Mayo 2008

 

 

 

 

 

 

 

Argentina/Francia.
2008. 90 min.

Dirección:
Lucía Cedrón.

Guión:
Lucía Cedrón, Santiago Giralt y la colaboración de Thomas Philippon-Aginski.
Producción:
Lita Stantic y
Serge Lalou.

Fotografía:
Guillermo Nieto.

Montaje:
Rosario Suárez.
Sonido:
Guido Beremblum y Víctor Tendler.
Música:
Sebastián Escofett.
Producida por:
Lita Stantic Producciones, Les Films d'Ici y Goa Films.


 

por MARÍA IRIBARREN

 

Anotación previa. El fuera de campo es un recurso propio del cine. Sin embargo, también podríamos entenderlo como la reflexión que el cine inaugura acerca de la representación del mundo real. Quiero decir: cualquier persona acostumbrada a mirar películas, después de cierto tiempo, termina entendiendo que el mundo que el cine pone en pantalla transcurre, también, en el más allá del territorio visual enmarcado en esa superficie. Y que esa zona invisible es caprichosa y personal. Es decir, en ella se mezclan, se superponen, se contaminan, las imágenes que la película evoca voluntariamente y las que el propio espectador (aún involuntariamente) pone a jugar en el repertorio de lo real.

La anotación es relevante para entender la lógica narrativa de Cordero de Dios, la última película de Lucía Cedrón (la primera en largo, cuyo título internacional es Agnes Dei), protagonizada por Mercedes Morán, Leonora Balcarce, Malena Solda, Jorge Marrale y Juan Minujín.

Primera escena. Unos tipos armados hasta los dientes, interceptan la 4x4 en el túnel de la calle Yatay al 100. Es evidente que secuestran al conductor. Así arranca la historia de Cordero de Dios que va a suceder entre 1978 y 2002.

El encuadre final de esa escena deja ver, en el ángulo izquierdo de la pantalla, un fragmento del edificio donde transcurre Últimos días de la víctima, la película de Adolfo Aristarain (1982), basada en una novela de José Pablo Feinmann. Cuando se lo comenté a Lucía Cedrón, me confesó que tardaron mucho en encontrar la locación adecuada para rodar esa escena. De hecho, la directora quería que fuera un paisaje porteño indubitable. De manera que, nunca linkeó con el filme de Aristarain. Sin embargo, aquella historia está presente en la que escribieron Cedrón y Santiago Giralt (con la colaboración de Thomas Philippon-Aginski). O, por lo menos, lo está para mí.

Otras presencias. Como La fe del volcán (de Ana Poliak) y Cruz del Sur (de Pablo Reyero), Cordero de Dios se afirma en una idea capital: en Argentina, la vida social (tanto doméstica como política) posterior a la última dictadura militar, transcurre sobre treinta mil crímenes que aún esperan ser juzgados. ¿Qué significa transcurrir sobre cadáveres? Aunque no la formula, ésa es la pregunta que responde Cordero de Dios a través de una historia que es eso —un relato, una anécdota— aunque también es una tela en blanco, una hipótesis, un teorema sin resolver que sólo el espectador puede completar.

Por su parte, Cordero de Dios contesta esa pregunta en los planos diversos y divergentes en los que pudiera ser concebida: el histórico y el íntimo, el del sobreviviente y el del traidor, el del testigo involuntario y el del protagonista comprometido, el de la directora y el de la víctima posible.

A pesar de esto, el filme abandona la compulsión narrativa del cine nacional “de denuncia” o “testimonial”, para demostrar que lo formal y lo discursivo alcanzan una síntesis adecuada cuando la idea cinematográfica es sólida. Digo “la idea” y no quiero decir el tema de la película, sino su principio constructivo. En este caso: la singular continuidad histórica entre el estado autoritario y el democrático en la experiencia nacional, toda vez que muchos de los responsables criminales permanecen en libertad, y que no ha sido desarticulado el aparato represivo ni corregido el modelo económico.

Un montaje fabuloso (Rosario Suárez), una bellísima composición fotográfica (Guillermo Nieto) y la interpretación escrupulosa de cada uno de las actrices y actores del elenco, enriquecen la propuesta de Lucía Cedrón. Una directora que, en esta película, demuestra más interés por interactuar con el espectador que por darle servidas una historia y un prospecto de lectura de lo narrado. En este sentido, Cordero de Dios transita un realismo seco, desprovisto de gravedad y abusos discursivos que, al fin y al cabo, deja la anécdota jugando como background para alternar, entre el primer plano y el fuera de campo, otras preguntas cruciales: si la propia vida vale una traición o, incluso, un acto de renuncia y de perdón. Si la misma policía que reprimió y asesinó en los 70’s, puede cumplir su función de institución benefactora en el presente. Si hay un solo punto de vista fundamental y unánime que resuelva estas disyuntivas.

Si Cordero de Dios deja abiertos los interrogantes, en cambio, se cierra sobre un concepto irrevocable: desedenizar el pasado para poder reparar, de una vez por todas, el presente.©

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