paisaje tan idílico: Roberto, resentido y desencantado, vive emborrachándose, cada vez más inútil y cruel. Mercedes se hunde en la depresión y se empequeñece cuando sus mudos pedidos de ayuda no encuentran respuesta. Félix, el desamparado, el marginal, tendrá que asumir el papel de padre y madre del Chango. Lo alimentará, lo cambiará, lo acunará hasta que se duerma. Testigo que no juzga ni interviene, se convertirá en un muro decidido a impedir que la brutalidad y el abandono alcancen al bebé. Sólo cuando las cosas ya están tan mal que Félix sospecha que la vida del Chango puede correr peligro, hace por instinto lo que la madre no se atrevió a hacer: roba el dinero de Roberto, roba al bebé, y se va para Buenos Aires.

La ciudad se presenta mucho más apabullante y ruidosa que el campo pero también tiene sus predadores y sus presas y Félix no es más que un chico solo con una responsabilidad enorme y ninguna opción. No tiene nada para dar y se da a sí mismo por completo para mantener el universo perfecto del Chango en medio del caos. Todo el amor del mundo no lo va a hacer más fácil: Buenos Aires tiene mecanismos de exclusión muy aceitados y la capacidad de hacerle sentir la misma violencia que dejó atrás pero multiplicada infinitamente.

Encontrar a Félix mientras él se encuentra a sí mismo es la experiencia más fuerte y conmovedora de la película. Al principio tímido y parco, apenas musitando "gracias" por cada cosa que recibe, se iluminará por dentro cuando empiece a relacionarse con el bebé, será capaz de cantar, de jugar, de expresar una gran ternura. Desde que llega a la chacra se le presentan imágenes de un tiempo lejano en el que fue feliz y se sintió seguro: a medida que su pasión por el Chango se intensifica, Félix va recuperando su propia infancia y puede reconstruir la figura de la abuela que lo crió. El amor recibido persiste y se retransmite. En Buenos Aires Félix se mostrará maravillado con el mobiliario de una pensión barata y quebrantado cuando tenga que dormir con el Chango en una plaza. Su imagen repetida sosteniendo al bebé contra el pecho o alimentándolo con gracia y soltura es una visión definitivamente inusual de la masculinidad.

Leonardo Ramírez conduce con gran sensibilidad y talento a su Félix a través de todas estas transformaciones. Darío Levy, siempre idóneo para los personajes límite, compone sin desbordes al marido destructivo que es una víctima más.

El Cielito es una película llena de delicadeza que elige sugerir antes que imponer. Sin embargo, el significado no se escurre, más bien se dilata hacia múltiples interpretaciones: la orfandad de un niño, la mengua callada de un pueblo, el abandono de un país, la violencia exacerbada contra los inocentes, la necesidad de protección de todos. Y la capacidad de entrega, honesta y directa, que cuando está, está, sin necesidad de intermediaciones ni debates. Sin resonancias y donde menos se la espera.

En algún punto de la película Félix, que no es nadie, se convertirá en un héroe inmenso, formidable, puro.©

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