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por SILVIA ANGIOLA
Doce horas en la historia de una familia que está a punto de sufrir un cambio drástico. Dos salidas paralelas, dos encuentros con vestigios de definición. Por un lado, René saca a su madre gravemente enferma de la clínica donde está internada para compartir un día en el campo. Por el otro, su marido Juan lleva al pequeño Santiago a la playa. Una tirantez que no llega a verbalizarse se adivina en la pareja. El viaje de René es el principio de una despedida mal aceptada. El reclamo acongojado de ese último consejo de madre que disipe las dudas, que termine con la incertidumbre del futuro. La excursión de Juan y de Santiago se centra en intimar, en profundizar el vínculo padre-hijo a través de la experiencia de estar juntos. En contraste con esa necesidad de seguridad, la naturaleza conspira para perpetuar el caos. La playa en invierno tiene un aspecto salvaje, el viento borra las huellas en la arena, el cielo está surcado por nubes amenazadoras. El paisaje tornadizo contribuye a reforzar la sensación de desamparo e inestabilidad. Lo natural luce extraño, la atmósfera es tensa y enrarecida. Paradójicamente, parecería que el amor encerrado en los estrechos límites de la trama familiar se transforma en soledad y dependencia. Críptico, con tendencia al ensimismamiento, el filme fluye lentamente, demorándose en detalles aparentemente triviales que sólo al final encajarán como las piezas de un rompecabezas. La directora logra construir un clima y un tiempo cinematográfico apartados, casi en suspenso, más afines a la reflexión íntima que a las reglas estrictas de la cronología. Los diálogos, llenos de alusiones y sobreentendidos, apenas alcanzan para dar pie a la conjetura de un pasado doloroso, y se diluyen enseguida bajo el peso de la imagen. Susana Campos ya estaba muy enferma cuando aceptó el papel de la abuela. Como obsequio postrero quiso protagonizar un último filme con su hija, Roxana Berco (René en la ficción), y mantuvo el compromiso y el profesionalismo hasta el final. Falleció quince días después de que concluyera el rodaje. Como pasan las horas es un filme de diálogos escuetos, con una anécdota mínima, que relega el discurso para concentrar la máxima expresividad en el lenguaje visual. El sonido representa un elemento formal casi autónomo, al punto que su ausencia se vuelve notoria y angustiante. La utilización de lentes anamórficas, al estilo de Alexander Sokurov en Madre e Hijo, distorsiona las imágenes de la misma manera que las percepciones de los protagonistas distorsionan la realidad. Lejos de buscar la aquiescencia del espectador, el segundo filme de Inés de Oliveira Cézar le da la espalda a la narrativa convencional para ensayar una propuesta estética diferente, más difícil de ponderar. Austera, despojada de estridencias pero con una coherencia y un ritmo propios. No es pequeña la apuesta en un mundo sobre estimulado donde el modelo impuesto barre con la diversidad y se conforma con exhibir la etiqueta de entretenimiento.© |
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