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En 1997, Darío Lopérfido era Subsecretario de Acción Cultural de la ciudad de Buenos Aires. Entonces, Cecilia Hecht (la misma que, en 2006, vació la pantalla del canal Ciudad Abierta a instancias de Telerman), le acercó un proyecto en borrador: abrir un espacio anual de exhibición de películas que, sobre todo, sirviera de pantalla a la creciente y novedosa producción cinematográfica local, desestimada por el circuito comercial de exhibición. El funcionario “cajoneó” la iniciativa, aunque dos años después inauguraba (ya como Secretario de Cultura) la 1ª edición de Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, bajo la dirección artística de Andrés Di Tella. “Creo que muy pocos, desde afuera e incluso desde adentro de la organización, advierten la fragilidad de este festival, lo precaria que es la integridad artística de la programación y de las actividades paralelas —escribió Di Tella ese año—. Es por otra parte paradójico que la “independencia” del festival independiente se vea jaqueada muchas veces por la misma estructura que la auspicia, es decir, el Gobierno de la Ciudad”. A Di Tella lo sucedió Quintín (cuando aún dirigía El Amante) quien, sin dudas, fue el director artístico que consolidó el BAFICI en la agenda internacional de festivales de cine independiente. No obstante, en 2004, Gustavo López (entonces, Secretario de Cultura porteño) nombró en su reemplazo a Fernando Martín Peña. Al asumir, Peña recibió a Andrés Di Tella, Martín Rejtman y Ariel Rotter (miembros del Proyecto Cine Independiente, que nuclea a realizadores y productores inscriptos en “el nuevo cine argentino”), y compartió con ellos la voluntad de que el BAFICI alcance la “entidad institucional” que lo deje a resguardo de los caprichos gubernamentales. Depuesto Aníbal Ibarra y “renunciado” su gabinete, la jefatura de gobierno de Jorge Telerman —tan poco propicia a “hacer historia” mediante intervenciones políticas y culturales—, se desentendió de esos pormenores. Sin reparar los equívocos cometidos por sus colaboradores cercanos, tras algunas vacilaciones, Mauricio Macri puso al frente del Ministerio de Cultura a Hernán Lombardi (ex Ministro de Turismo de la Nación, correlativo de Darío Lopérfido, con quien inventó y puso a prueba el concepto “turismo cultural” sembrando “primeras ediciones” de megafestivales en un montón de provincias). Unos días antes, desilusionado ante la falta de interlocutor, Fernando Martín Peña había presentado la renuncia (ver carta abierta). No le fue fácil a Lombardi encontrar un reemplazante hasta que obtuvo el sí de Sergio Wolf (realizador, docente, crítico de cine, miembro de la filial argentina de Fipresci, programador del área audiovisual del Centro Cultural Rojas y del BAFICI). En una reciente conferencia de prensa que ofrecieron Lombardi y Wolf, prometieron la normatización del Festival para el transcurso de la edición 2008. También la conformación de un Consejo Asesor integrado, en principio, por los ex directores de la muestra. Uno de los elegidos para ocuparse del proyecto de ley, es el abogado José Miguel Onaindia (Director del Rojas, además de ex del INCAA durante la gestión del Secretario de Cultura y Comunicación del gobierno de Fernando De la Rúa, o sea, Darío Lopérfido). Reubicados en el encuadre político del “macrismo”, algunos hombres del pasado recobran protagonismo. El dato no es menor ya que permite vislumbrar y resignificar la despolitización que sufrió la producción cultural anclada al arbitrio oficial. En efecto, desde hace más de una década, la agenda cultural provista por los gobiernos (nacional y metropolitano) se ciñe a la proliferación de tertulias megalómanas concebidas según la lógica del mercado y el consumo, por cierto, cada vez más excluyente. En este contexto, no configura chicana decir que Macri recogió las sobras del progresismo sushi y con eso amasó el aparato amarillo de la exigua cultura Pro.
Hechos y palabras
En este marco, el BAFICI llega a su décima edición y se nos antoja un momento propicio para hacer un balance, contrastando las aspiraciones iniciales con los resultados. El Festival de Cine Independiente persiguió cuatro objetivos fundamentales: 1) recuperar para la ciudad de Buenos Aires la cultura cinéfila que los porteños habían practicado hasta que los militares interrumpieron las libertades públicas; 2) estimular el interés de los distribuidores en la compra de producciones internacionales recientes y ajenas al mainstream; 3) apoyar la creación de un circuito alternativo de exhibición que de continuidad de pantalla a las películas y directores que el Festival promueve; 4) privilegiar la exhibición del nuevo cine nacional facilitando la proyección internacional de esas obras y sus autores. No vale la pena demorarse en el contenido de la programación ya que cumplió con valor agregado el propósito de poner en circulación un cine no convencional. Sin embargo, en algunas ediciones, el excesivo número de películas desbordó toda posibilidad de asimilar singularidades. En este sentido, a veces el Festival privilegia al espectador (así lo confirman las “retrospectivas”, o las secciones que recorren o “ponen en foco” una obra), mientras que otras, pone en primer plano su condición de feria de negocios. Lejos de restaurar la cultura “cinéfila” propiciando el acercamiento sostenido al cine independiente, replicó así la lógica del mercado (“más es mejor”) apabullando la capacidad de aprehensión de los espectadores con semejante desborde de títulos. Tampoco logró despertar el interés de los distribuidores por los filmes más “difíciles” generando un efecto contraproducente al asumir ese rol. Basta con revisar los catálogos de las sucesivas ediciones para comprobar que, año a año, la cantidad de estrenos comerciales derivados del BAFICI disminuyó de manera significativa. En lo que hace a la circulación de cine independiente durante el Festival, el complejo Hoyts mantiene, prácticamente, el monopolio de la exhibición aún cuando, fuera de esos doce días, da muestras de una inapetencia programática hacia ese “tipo” de cine. En contraste, otras salas comerciales que programan regularmente esas películas carecen de equipamiento y comodidades apropiados (motivo que las deja fuera de la nómina del BAFICI), a pesar de lo cual sostienen el precio de las entradas en los valores elevados que manejan los complejos multipantalla. Aun cuando este año se agregan el Centro Cultural Recoleta (una sala que, dicho sea de paso, espera una programación estable durante el año), y el Teatro 25 de Mayo (cuyas obras de rescate se iniciaron durante la gestión de Aníbal Ibarra gracias a las diligencias de los vecinos de Villa Urquiza), fue desafectado el Atlas General Paz que, en 2007, extendió con éxito las fronteras del Festival hacia la zona norte de la ciudad. Entonces, en lugar de ampliar el circuito alternativo, el Festival lo concentró en un único evento multitudinario. Otro aspecto a analizar es la relación, no siempre amorosa, que el BAFICI estableció con los cineastas argentinos. Es cierto que muchos de los jóvenes que acompañaron el lanzamiento están o estuvieron ausentes en las últimas temporadas. Claro que también lo es que algunos de ellos filman para las majors motivo por el cual sus películas ya no se ajustan a la ecuación del BAFICI, o los productores prefieren otros festivales que les den salida directa a nuevos mercados. Es probable que en estos renglones esté la respuesta a porqué, para las funciones de apertura y clausura de la 10ª edición del BAFICI, se escogieron dos películas extranjeras. Desde otra perspectiva, también deben ser consideradas las anécdotas que refieren intrigas y respuestas vacilantes por parte de los programadores a la hora de justificar el rechazo de nuevos materiales (tanto largos como cortos y work in progress). Quizás, sería razonable establecer un sistema de rotación de quienes integran esos equipos, a fin de evitar el tráfico de favores e influencias. Al respecto llama la atención que sea Rafael Filippelli el elegido para realizar el documental institucional de los diez años del BAFICI (La mirada febril), dada su escasa presencia histórica en los programas del Festival. En la misma secuencia incidental, es insoslayable que la FUC (desde 2005, responsable del Talent Campus Buenos Aires en colaboración con la Berlinale) esté detrás de la película de Filippelli (docente de esa institución), del libro aniversario que casualmente, “explora el vínculo —intrínseco e inevitable— entre el BAFICI y los nuevos cineastas surgidos a finales de los años ‘90” (la FUC se fundó en 1991) y que la muestra incluya la proyección de tres películas de Manuel Antín (rector y mentor de esa casa). Tratándose de un Festival de Cine Independiente, de carácter público (dado que es solventado por el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad y, en menor medida, por el INCAA), las “ayudas económicas” por parte de privados (entidades o particulares) deberían ser elegidas con sumo cuidado. Sobre todo, habría que dejar de lado empresas o instituciones que pudieran tener intereses propios, directos o indirectos, en el Festival. Resulta indiscutible que, en estos diez años, el BAFICI anudó lazos con un cine que enfoca sus cámaras a realidades indocumentadas o inconvenientes, a intensidades sociales cuando no íntimas poco exploradas, a públicos más receptivos. Sin embargo, todavía está pendiente la concreción de los objetivos originales, que sólo podrán cumplirse mediante la ejecución de políticas culturales contundentes y transformadoras. Todo lo demás son las películas. El reto de mirar películas para ver lo que pasa en el mundo bajo otro aumento, según otro cálculo cromático, a partir de sensibilidades, distancias y prácticas excepcionales, diversas y aún divergentes. De eso se trata, para el común de los mortales, la experiencia del cine independiente. Una experiencia que excede la “pedagogía” de cualquier festival.©
María Iribarren y Roberto Valle |
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