Septiembre 2005

 
 

"Lo propio del cine es hacer ver el tiempo", sostiene Alain Badiou en el ensayo "El cine como experimentación filosófica" que inicia el índice de la colección Pensar el cine. Se refiere, claro, a la condición de imagen-movimiento que caracteriza a ese lenguaje, y que pone al espectador ante la más "real" representación del devenir que pudiera ser concebida.

Para un documentalista, el enunciado tendría un segundo carácter: lo propio del cine es, también, hacer ver el tiempo en su dimensión histórica. La época, el estado de la cultura, las condiciones políticas, las instituciones que ordenan el cuerpo y el discurso -aún desde el fuera de campo-, participan de la imagen que el cine suministra del presente.
Desde cualquiera de estas perspectivas, el cine alienta una forma de percepción singular: la que deriva en la reflexión individual ("ver el tiempo" significa verse a sí mismo transcurriendo) y la que se proyecta en la consideración de la comunidad ("ver la historia" es verse a sí mismo en relación a otro).

En definitiva, la aventura o el desafío es ése: dejarse contagiar por el regocijo del pensamiento. Animarse a un impacto sensorial que repercute en el cuerpo y la conciencia. Que pone en riesgo las leyes del universo tal como las teníamos en mente. Que, acaso, insinúa (o despierta la ilusión de) otros mundos posibles.

El cine, concluye Badiou, "puede alejarnos de la desesperación si sabemos mirarlo, mirarlo como una batalla contra el mundo impuro. Y mirarlo como una colección de victorias preciosas". Mirarlo, en todo caso, ensayando la circunstancia de un modesto acto de resistencia.©

 

María Iribarren y Roberto Valle

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