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por MARíA IRIBARREN
fotos: Damián
Cukierkorn
Qué
tienen en común Ciudad Abierta (de Buenos Aires, Argentina) y Televisión Serrana (de
Sierra Maestra, Cuba)? ¿Qué puente une a estos dos modelos de televisión con el cine?
Por empezar, los dos son canales públicos no gubernamentales, cuyo concepto se apoya en
la construcción de sentido mediante la exploración de estéticas y formatos concebidos
con criterio, y por realizadores, cinematográficos.
A partir de ahí, por esas pantallas circulan historias minúsculas y laterales, paisajes
en crudo, protagonistas sin maquillaje. Imágenes que, por definición, la televisión
elude y cuyo verosímil se funda, nada menos que, en la intensidad de un discurso que
rechaza la inmediatez y se propone como acontecimiento.
Reunidos en exclusiva por Cinecrópolis, Alejandro Montalbán y Daniel
Diez explican cómo y para qué se cargaron al hombro estos proyectos.
¿Por qué decidieron acudir al cine para hacer televisión?
Alejandro Montalbán - Cuando empezamos con Ciudad Abierta, convocamos a mucha
gente del cine, corriendo algún riesgo, quizás, porque la televisión exige un nivel de
producción más industrial, dado que no podés estar tres días con una toma. A la vez,
la gente de la televisión o "la televisión" que yo llamaría de mercado,
generalmente, no parece muy preocupada por las cuestiones de estética de la imagen.
Entonces, buscamos que además de lo que se dijera en cada programa, hubiera algo del
orden de lo estético interesante y que aportara algo. La televisión argentina, salvo
excepciones, uno la puede mirar casi de espaldas porque lo único que importa es lo que se
dice.
Daniel Diez - La madre o el padre es el cine: hay más de cien años de cine. La
televisión empezó ahorita mismo, a mediados de los años 50. Estuve hace poco en
Venezuela y allá hay unos muchachos que hablan de repensar la televisión y el cine. Una
forma de hacerlo es tomar esencias de la cinematografía y volcarlas en la televisión.
Allí está la posibilidad de encontrar un lenguaje. Pero no hay que confundir. Cuando uno
hace cine, lo hace para ser visto en un lugar oscuro, cerrado, en una pantalla grande. En
cambio, cuando trabajas para televisión trabajas para una pantalla que va a estar en tu
casa, de la cual tú te sientes dueño porque es parte de tu familia. Entonces, tienes que
hacer programas que sean agradables, entretenidos.
A.M. - Estoy de acuerdo, la televisión es otra situación de recepción. Uno mira
repartiendo su atención entre varias actividades. La situación de sentarse a ver
televisión es la más rara. El cine tiene como objetivo conmovernos, básicamente. La
televisión no debería tener el objetivo de conmocionarnos porque es muy poco probable
que eso ocurra en el medio de la vida del hogar. Son dos experiencias distintas.
D.D. - Fíjate que hay gente que separa el cine de pensamiento, del cine de
entretenimiento. Yo creo que puedes hacer un cine o una televisión de entretenimiento, de
calidad, y que sean profundos.
A.M. - Es que el cine contiene, en su historia, la historia de las estéticas, de las
formas de narrar. Es una cantera de la que la televisión ha tomado cosas pero de manera
muy pobre. Creo que la renovación de la televisión tiene que ver con asumir el
patrimonio que hay en el cine, revisarlo, ver qué sirve y ponerlo a funcionar.
¿Cuál es la
diferencia material, en términos de producción y resultados, entre el cine y la
televisión, tomando en cuenta que se trata de un medio masivo?
D.D. - La televisión trabaja con todas las artes, incluyendo el cine. Es mucho más
abarcadora y la confusión está en creer que, por ser tan abarcadora, hay que bajar el
nivel de la propuesta estética. Se aceleran los tiempos y se pierde lo más elemental de
la creación que es expresar sentimientos a través de la imagen y el sonido.
A.M. - El punto de vista único de la tele me remite a algo que dijo hace poco Toto
Schmucler, alrededor del lugar que la televisión ha alcanzado en nuestras sociedades. La
tele nos muestra una catástrofe, por ejemplo, deshistorizada, descontextualizada y se
pretende que uno al verla ya sepa. Esto me parece peligroso, cuando la experiencia del
saber y del pensar, en la historia de Occidente, siempre fue mucho más compleja. Hoy la
tele aparece proponiéndonos que en la imagen ya está todo, que la imagen se explica a
sí misma, explica su propia historia. En ese sentido, pienso que poner cierta filosofía
del cine, a trabajar en la televisión, podría servir para poner en crisis la idea de
imagen como saber.
Esta decisión, ¿no afecta el carácter del espectador?
D.D. - Ahí hay una diferencia que no se puede obviar. Cuando usted hace una película
decide qué edad límite pueden tener las personas que van al cine. Cuando pone eso en la
televisión lo mismo lo puede ver un joven, un niño o un anciano. Entonces, el problema
es que hay que luchar contra los criterios obsoletos de los que tienen la televisión en
sus manos, pero también contra un público que está acostumbrado a cierta banalidad de
la imagen y el sonido.
¿Eso quiere decir que la televisión que proponen demanda
un espectador diferente?
D.D. - Durante la experiencia de la Televisión Serrana, para poder desarrollar un buen
trabajo con esa comunidad, tuvimos que crear un ambiente cultural: muestras de pintura,
actividades para niños. Fuimos elevando el nivel de apreciación estética de la
población. Si tú no le entregas elementos para poder decodificar una televisión
diferente no tiene sentido que la hagas. Tu televisión no se puede dar el lujo de decir
todo de una sola vez y que la gente no lo entienda. Tienes que ir formando a ese público
para que la mayor cantidad de personas pueda entender que haces una elipsis o usas una
metáfora.
Lo que estás planteando es una televisión que, antes que
un medio de comunicación, sea un vehículo de intervención cultural.
A.M. - En ese sentido, hay algo además que, no sé si alcanza para hacer una buena
televisión pero, si no partimos desde ahí vamos mal, que es el respeto en el modo de
acercamiento a las historias y las diferencias. Lo que estamos diciendo es: acá hay
historias de personas que tienen interés televisivo. La garantía de verdad es el
entrevistado. De hecho, se trata de televisiones sin estrellas, sin espectacularización.
Es como una primera mirada crítica hacia lo que es la televisión espectáculo. La
televisión cuando se acerca a la gente común, lo hace buscando el estereotipo del
marginal, del drogadicto, buscando promediar -"el porteño medio", "la
gente"-. En Ciudad Abierta decimos que buscamos la locura que hay en cada uno de
nosotros, no la homogenización de las diferencias. Buscamos que esas diferencias
aparezcan. Esto me parece que es un primer lugar ético desde donde pararse que siento
común entre ambas televisiones.
En los dos casos trabajan con el cortometraje que, al
espectador convencional, le impone otra lógica de lectura. ¿Por qué?
A.M. -
Es parte de una decisión. Tiene que ver con el ritmo de uso de la televisión de hoy, con
el pulso de la ciudad, con lo efímero. Por otro lado, tiene que ver con una estética de
la pobreza y con los recursos con los que contamos. Trabajamos con unidades de sentido lo
más cortas posibles pero no es un canon a respetar siempre. Cuando queremos hacer hablar
a los intelectuales que es una manera de reponer la voz del intelectual en la televisión,
un pensamiento profundo y complejo, les damos una hora entera para que hablen sin cortes.
El corto nos sirve para que la gente se quede a ver nuestro canal y ofrecerle,
rápidamente, un cierre de algo y el comienzo de otra cosa. En general, buscamos eso
aunque somos muy flexibles.
D.D. - El cortometraje tiene que ver con la dramaturgia. Cuando tú programas la parrilla
de un canal, tienes que tener una historia de arriba abajo, el día entero. Tienes que
hacer la dramaturgia de esa parrilla de manera que te vayan funcionando los elementos que
a ti te interesan para tener agarrado al público. A dónde yo quiero que el espectador
vaya, que sueñe, que vuele. El ideal de la programación es que tú logres ir contando
cada una de esas historias de manera que puedan llegar a ser una gran historia. Hay que
pensar mucho en el espectador...
Entonces, también en términos de masividad.
D.D. - La formación que ha recibido la gente de Televisión Serrana, fundamentalmente, es
una formación de cine con una fuerte influencia de quien fue mi maestro, Santiago
Álvarez. Cuando los formo, lo hago ligado al trabajo comunitario pero con una concepción
de puesta en pantalla que no tiene que ver con la televisión. Me parece que hay que
utilizar la estética del cine pero sabiendo que se está trabajando para la televisión,
de modo de no traicionar su esencia que son los grandes públicos.
Tratándose de canales públicos, ¿alguno de los dos
sufrió censura gubernamental?
D.D. - La guía para entender esto en Cuba, la dio la reunión de intelectuales de 1961
que declaró "Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada". Hay
una libertad de expresión para decir las cosas que están mal hechas. Para lo que hay
censura o para lo que no queremos que haya libertad es para decir que los yanquis tienen
la razón de estar en Irak. No hay posibilidad de decir qué bueno que los niños estén
en la calle muriéndose de hambre. Sí queremos que la gente diga los problemas que tiene.
Lo que no puede haber es un juego con la ideología del enemigo. No puede ser que tú
vengas a decirme mira qué bueno el movimiento que hicieron los Estados Unidos en New
Orleans cuando es evidente que los que se están muriendo son los pobres y los negros.
A.M. - En nuestro caso, estamos viviendo algo bastante inédito en cuanto a medios
públicos y creo que se nota en el producto. Yo no le podría decir a Lucrecia Martel, a
Pablo Reyero, a Raúl Perrone, a Gustavo Postiglione, a toda la gente que trabaja con
nosotros, esto que pusieron acá no le gustó al Jefe de Gobierno. Tenemos una libertad
muy grande creo que porque Aníbal Ibarra tiene conciencia o tiene una posición alrededor
de los medios públicos que también se ve en la radio de la Ciudad. La fuerza que nos
permite agrandar y convocar nueva gente es que es un canal pluralista y tiene una marca
muy democrática que fue la que trajimos al llegar y fue alentada por el gobierno. En ese
sentido, no tengo ninguna crítica. Al contrario, a veces, me da susto.© |