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"Nada en el filme simboliza nada", se cansaron de explicar Luis Buñuel y Salvador Dalí, como réplica al aluvión de interpretaciones que disparó su cortometraje Un perro andaluz. Sin embargo, allí siguen estando la nube que atraviesa la luna y la navaja que corta el ojo, sugiriendo que, todo aquel que sea capaz de mirar esa secuencia quedará, necesariamente, implicado en ella, sea cual sea, el sentido que le asigne. Se trata de una condición básica del dispositivo cinematográfico: toda película empieza en la pantalla y termina en el ojo, es decir, en la conciencia del espectador. Hablamos de "espectador" y no de "taquilla". La diferencia es obvia y vale para cualquier película. En cambio, el tratamiento audiovisual de la violencia no es uniforme ni persigue u obtiene los mismos resultados, en filmes de distinta índole. Muy a menudo, en el cine de entretenimiento, la violencia adquiere rango estético y, de ese modo, es percibida. Así es como se estimula el goce de la mirada, provocando un efecto narcótico en el que observa, que lo inhibe de discernir entre lo cruel y lo divertido. "El mundo es lo suficientemente horrible y lo suficientemente penoso y mortificante como para sentirte responsable si, en algún momento, tú te diviertes", señaló al respecto el director vasco Alex de la Iglesia. Afortunadamente, el cine dispone de herramientas y voluntades para denunciar su propia violencia (en tanto sistema de representación) y, en ocasiones, la menos evidente que opera en el seno del circuito social y en los materiales simbólicos que, desde allí, se legitiman y se ponen en circulación. En esos casos, el dispositivo vuelve a estrenar ese momento epifánico en que el ojo disipa toda inocencia.©
María Iribarren y Roberto Valle |
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