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por FERNANDO SUAREZ
Buscando a Reynols, de Néstor Frenkel (Vida en Marte, 2002) es un documental acerca de un grupo que clama no existir, cuya música -al menos en términos académicos y tradicionales, aún dentro del rock- no existe y con un único álbum, editado en su país de origen (es decir, Argentina), que tampoco existe como tal (Gordura vegetal hidrogenada consiste en un estuche para CD con booklet y arte de tapa pero sin CD). Es un hecho: Reynols maneja conceptos no muy fáciles de digerir pero, no por eso menos interesantes. Empezando por su música -esa oda al caos sonoro y la improvisación libre de formas y limitaciones- y culminando en su filosofía -siempre en la cuerda floja entre el misticismo Zen y la provocación dadaísta. Buscando a Reynols es un intento por contar la historia del conjunto y, de paso, echar algo de reveladora luz sobre sus particularidades. Con ese propósito, el filme reúne los testimonios y opiniones (agrupadas en secciones que, emulando el espíritu de la banda, no suelen respetar sus propias premisas) de personajes como Eduardo Marti (fotógrafo de Luis Alberto Spinetta y padre de Emmanuel Horvilleur y Lucas Marti), Sergui Strejilevich (psiquiatra) o Pablo Schanton (periodista musical) entre otros, que aplican, cada uno, su visión particular sobre la obra de Reynols. Así, se suceden la sobriedad del Director de la Licenciatura en Musicoterapia de la U.A.I., Gustavo Rodríguez Espada, el delirio fanatizado del ex rappero Jazzy Mel y el cariño caricaturesco del doctor Mario Socolinsky. Claro, también cuentan los argumentos de la propia banda (incluidas las desopilantes y casi iluminadas reflexiones del proclamado líder del grupo, Miguel Tomasín, convertido en comidilla de la prensa por su desorden genético, el síndrome de Down), y una colección de fragmentos de ensayos y presentaciones en vivo (televisivas y de las otras), que transmiten con mayor fidelidad las inquietudes artísticas, espirituales e intelectuales del cuarteto (que se completa con Alan Courtis, Roberto Conlazo y Patricio Conlazo). No es de extrañar que así sea. En definitiva, se trata de un conjunto musical. ¿Qué mejor, entonces, que la música para explicar lo que las palabras no pueden? Conceptos vertidos a lo largo de la película (saber sin saber, el no existir, el goce, la lógica "religiosa") cobran sentido y magnitud a través de las improvisaciones en las que los Reynols se entregan a una catarsis absoluta. A una pequeña muerte u orgasmo (para los franceses sería lo mismo) que asumen como liberador. A una disolución del ser de la mano de acoples, disonancias, cataratas de abrasivo ruido blanco, voces como lamentos lejanos y ritmos imposibles de seguir. Tan imposibles de seguir como el mismo grupo, siempre velado detrás de esa "puerta infranqueable" a la que hace alusión el director de orquesta Marcelo Delgado (otro de los entrevistados por Frenkel) y, al mismo tiempo, en estado de expansión incesante hacia la nada cósmica ("la nada es el todo") en la que parecen sentirse tan a gusto.© |
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