Marzo 2008

 

 

 

 

 

 

 

The Disappeared
Estados Unidos.

2007. 96 min.

Dirección y guión:
Peter Sanders.
Producción:
Peter Sanders, Agustina Manfredi y Lucas Akoskin.

Fotografía:
Peter Sanders.

Edición:
Matt Spewak, Peter Sanders, Barry Malkin y Sean Glassman.
Sonido:
Agustina Manfredi y Hernán Camihort.
Música:
Gustavo Beytelmann.
Investigación
:
Marcelo Blanco.
Producida por:
Eight Twelve Productions.


 

por MARÍA IRIBARREN

 

Uno de los debates, a mi parecer, irresuelto a pesar de estar amarrado a la experiencia histórica y audiovisual cotidiana, es el que tiene por objeto al cine (la imagen) documental. En concreto, se trata de dos posiciones: por un lado, la que defiende el registro directo como herramienta de intervención política y confía en la eficacia coyuntural de la pedagogía cinematográfica “de izquierda”; por otro, la que reivindica para la composición audiovisual una cierta distancia reflexiva, una edición racional que, incluso, se sirva de licencias artísticas, como procedimiento que, necesariamente, diferencia la imagen así concebida de la planicie monológica que propone la TV.

Burlándose de ambas, a veces, el azar impone sus propias reglas. Ocurrió en 2002, cuando las irlandesas Kim Bartley y Donnacha O'Briain viajaron a Caracas, a entrevistar a Hugo Chávez. Involuntariamente, su cámara resultó el “único” testigo de la operación golpista perpetrada por la derecha venezolana, con el apoyo de las cadenas noticiosas, nacionales e internacionales. Así es como las realizadoras editaron La revolución no será televisada y el mundo pudo “ver” las alternativas ciertas de esa asonada, además de apreciar el nivel de manipulación que sufre la imagen (¿la realidad?) hasta que es transmitida por la TV.

El caso de Desaparecido (The Disappeared) de Peter Sanders se le parece. Cuando el realizador visita Buenos Aires en 2003, un joven que había sido robado por militares se reencuentra con su familia biológica. Era Horacio Pietragalla. La noticia se convirtió en un corto que, en viajes sucesivos, Sanders documentó, recontextualizó y enriqueció hasta concretar su opera prima en formato largometraje.

El hecho de que, para el espectador local, el punto de vista de Sanders pueda resultar “raro” (¿foráneo, ingenuo, higiénico?), reabre el debate en torno a ciertas imágenes que, como consecuencia de repeticiones incesantes o de haber sido exhibidas en contextos de vago tenor ideológico, parece que han perdido fuerza performativa.

En este sentido, no es casual que la estructura testimonial de Desaparecido gire en torno a un único protagonista: Horacio Pietragalla, apropiado por un militar que dio su “tenencia” a un matrimonio que le ocultó su verdadera identidad.

Ese relato autobiográfico es el principio constructivo de la película, alrededor del cual Sanders pegó los otros alegatos obtenidos, de forma tal que la circunstancia de esa vida no resultase, otra vez, “desaparecida”. Es necesario articular este procedimiento con el título del filme ya que, entre uno y otro, se anuda la dimensión ética del propio realizador, su interés en servir a una reparación necesaria del enunciado “desaparecido”.

Bajo esta perspectiva se comprende mejor la versatilidad testimonial que muestra Sanders. Versatilidad que, así como elude el maniqueísmo, valora la exposición pública de una experiencia y la definición ideológica frente a los hechos aberrantes cometidos por militares, fuerzas de seguridad y cómplices civiles, entre 1976 y 1983.

Esta osadía es lo más valioso del filme y, sin querer, lo que lo convierte en la película de “un gringo”. Es que todavía son escasas las películas y los realizadores nacionales —sobre todo en el terreno documental— que expresen tanta confianza en su herramienta y, luego, en el espectador.©

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