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por ROBERTO VALLE
En tiempos en los que el cine "industrial" otorga al espectador un lugar cada vez menos participativo, confinándolo a la más categórica pasividad, el estreno de una película como Cielo azul cielo negro resulta tan alentador como extraordinario. La opera prima de Paula de Luque (coreógrafa, bailarina y directora artística de Prodanza y del Festival Buenos Aires Danza Contemporánea) y Sabrina Farji (video artista de reconocido talento) escapa a los convencionalismos, proponiendo un arriesgado cruce de lenguajes en el que la danza, el cine y la poesía, se conjugan bajo la forma de una fábula alucinante (y alucinada). De bordes imprecisos, Cielo azul cielo negro (cuya bipolaridad queda sugerida en el título) emparenta el sueño y la locura, con el mundo real. Cuatro personajes (Abel, Violeta, Gabriel y Ana) confluyen en una historia -dividida en igual número de capítulos- que los tiene como protagonistas. Violeta (Andrea Carballo) anda por la vida con una videocámara, registrando todo lo que ocurre a su alrededor, tratando de hallar en esas imágenes "indicios" que la ayuden a discernir su destino. Es precisamente ese "ojo electrónico" el que revela la existencia de Abel (Boy Olmi), un hombre vencido por la pena y empujado -por la realidad- a la delincuencia. Abel recibe un disparo en el pecho que lo sume en un sueño agónico, en el que ¿imagina? ¿recuerda? un pasado feliz junto a su esposa e hija. Muy cerca de su lecho de moribundo, en el mismo hospital, se encuentran por "casualidad" Ana (Inés Ripoldi) y Gabriel (Luis Ziembrowsky). Ella es bailarina y fue a visitar a su madre enferma. Él, en cambio, espera a alguien que no volverá. Pérdida y encuentro. Vida y muerte. Final y comienzo. Realidad e imaginación. Esos son los campos y contracampos que dan forma a esta película. A pesar de la ausencia casi total de diálogos (De Luque y Farji prefieren la elocuencia del cuerpo), la palabra (el texto) se hace presente en Cielo azul cielo negro de múltiples maneras: a través de la voz off de la narradora -cuyo discurso está compuesto por frases sueltas y reflexiones filosófico-poéticas- o por medio de inscripciones en la escenografía ("Bar Limbo", "Oxígeno"). Hay que decir que ésta no es una película de fácil aprehensión. Por el contrario, requiere un alto grado de atención y participación por parte del espectador. Sin embargo, tal esfuerzo tiene su recompensa. Aquellos que logren involucrarse intelectual y emocionalmente, sabrán disfrutar de una obra de explícita belleza (impecable el trabajo de fotografía de Alejandra Martín, cuya manipulación de la luz y las sombras enfatiza la tristeza melancólica del relato) y honda emotividad (sorprendente el trabajo gestual y corporal de Boy Olmi) que, tanto sea por el montaje, la puesta en escena, las interpretaciones o el manejo de la cámara, denota un esfuerzo por construir un lenguaje singular y repensar el del cine como tal. Si, como afirma el gato de Alicia en el País de las Maravillas (alegoría que organiza el filme), "todo es un sueño o el resultado de la locura", Cielo azul cielo negro no exhibe otra cosa que la voluntad de soñar de sus realizadoras, mientras invitan a razonar que, tal vez, la vida no sea sino un juego absurdo al que, acaso, deberíamos imponerle nuestras propias reglas.© |
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