Agosto 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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por MARíA IRIBARREN

 

Un rasgo contradictorio del obsesivo es la distracción. A veces, Raúl Perrone parece distraído. Sin embargo ése, es uno más entre los equívocos que abonan la leyenda del solitario de Ituzaingó. A un costado la caracterología (siempre mezquina e imprecisa), el "Perro" es un señor de modales afables y pasión a la vista por lo que, acaso, cifre el sentido de sus días: traducir a imágenes, el complejo sistema que anida en las naturalezas más simples.

"Ojalá mi vida transcurriera dentro de una película. Ojalá uno pudiera hacer un fundido a negro y que las cosas vuelvan a como estaban. Hay que tener cuidado en cómo decís esto, porque puede parecer demasiado pomposo. "Quiero hacer películas parecidas a la vida". Pero, en definitiva, es lo que yo me propongo y, en verdad, lo hago con una honestidad casi brutal, con un margen que te impide saber dónde está el límite. En Ocho años después, específicamente, en los primeros diez minutos, quizás alguien pueda creer o malcreer, que es un souvenir para fanáticos de aquella película medio de culto (Graciadió). Pero en el momento en que los personajes se encuentran, te metés dentro de algo de lo que no vas a poder salir. Eso es lo que me propuse hacer desde un lugar de riesgo absoluto. Es una película que no tiene más de siete secuencias, ocho como mucho. Con un plano secuencia que dura veinticinco.

Mostrar espacios decadentes, ¿expresa tu mirada política sobre la realidad?

Es una decisión estética. Me gusta la estética de la decadencia. O sea, podría haber puesto a dos chicos a caminar por lugares hermosos. Los pongo con un puente hecho mierda que no sé si se va a terminar. Quizás nunca llegue a ser intendente de esta ciudad porque muestro sus partes más horribles. Pero yo le encuentro belleza.

En contraste con la decadencia, están los cielos. ¿Qué son? ¿Por qué volvés sobre esas imágenes?

Son obsesiones. Como los autos abandonados, como los Winco, como los vinilos. Puse en mis películas cosas de cuando era muy pibe. Las puse todas para sacármelas de encima. Algunas las he dejado en el camino y otras las sigo repitiendo. Yo salgo a la mañana y miro el cielo. Y si tuviera conmigo, todo el tiempo una cámara, que dejé de tener para que no me pase esto que voy a decir, saldría a filmar todo el tiempo. Me vuelven loco los cielos. Graciadió fue el comienzo de todo eso y me acuerdo de que Catalina Dlugui un día me dijo: "Qué increíble, vienen los chicos de las escuelas de cine a preguntarme dónde queda Ituzaingó porque quieren ir a ver esos cielos". Me pareció muy lindo. Después, los cielos formaron parte de mi estética. Ya no me pregunto algunas cosas. Cuando tengo ganas de ponerlas, las pongo. Por ejemplo, yo no voy a caminar pero, en mis películas, se camina todo el tiempo. Como dijo Fernando Peña, no había personajes en el cine argentino que caminaran como los míos. Algún día voy a juntar todas esas caminatas y voy a armar una película en la que se crucen los personajes caminando por el medio de la calle…

Como la mayoría de tus películas, Ocho años… cuenta una historia de amor. ¿Era lo que querías filmar?

Mirá vos. No sé. Puede ser, sí. Todos dudaban de que, después de haber hecho La mecha, que la hice igual que ésta pero se amplió y tuvo un recorrido muy importante por festivales y papapapá, hiciera la que es la película más independiente de todas. Estaba esperando poder filmar Pajaritos que era un proyecto un poquito más ambicioso, con el Puma (Goity) y con Mariana (Arias). Mi ansiedad no me permitió esperar y en dos días, aprovechando que se pasaba Graciadió acá, pensé en hacer la película con estos chicos (se refiere a Violeta Naón y Gustavo Prone, los protagonistas de Ocho años después), después de ocho años de no verse, pero sin caer en la clásica de que se encuentran los personajes de la película, en vez de los actores. Si tiene una vueltita de tuerca, es ésa. Armé y planifiqué de una manera casi obsesiva. Podría haber hecho una película, con cámara en mano, solito, para lograr esa inmediatez que tiene. Fui más hijo de puta. Para demostrarle a los que dicen que filmo rápido y desprolijo, dije, ok vamos a filmar una película porque tengo la necesidad de captar esto, pero vamos a hacerla con una steadycam. Que se escuche, que tenga una imagen de la puta madre… Me parece muy liviano que no se profundice en este tipo de decisiones. Lo hacen cuatro estúpidos daneses y acá nos rasgamos las vestiduras. Yo lo hago desde hace diez años y dicen, qué lástima que no escuché lo que decían los personajes. Y yo les digo, lo otro lo escuchás porque está subtitulado, estúpido… Con una super cámara, chiquita, podés hacer algo lindo pero que, a su vez, tenga contenido porque no me voy a regodear con la steady y, después, lo que pasa ahí adentro es nada…

Más allá del fervor mediático por el Dogma, allí hay un proyecto. ¿Nada de lo que hicieron te gusta?

Me gustó mucho La celebración. Digo eso en un tono de ironía y enojo que, cada vez, es menos. Cuando hoy en día se te reconoce y ya en el mundo saben quién sos y qué hiciste, a qué tipos influenciaste, me siento un testarudo que se salió con la suya. Pero digo, ¿por qué me tuvo que costar tanto si yo la vi..? ¡La verdad es que no ví nada! Tuve la intuición de hacer algo que después se convirtió en esto que pasa ahora. Antes que esperar a conseguir dinero para filmar en 35, las pocas películas que estrené, las pasaron en VHS. Esto que hoy existe en el Malba, en el Rojas, en la Lugones, hace diez años no existía. Yo tuve que ir a pagar para pasar mis películas y abrir un espacio.

¿Por qué estrenás ahora en el Malba?

Porque volví sobre mis pasos. Hago una película que, me parece, va más allá de todo y en la forma de estrenar vuelvo a lo que ya hice. Además tengo un afecto muy grande hacia Peña con el cual nos venimos protegiendo mutuamente, a lo largo de los años. Es un código de barrio: yo se la prometí, yo se la doy. Me gusta, además, como un homenaje. Hace poco encontré un afichito de Graciadió que decía "Viernes y sábado, Trasnoche, cine Lorca", y me emocioné. Es como un juego y me parece que era el lugar necesario.

¿Seguís sin ir al cine?

Sí. En el BAFICI fui a ver una de Tsai Ming-liang que quería ver. Vuelvo a ver las mismas películas, una y otra vez.

¿No temés estar perdiéndote algo?

Sí, pero ahí está el goce. Ta' bueno ¿viste?

Entiendo, la mejor colección es la incompleta…

¡Claro! Vos decís, me lo perdí, qué bueno. Con los años, las veo en video o en DVD. No tengo esa cosa de ir a ver tal película porque me la recomendaron…

Siguiendo ese argumento, ¿estaría bien que nadie fuera a ver tu película?

Bueno… son decisiones... Godard decía, cuando voy a la panadería, hay cinco o seis personas. ¿Cómo voy a pretender que vayan más a ver mis películas? (Se le escapa una sonrisa. Mide lo que acaba de decir. Se rectifica). No, no tienen que ser como yo. Con uno basta. Está bien que la gente vaya a ver mis películas…¡Que vayan, que vayan..! No me creo un superado. O sea, me creo muchas cosas cuando filmo, me cago en todo. Pero, después, bajo a la tierra y soy un tipo sumamente humilde y respetuoso y miedoso. Cuando muestro una película no tengo la soberbia del que descubrió la pólvora. Sufro mucho.

Más de una vez dijiste que querías crear una estética cinematográfica. ¿Cumpliste el plan?

El plan nunca está cumplido porque, en ese caso, dejaría de filmar. Ojalá pudiera llegar a tener muchos años y seguir haciendo películas. Cada vez quiero filmar más y cada vez tengo menos tiempo. De todos modos, aunque algunas películas parece que son distintas, que se corren de cierto lugar, como La mecha o Late corazón, si vos las ves en perspectiva, te vas a dar cuenta que están hechas por un solo tipo. Ese objetivo está cumplido. Soy yo y estoy en todas mis películas. No podría filmar de otra manera. Fui puliendo un estilo y simplificándolo. Hice con el cine, lo mismo que con el dibujo. Yo era un obsesivo de la caricatura y el color hasta que me di cuenta de que, cuanto más color le ponía al dibujo, más borroso se hacía aquello tan hermoso que había sido el boceto. Entonces, aprendí a simplificar: con tres rayas estaba la caricatura. Con el cine intento ser lo más sencillo posible y, al mismo tiempo, lo más complejo. Clavar la cámara y estar contando algo con la imagen que sea absolutamente creíble y que no tenga que ser salvado por medio de un montaje. ¿Esto es fácil? Si la hubiera querido hacer fácil hubiera hecho plano, contraplano, plano, contraplano, plano de arriba, plano detalle y ¿sabés qué? hago un bodrio. Porque lo que están diciendo los personajes no lo sostenés con un planito. Cuando yo empecé a ver películas, no veía los primeros planos sino la gente que estaba en el fondo. Eran más importantes para mí porque, si los tipos de atrás estaban desprevenidos, le cagaban la escena a los de adelante. Digo, hay que ver cómo los chicos sostienen una cámara ahí, durante veinte minutos. Donde vos ves la incomodidad, la alegría, la tristeza. Eso es cine en estado puro.

Lo bueno que tiene Ocho años… es que nunca vas a saber cuál es la verdad y cuál es la mentira. Es el gran misterio de la película. Terminé profundamente enamorado de ella, un amor como hacía años no me pasaba. De verdad. Son cosas que no tienen explicación. ¿Viste cuando sentís que algo pasó? Bueno, algo pasó. Es muy difícil, después de doce películas, seguir haciendo películas…

¿Por qué?

Qué se yo por qué. Cuando hacés una película como, digamos, La mecha que puedo decir que fue un éxito, porque justo estrené con Tarantino y con Clint Eastwood y estuvo seis semanas en cartel, y ganó premios, decís ¿qué carajo hago ahora? ¿Qué haría otro tipo? Repite la fórmula porque funcionó. Lo hablábamos con Jorge Bernárdez hace poco. Yo tenía la fórmula: podría haber hecho dos, cuatro, siete Labios de churrasco. Y, sin embargo, me hinchaba las pelotas y salía a hacer otra cosa. Acá me pasó lo mismo. Mi acto de rebeldía contra mí mismo aparece cuando salgo a hacer otra cosa. Sigo haciendo las películas como las hice siempre y dios dirá qué pasará con ellas. Algunas son tocadas y otras tendrán este camino que, quizás, sea el que yo elegí y el que quiero que transiten. Sé que hay gente a la que no le gustan. Pero no sé si estoy preparado para que me vaya mal.

¿Qué sería que te "vaya mal"?

Que los críticos digan, ¡Otra más de Perrone! Tampoco es que filmo para ellos. Filmo para mí. Pero, como la gente es boluda y necesita que le digan… (Perrone se interrumpe y vuelve a reír). Tendría que haber un detector de mentiras en cada cine. Que suene una chicharra que diga "Éste es un idiota, que no pase"… Mirá, si esos tipos que están hartos de ver cine y todos los días quieren descubrir cosas nuevas, ven tu película y se sorprenden, digo, qué bueno que uno pueda seguir sorprendiéndolos.

Sobre todo cuando, la crítica local, desprecia el cine de autor.

Estoy de acuerdo, le pasa a tipos como Allen. Yo pienso que es tan difícil conseguir un cine de autor cuando se copian fórmulas para poder ir a festivales porque saben que ahí los argentinos somos los "iraníes" del mundo. Digo, a mí me podrán acusar de cualquier cosa, y me hago cargo de lo que digo, pero no de haberme traicionado. Y no voy a cambiar. Si hay una coherencia entre lo que decís y lo que hacés, ahí hay un cine de autor. Quizás se estudiará dentro de treinta, cuarenta años, cuando yo ya no esté, hubo un tipo que dejó este legado…

Y era de Ituzaingó…

Y, aparte, era de Ituzaingó.©

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