Diciembre 2005

 

 

 

 

 

 

 

"El lenguaje encrático de la cultura, sostenido por el Estado, está en todas partes: es un discurso difuso, expandido, y repleto. No hay lugar en él para el otro que sería el arte (paradoja de nuestro tiempo, el arte como el otro de la cultura, la cultura como la antítesis del arte). Es la hegemonía de la cultura industrial. Un panesteticismo nos envuelve como una cáscara pegajosa y opaca.

Pero además, se nos dice, vivimos el tiempo de la repetición, que es también el tiempo de la imposibilidad artística, porque todo ha sido dicho".

En "Utopía: dos umbrales" (Cómo se lee, editorial Norma, Buenos Aires, 2003) Daniel Link está pensando la literatura aunque, sin forzarlo, su diagnóstico puede acomodarse al cine. Sobre todo por tratarse de un arte que, prematuramente, fue secuestrado por la industria y el Estado. También y de muchas maneras, por tratarse de un arte agobiado por la repetición y el artificio espectacular.
Bajo esta perspectiva, las películas filmadas según el Dogma95 no pueden ponderarse en términos de una renovación radical. En todo caso, los "votos de castidad" sirvieron para anunciar la bancarrota artística del cine (si se consideran los modos de producción pero también los de recepción) y convocar a la experimentación aunque sin garantías. Basta repasar cada una de las "obstrucciones" propuestas, para percibir en ellas cierta sustancia vanguardista convertida, en 1995, en estrado de resistencia contra la hegemonía audiovisual impuesta por Hollywood y consumida por millones de alienados en todo el planeta.

Durante esos años, a miles de kilómetros de distancia, sin relación comprobable entre sí e, incluso, de manera inorgánica, una dotación de cineastas argentinos debutantes, ensayó empeños similares a los de Von Trier y Vinterberg. Sacudir al espectador de la inercia del que mira casi con desdén. Pensar y hacer cine, necesariamente, redefiniendo una ética del cuerpo y la mirada. Inventar nuevos modos de producción y circulación de películas.

En cualquier caso, el desafío crítico que subyace a estos proyectos, compromete el lugar del espectador, derrumba su falsa inocencia, interpela la pobreza de un espíritu intoxicado con mercancía chatarra.

Mientras que ya no se entregan certificados Dogma, el cine nacional mantiene un vigor que se hace notable en la audacia de ciertas producciones y en la indiferencia o el rechazo del público. Hay una desproporción insoslayable entre el número de películas que se estrenan y el número de espectadores que se reúnen en una sala.

Es esa diferencia la que nos interesa. Si es cierto que el cine es "el otro de la cultura", y si es cierto que "un film es solamente lo que le sucede al espectador", es evidente que la radicalización expresiva y la política puestas en fílmico resultan una amenaza intolerable para las audiencias del presente. En esa grieta, en esa incomodidad, en ese fracaso comercial acaso sucedan paradójicas e instantáneas detonaciones artísticas, directamente proporcionales al incremento de la venta de pochoclo.©

 

María Iribarren y Roberto Valle

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